jueves, 7 de diciembre de 2017

POR MUCHOS…

Quizá uno de los cambios más llamativos, para los fieles y sacerdotes, en la publicación de la Tercera Edición del Misal Romano, sea en las palabras de la consagración del cáliz: se sustituirá por todos los hombres, para decir por muchos.
1. El origen del cambio
A principios de los años 60, se comenzaron a traducir los textos latinos de la misa a las diversas lenguas. Fue muy difícil encontrar una traducción precisa, porque el pro multis (por muchos) que rezaba en el Canon Romano, única Plegaria Eucarística en aquel tiempo, no encajaba con la mentalidad moderna. De ahí que la traducción de esta palabra se interpretaba, desviándose del texto original para hacerlo más comprensible. Tal era el caso de Alemania, Italia, Portugal, Inglaterra y España que lo tradujeron por todos (Francia decidió traducirlo por la multitud), mientras que Polonia, Rusia, Ucrania y Vietnam dejaron el por muchos del original ya que son lenguas eslavas y semitas, mucho más concretas y no tan ricas para expresar conceptos universales. 
2. El contexto bíblico
Los estudiosos, en concreto, los biblistas y exegetas consensuaron que la palabra «los muchos» (la multitud), «muchos», que figura en el texto bíblico de Isaías 53,11s, era una forma de expresión hebrea que indicaba la totalidad, «todos». Ellos entendieron que por todos y por muchos, venía a significar lo mismo.
La tradición de Mateo y Marcos usa la palabra por muchos en el relato de la institución. Ellos de corte semítico (hebraico) lo concibieron en el sentido de todos, al estilo de Isaías 53,11s. Cuando la Biblia se tradujo al latín conservó el pro multis con su sentido de totalidad; pero también algunas traducciones aplicaron la interpretación pasando a algunas Biblias con el término por todos. Por tanto, ese consenso exegético fue desapareciendo.
Por otro lado, la tradición de Lucas y Pablo usa la palabra por vosotros. Esta expresión también remite a la totalidad (por todos). Por vosotros se extiende al pasado y al futuro. Se refiere a los apóstoles reunidos en la Última Cena, pero también a mí de manera totalmente personal y a la comunidad actual que celebra la Eucaristía unida en el amor de Jesús. Las palabras de la consagración del Canon Romano une las dos tradiciones bíblicas: por vosotros y por muchos, fórmula que fue retomada luego por la reforma litúrgica en todas las plegarias eucarísticas.
Por tanto, las palabras por vosotros hace que la misión de Jesús aparezca de forma absolutamente concreta por los presentes.
3. El contexto litúrgico
Otro punto que motivó el cambio de las palabras fue la Instrucción Liturgiam authenticam (2001) sobre las traducciones y el uso de las lenguas vernáculas en la edición de los libros de la liturgia romana. Tiene como base la distinción entre traducción e interpretación apelando al criterio de fidelidad, autenticidad y actualización. La Palabra debe estar presente tal y como es, en su forma propia, aunque pueda sonarnos extraño. De ahí que la Santa Sede decidiera que, en la nueva traducción del Misal, la expresión «pro multis» sea traducida tal y como es (por muchos), y no al mismo tiempo ya interpretada (por todos). En realidad, el Rito Romano y sus misales siempre han dicho pro multis y no pro omnibus; además, los ritos orientales (griego, siriaco, armenio, eslavo), contienen fórmulas verbales equivalentes al latín pro multis.
4. Contexto pastoral
Todos sabemos lo mal que sienta en el ánimo de las personas los cambios de formas y textos litúrgicos; incluso, a algunos les puede inquietar una pequeña modificación. Es lógico que muchos sacerdotes y fieles se pregunten: ¿PeroCristo, no ha muerto por todos? Es verdad que la Iglesia siempre expresó de modo inequívoco que la universalidad de la salvación proviene de Jesús. Entonces, si Él murió por todos, ¿por qué en las palabras de la Ultima Cena dijo «por muchos»? Y, ¿por qué ahora nos atenemos a estas palabras de Jesús si murió por todos?
Además, hay tres textos de la Escritura que dicen en concreto: «Dios entregó a su Hijo por todos» (Rm 8,32); «Jesús murió por todos» (2 Co 5,14); Jesús «se entrego en rescate por todos» (1 Tm 2,6). Si esto es así de claro, ¿por qué en la Plegaria Eucarística esta escrito «por muchos»?
5. Respuesta al por muchos: Jesucristo y la comunidad
La respuesta la tenemos en una doble dirección: por respeto a la palabra de Jesús y por permanecer fiel a él incluso en las palabras. Jesús se ha hecho reconocer como el Siervo de Dios de Isaías 53; ha mostrado ser aquella figura que la palabra del profeta estaba esperando. Por tanto, la razón verdadera y propia del cambio al por muchos está en elrespeto reverencial que la Iglesia tiene por la palabra de Jesús y en la fidelidad de Jesús a la palabra de la «Escritura». En esta cadena de reverente fidelidad, nos insertamos nosotros con la traducción literal de las palabras de la Escritura.
Además de esta respuesta con enfoque cristológico, existe otra de corte eclesiológico. Y es que en la comunidad concreta de aquellos que celebran la Eucaristía, él llega de hecho sólo a muchos, pero este muchos, abarca a toda la humanidad, al pasado, presente y futuro. En realidad, para nosotros, que podemos sentarnos a su mesa, este muchossignifica: sorpresa, alegría y gratitud, porque él me ha llamado a mí en concreto, porque puedo estar con él y puedo conocerlo. También significa responsabilidad, porque debo ser luz para los demás. Los muchos, que somos nosotros, debemos llevar consigo la responsabilidad por el todo, conscientes de la propia misión. Y por último, significa aliento y promesa esperanzada, ya que tenemos la sensación de ser cada vez más pocos los que seguimos al Señor.  Nosotros somos muchos pero representamos a todos: a toda la multitud de la que habla el Apocalipsis. Por eso, ambas palabras, «muchos» y «todos» van juntas y se relacionan una con otra en la responsabilidad, en la promesa esperanzada y en lagratitud.
Adolfo Lucas Maqueda
Fuente:
http://lexorandies.blogspot.com.ar/2017/04/por-muchos.html

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Conspiracionismo (y 4)


IV. Teología de la historia.
La expresión «Teología de la historia» tiene varias acepciones. Por lo general se entiende como una reflexión sobre el significado teológico de la historia humana a partir de las premisas y del método teológico. La cual debe distinguirse de la «historia de la salvación», que es el conjunto de acontecimientos que se desarrollaron en el espacio y en el tiempo, a través de los cuales el Dios se manifiesta y conduce a los hombres según sus designios salvíficos. La «historia de la salvación» trata acerca de algunos acontecimientos históricos sobre los cuales Dios ha hablado directamente: la Creación, la Alianza con Israel, la Encarnación de Cristo, su Resurrección, etc. Se puede dividir en tres grandes tiempos históricos: el tiempo de Israel, el tiempo de Jesucristo y el tiempo de la Iglesia. Concluirá con la Parusía.
Entre «historia de la salvación» e «historia profana», aunque sean distintas, existe una relación íntima, pues Dios está encarnado e inserto en la historia. Para un cristiano, la historia tiene un sentido. La fe cristiana excluye, en primer lugar, toda visión cíclica del acontecer para describirlo en cambio como una sucesión de eventos, individuales e irrepetibles, orientados hacia la consumación final. Excluye también, toda filosofía del absurdo y toda interpretación que vea la existencia humana abocada a la nada o a la destrucción; la última palabra no la tienen el mal o el pecado, sino la gracia y la voluntad salvadora de Dios. Ese convencimiento afecta no sólo a la totalidad del acontecer histórico, sino a cada acontecimiento en concreto; la fe da al cristiano el conocimiento de que, por muy oscura y dolorosa que sea una situación, en ella se contiene una llamada de Dios y, por tanto, la promesa de la gracia para saber manifestar allí la caridad, que es la esencia de la ley cristiana.
Pero la Revelación no se expresa sobre los hechos que constituyen la trama de la «historia profana». ¿Qué enseña la Biblia sobre la revolución rusa de 1917? ¿Qué datos hay en la Tradición sobre la bomba de Hiroshima? ¿Acaso los Santos Padres enseñaron unánimemente sobre el «Brexit»? La Revelación tampoco permite desentrañar de modo cierto las razones por las que Dios ha permitido o querido determinados hechos: por qué ha nacido el Islam, por qué quiso Dios que los reinos de Francia y de Gran Bretaña fueran distintos, enviando para eso a Juana de Arco, etc.
Sabemos con certeza que la «historia profana» como totalidad está gobernada por la Providencia y orientada a la realización escatológica. Está revelado que existe un tiempo histórico y ese tiempo no es vacío e inútil, sino que desempeña una función imprescindible para la realización plena del plan divino de salvación. Pero no ha sido revelado el sentido que tienen los acontecimientos singulares, ni los procesos más generales, que constituyen la «historia profana». Es un misterio. Y todo intento de descifrar certeramente este misterio de la historia está condenado al fracaso, pues tal conocimiento sólo puede ser obtenido desde Dios y, por tanto, está reservado al fin de los tiempos, al juicio final.
Hay que insistir en que la «Teología de la historia», si bien se propone reflexionar sobre la «historia profana», en la consideración de los hechos y procesos, se encuentra con un límite enorme, conocido y respetado por los teólogos serios, aunque soslayado por los adeptos al «conspiracionismo»: el misterio, lo oscuro, aquello que Dios pudo revelar pero no quiso y que, de hecho, no manifestó. Este límite debiera poner freno a la «arrogancia» de algunas teorías conspirativas que se camuflan de «Teología de la historia». Porque, en efecto, el conocimiento humano del devenir histórico no es Ciencia Divina*. El cristiano no puede conocer los designios de la providencia al detalle, con una curiosidad exigente; es incapaz de «comprender» a Dios dominándolo -saber es dominar- tratando vanamente de «ser como Dios» (Gén 3,5).
El cristiano, sin ceder a la «tentación gnóstica», no niega la providencia de Dios en la historia, ni la olvida, sino que humildemente la contempla día a día, en la adoración del Inefable. Está bien dispuesto respecto de una sana «Teología de la historia» -que no es Ciencia Divina, sino ciencia creada- pero es consciente del diferente valor epistémico que tienen sus posibles afirmaciones. Pues sabe que sólo al final de los tiempos habrá un desvelamiento completo del proyecto divino, el cual ahora es cognoscible sólo de modo limitado.
Aristóteles estableció de modo claro los principios fundamentales en los que se debe basar todo conocimiento científico. El verdadero saber científico (scientia demonstrativa) es aquel conocimiento de las cosas «necesarias» adquirido por «demostración». No todo conocimiento silogístico es demostrativo, ya que puede existir también un silogismo dialéctico, construido a partir de premisas que son contingentes, y por lo tanto no concluyentes de modo necesario. Santo Tomás asumió esta noción aristotélica de ciencia distinguiéndola de otros conocimientos menos perfectos (ciencias en sentido moderno, según L.M. Régis, OP; cuasi-ciencias, según O. N. Derisi; ciencias imperfectas, para I. Gredt) que no son ciencia stricto sensu
Los tomistas (un panorama, aquí y aquí) dan cuenta del carácter análogo de la noción de ciencia y coinciden en la siguiente conclusión: la Historia no es ciencia en sentido clásico, estricto, aristotélico. Porque no tiene por objeto lo universal y necesario, sino lo singular y contingente; y porque sus conclusiones, lógicamente, no alcanzan la certeza necesaria.   
Una «Teología de la historia» que sea verdadera no puede ignorar el valor epistémico de los datos que le suministra la ciencia histórica. Pero el «conspiracionismo» suele suponer que los elementos historiográficos con las cuales teje sus «explicaciones» tienen una certeza propia de lo universal y necesario. Vale decir, se maneja con el supuesto «racionalista» de que la Historia sería una ciencia en sentido estricto. A lo que se debe agregar una habitual confusión entre «historia» (=realidad) e «historiografía» (=conocimiento histórico). Con un agravante: lo que el «conspiracionismo» denomina «Historia», no suele ser más que una selección historiográfica sesgada, tomada de un repertorio limitado de autores, que le sirven más para validar esquemas preconcebidos que para aproximarse a la realidad de los hechos.
La «Teología de la historia» -cuando es un disciplina seriamente cultivada- sabe diferenciar entre las grandes líneas que develan la estructura de la historia, al estilo de La ciudad de Dios de San Agustín, de las aplicaciones particulares respecto de las cuales el conocimiento histórico sólo permite arribar a conclusiones probables o enunciar modestas conjeturas.
«En el juicio final que concierne a todos los hombres en cuanto son miembros del género humano y han participado de la historia común, el sentido de la historia, de los conflictos, las guerras crueles, el progreso y la decadencia de los pueblos y las culturas nos será revelado» (L. Elders).
En el juicio final… No antes, por obra de «iluminados».



* Para la distinción entre Ciencia Divina y ciencia creada, ver S. Th. I, q. 14, aquí.


jueves, 23 de noviembre de 2017

Conspiracionismo 3

III. Errores sobre la Providencia.
Dios, que todo lo creó, con su Providencia lo conserva y gobierna. Las criaturas no tienen su causa en sí mismas, sino que tienen siempre su causa en Dios, del que reciben constantemente el ser y el obrar. Sin esta acción conservadora y providente, las criaturas «volverían en seguida a recaer en la nada» (Catecismo Romano I, 1, 21). Dios actúa en las obras de sus criaturas. Él es la causa primera que opera en y por las causas segundas. Ahora mismo, Él concurre a la acción de quien esto lee.
La Providencia divina es el gobierno de Dios sobre la creación, es la ejecución en el tiempo del plan eterno de Dios sobre el mundo. Ningún suceso, grande o pequeño, bueno o malo, sorprende el conocimiento de Dios o contraría realmente su voluntad. En este sentido, todo cuanto sucede es providencial. Pensar que la criatura pueda hacer algo que se le imponga a Dios, aunque éste no lo quiera, es algo simplemente ridículo. Dios es omnipotente. La creación nunca se le va de las manos, en ninguna de sus partes.
La armonía del orden cósmico es la manifestación primera de la Providencia de Dios (S. Th I, 2, 3). Pero toda la historia humana es providencial, la de los pueblos y la de cada hombre. «Sabemos que Dios hace concurrir todas las cosas para el bien de los que le aman» (Rm 8,28). La historia podrá parecer muchas veces «un cuento absurdo contado por un loco», pero todo tiene un sentido profundo; nada escapa al gobierno providente de Dios, lleno de inteligencia y bondad. Esta es sin duda una de las principales revelaciones de la Sagrada Escritura. La historia de José, vendido por sus hermanos como esclavo a unos madianitas, y la de Jesús, son ejemplos de la infalible Providencia divina.
La Providencia de Dios -que se cumple en José y en Jesús- se cumple infaliblemente en todos y cada uno de los hombres. La Providencia es infalible precisamente porque es universal: nada hay en la creación que pueda desconcertar los planes de Dios. A Cristo Rey le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28,18) y él tiene sin duda un dominio absoluto sobre todo cuanto sucede en el mundo, grande o pequeño. No hay para él sucesos fortuitos.
La presencia del mal en el mundo, no es obstáculo a la Providencia divina. Todo lo que sucede es voluntad de Dios, positiva o permisiva. También el pecado de los hombres realiza indirectamente la Providencia de Dios. La muerte de Cristo -producida por causas segundas contingentes- se produjo «según los designios de la presciencia de Dios» (Hch 2, 23). Y los judíos, que «no reconocieron a Jesús, al condenarlo, cumplieron las profecías» (13, 27).
La voluntad antecedente de Dios que todos seamos santos no siempre se realiza, pues no es una voluntad absoluta, sino condicionada: Dios quiere la santidad de cada hombre, si no se opone a ello un bien mayor, por él mismo querido. Pero la voluntad consecuente de Dios versa, en cambio, sobre lo que él quiere en concreto, aquí y ahora; y esta voluntad es absolutamente eficaz e infalible. Esta tradicional distinción teológica, lo mismo que otras consideraciones especulativas, puede ayudar un poco a explicar el misterio; pero la Providencia divina siempre será para el hombre un gran misterio.
En todo caso, la fe nos enseña ciertamente que el Señor gobierna a sus criaturas con una Providencia infinitamente amorosa y eficaz. Toda nuestra historia personal o social, salud o enfermedad, victoria o derrota, encuentro o alejamiento, todo está regido providentemente por un Dios que nos ama, y que todo lo domina como «Señor del cielo y de la tierra». Ni siquiera el mal, el pecado del hombre, altera la Providencia divina, desconcertándola. Del mayor mal de la historia humana, que es la cruz, saca Dios el mayor bien para todos los hombres. Por eso la rebeldía de los hombres contra el Señor es inútil y ridícula.
El hombre ignora los designios concretos de la Providencia: son para él un abismo insondable de sabiduría y amor (Rm 11,33-34). Muchas veces los pensamientos y caminos de Dios no coinciden con los pensamientos y caminos del hombre (Is 55,6). Por eso en este mundo el creyente camina en fe oscura y esperanza cierta, confiándose plenamente a la Providencia divina, como supieron hacerlo nuestros antecesores en la fe (Heb 11).
Sabemos por la fe que hasta los males aparentemente más absurdos y lamentables no son sino pruebas providenciales que el Señor dispone para nuestro bien. Así nos purifica del pecado con penas medicinales; así hace que nuestras virtudes crezcan.
Pero el «conspiracionismo» suele malentender o errar acerca de estas verdades de fe.
En primer lugar, atribuye a la «gran conspiración» una potencia superior a la que es propia de causas segundas. Así la «gran conspiración» sería una causa segunda cuasi-divina, que pretende disputarle a Dios la causalidad primera del obrar creado o interferir en ella.
Otro error frecuente es concebir un Dios distante de la creación, que no se entromete en el gobierno del mundo, ni en lo pequeño ni en lo grande, sino que lo abandona en manos de la «gran conspiración». En este aspecto, las teorías conspirativas se asemejan al ideario de la Masonería.
Un tercer error está en cierta incapacidad para comprender el papel del mal en el mundo. Para la Providencia divina no hay sucesos fortuitos. Enseña Santo Tomás que Dios permite el mal «para que no sean impedidos mayores bienes o para evitar males peores» (S. Th. II-II, q. 10, a. 11) y sabe perfectamente cuál es el bien mayor que saca o el mal mayor que evita. Pero no ha revelado por qué permite ciertos males concretos, históricamente determinados. Sin embargo, el «conspiracionismo» pretende dar una explicación cierta de lo que Dios ha querido dejar velado en el misterio. 
Por último, mientras el creyente camina con esperanza cierta, confiando plenamente en Dios providente, el «conspiracionismo» siembra desesperanza, desconfía de la Providencia en el gobierno del mundo y de la Iglesia. Y en este aspecto implica un «quietismo» paralizante: si la conspiración es algo tan grande, tan poderoso; los creyentes deben sufrir pasivamente los males, sin combatirlos por la oración y el apostolado.


viernes, 17 de noviembre de 2017

Conspiracionismo 2


II. Determinismo pesimista.
Hay libertad física (libre de vínculos físicos, como las cadenas), moral (ante vínculos morales, como las leyes) y de la voluntad (libre albedrío) de la que aquí hablamos y que es el poder que tiene la voluntad para elegir ante una alternativa. Mientras la materia obedece necesariamente las leyes físico-químicas, y los animales siguen irresistiblemente sus instintos, el hombre es dueño de sus decisiones. Luego, sólo el hombre es un ser moral responsable de sus actos.
Los determinismos suprimen el libre albedrío. El hombre no es dueño de sus decisiones porque algo lo impulsa a obrar necesariamente en algún sentido. Para los maniqueos, hay dos principios eternos e irreductibles, uno bueno y el otro malo, y de ambos se derivan una serie de emanaciones que se entremezclan en el mundo y en el hombre. La acción de estos principios suprime el libre albedrío y, por tanto, la responsabilidad
El «conspiracionismo» suele agregar al determinismo un sesgo pesimista: no sólo la humanidad (o una parte de ella) carecería de libre albedrío, sino que estaría determinada a obrar el mal, manipulada por los oscuros poderes que conforman la «gran conspiración». Al igual que los protestantes, Bayo y Jansenio, desde el «conspiracionismo» se supone que el libre albedrío habría sido totalmente extinguido, de suerte que la voluntad humana estaría incapacitada para cualquier acción buena que se desvíe del plan trazado por los conspiradores.
En el marco de este pesimismo antropológico, los «conspiracionistas» suelen negar o poner en duda verdades católicas bien establecidas por la Iglesia sobre las capacidades de la naturaleza humana (herida, pero no destruida), tanto en el orden especulativo como en el práctico, firmemente defendidas por el Vaticano I (una explicación: aquí, n. 200.3) y también sobre el importante papel de la gracia actual (v. aquí) en el obrar moral que conduce a la justificación. 
La existencia de la libertad humana, la capacidad ética de la naturaleza caída y la gracia actual, son factores de incertidumbre que destruyen el fatalismo pesimista de una «conspiración infalible». El ser humano, incluso el pecador más endurecido, no es una marioneta que actúa indefectiblemente mal.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Conspiracionismo 1

En esta entrada, y en otras posteriores, trataremos desde una perspectiva teológica sobre los errores más frecuentes en el «conspiracionismo». 
I. Maniqueísmo.
El primer error subyacente es el maniqueísmo. Es un sistema complejo, integrado por elementos doctrinales heterogéneos, ensamblados de modo sincrético. Hay dos puntos que deben mencionarse:
1) Dualismo radical.
«El principio fundamental del Maniqueísmo es el dualismo entre el espíritu y la materia, entre la luz y las tinieblas, entre el bien y el mal. El principio del bien es Dios identificado con la luz: el principio del mal es la materia identificada por el pueblo con el diablo (Satanás)» (Parente).
Es de fe que el mundo y todas las cosas que en él se contienen, espirituales y materiales, han sido producidas por Dios de la nada en la totalidad de su sustancia. El diablo y los otros demonios, son creaturas; ángeles creados buenos por Dios, que se hicieron malos por su propia culpa.
2) Igualdad de los co-principios.
En el sistema maniqueo desde toda la eternidad hay dos principios supremos de igual orden y dignidad: el principio de la luz (el Bien) y el de las tinieblas (el Mal). Ambos principios se hallan en una situación de antítesis irreconciliable. Cada uno tiene su propio imperio: el imperio de la luz al Padre de la Grandeza y el reino del mal al Príncipe de las tinieblas. Entre los dos principios y sus respectivos reinos se entabla una guerra, en la que el reino de las tinieblas trata de destruir al de la luz.
El «conspiracionismo» no suele igualar formalmente a Dios con el demonio, lo cual sería un error demasiado grosero, pero sí atribuirle unos «super-poderes» que exceden los límites puestos por Dios a la naturaleza y obrar diabólicos. Para dar peso esta tesis errónea, se apoya en la expresión bíblica «príncipe de este mundo» (cfr. Jn 12, 31). Pero la palabra mundo no significa aquí ni el cosmos, ni la humanidad, sino «el conjunto de los hombres que rechazan someterse a Dios». Con palabras del Angélico: «Al Diablo se le llama “Príncipe de este mundo” en razón no de una dominación natural legítima, sino a causa de la usurpación de poder, en el sentido de que los hombres carnales han despreciado a Dios para someterse al Diablo» (Comentario al Evangelio de San Juan, ad 12, 31). La palabra príncipe se debe tomar, por tanto, no en sentido propio, como si se tratase de una autoridad, sino en sentido figurado.
Esta demonología maniquea es inconciliable con la omnipotencia y la perfección divinas. El demonio es un creatura y su obrar sólo es posible dentro de los límites que le fija Dios. No puede hacer nada que Dios no le permita. Dios se sirve de su malicia, perfectamente controlada, para poner a prueba a los hombres y para darles de este modo la ocasión de purificarse y de elevarse espiritualmente. Así, los ángeles rebeldes se convierten a pesar suyo en los servidores del Señor. Además, el gobierno de Dios tiene designios misteriosos que no se nos han revelado y que resulta temerario atribuir a causas preternaturales. Por último, la demonología maniquea implica una negación de la exclusiva Realeza de Cristo sobre toda la humanidad y el cosmos.

viernes, 10 de noviembre de 2017

A vueltas con el mal menor

No teníamos intención de volver sobre este tema, pero un lector de nuestra bitácora nos envió el año pasado unas páginas de Garrigou-Lagrange, en las cuales trata sobre el mal menor en las elecciones políticas. Y hace pocos días un amigo nos pasó el enlace a un artículo sobre el mismo tema, publicado por el sitio de la FSSPX (aquí). Cabe recordar que el uso del principio moral del doble efecto -denominación más precisa que mal menor- posee una tradición secular en la Iglesia. Su aplicación permite resolver las dificultades morales que plantean los malos candidatos para acceder a funciones políticas.
En España, a comienzos del siglo XX, tuvo lugar una polémica un tanto llamativa. A Nocedal y a un grupo de sus seguidores se les ocurrió meterse en una delicada cuestión moral, cuyo conocimiento exigía serios estudios teológicos, llegando al punto de tachar a dos teólogos de «estrellas caídas, imitadores de Judas», que «han vendido la verdad por un plato de lentejas», por aplicar el tradicional principio moral del doble efecto a las elecciones políticas. La única opción legítima, a juicio de Nocedal, era votar por su partido, el integrista.
La polémica llegó a conocimiento del general de los jesuitas, quien envió una carta al papa San Pío X, en la cual, después de exponer el conflicto, pidió al pontífice que se dignara declarar entre otras cosas si en la enseñanza de los dos teólogos citados se encuentra de manera «expresa o sobreentendida la doctrina de hacer el mal para que venga el bien, reprobada por el Santo Padre». El papa Sarto respondería con la carta Inter catholicos Hispaniae en los siguientes términos: «nada hay en ellos que no sea enseñado actualmente por la mayor parte de los doctores de moral, sin que la Iglesia lo repruebe ni lo contradiga». Cosa que puede verificarse, por ejemplo, en estas páginas contemporáneas del afamado moralista A. Veermersch; y también en esta exposición posterior, más catequética, del p. Lallement. Posición compartida por Garrigou-Lagrange:

«Los actos humanos están especificados, en efecto, por su objeto, y si éste es esencialmente malo bajo el punto de vista moral, el acto por él especificado es moralmente malo. Pero si en una cosa o persona (por ejemplo en un candidato de elecciones) hay todavía un aspecto suficientemente bueno como para que se pueda no escoger positivamente, sino tolerar el mal que en ella hay, se puede tener así un recurso para evitar un mal mayor, siempre que sea imposible evitarlo por otros medios. Pero uno debe esforzarse en buscar esos otros medios o en hacerlos aparecer, para que no se prolongue esa situación crítica, con la que podemos cooperar al desorden. Por ejemplo, se debe hacer lo posible que se presenten buenos candidatos a elecciones».

sábado, 4 de noviembre de 2017

Romanos XIII, 1-7


«58. Sumisión a las autoridades. 13, 1-7.
1 Toda alma se someta a las autoridades superiores. Pues no hay autoridad que no sea instituida por Dios; y las que existen, por Dios han sido ordenadas.
2 Así el que se insubordina contra la autoridad se opone a la ordenación de Dios, y los que se oponen, su propia condenación recibirán.
3 Porque los magistrados no son objeto de temor para la buena acción, sino para la mala. ¿Quieres no temer a la autoridad? Obra el bien, y obtendrás de ella elogio;
4 porque de Dios es ministro respecto de ti para el bien. Mas si obrares el mal, teme; que no en vano lleva la espada; porque de Dios es ministro, vengador para castigo del que obra el mal.
5 Por lo cual fuerza es someterse, no ya sólo por el castigo, sino también por la conciencia.
6 Que por eso también pagáis tributos, ya que funcionarios son de Dios, asiduamente aplicados a eso mismo.
7 Pagad a todos las deudas: a quien contribución, contribución; a quien impuesto, impuesto; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor.
13, 1. Declara el Apóstol el precepto de Jesu-Cristo: Dad al César lo que es del César: recomendando la sumisión y acatamiento a toda autoridad que esté sobre nosotros. Y da la razón. Porque la autoridad, en abstracto, es de origen divino; y, en concreto, los que actualmente la poseen, la han recibido de Dios, que en su providencia ha ordenado que sean éstos y no otros los que de hecho la poseen. Recuérdese que entonces imperaba Nerón. 
3-4. Es digno de consideración este optimismo de San Pablo respecto de la autoridad, cuando imperaba Nerón. Las excepciones de esta ley general, introducidas por la malicia humana, no han de cambiar el criterio cristiano sobre la sumisión debida a las autoridades. Si el justo padece por su justicia, al mérito de la obediencia añadirá la aureola del martirio. 
5. Expresa San Pablo los dos motivos de obediencia: el inferior que es el temor del castigo, y el superior, que es el dictamen de la conciencia. 
6. Funcionarios: el término griego correspondiente λειτουργοὶ [leitourgoi] expresa el carácter sagrado de la autoridad, cuyas funciones son una especie de sagrada liturgia. 
7. Las dos clases de tributos mencionados corresponden a los que más técnicamente se llaman directos e indirectos.» 
Tomado de:
Bover, J. Las epístolas de san Pablo. 2ª ed., Balmesiana, Barcelona (1950), pp. 79-80

domingo, 29 de octubre de 2017

Individualismo y Devotio moderna


Tal vez alguno suponga que la crítica a la Devotio moderna es una frivolidad «neomodernista» de L. Bouyer, un invento «sedevacantista» de C. Disandro, un exabrupto de A. Caponnetto, una deriva «liberal» de F. Arocena, etc. En realidad es una cuestión tratada por numerosos historiadores de la liturgia y la espiritualidad tanto anteriores como posteriores al Vaticano II. En este punto se observa una pacífica «continuidad».
En una entrada precedente transcribimos unas páginas de F. Arocena (aquí), como muestra de la crítica post-conciliar a la Devotio moderna. Ofrecemos hoy nuestra traducción de las páginas de un manual publicado en 1941 -seis años antes de la Encíclica Mediator Dei- que esperamos sirva como ejemplo de crítica pre-conciliar.  
Cabe anticipar la conclusión del autor: uno de los rasgos de la Devotio moderna es su individualismo, del cual se sigue el poco aprecio por la Liturgia. Lo que el autor difícilmente pudo prever en la década de 1940 es cómo la difusión de esta mentalidad debilitaría los anticuerpos eclesiales para resistir a la reforma litúrgica de Pablo VI. 
La reforma litúrgica, emprendida por el Concilio de Trento y llevada a cabo por los Papas subsiguientes, logró corregir los libros rituales y establecer la unidad de la Liturgia en todo Occidente, pero no pudo restaurar la Liturgia como fuerza vital por excelencia del catolicismo. Sin dudas, la Liturgia conserva en el siglo XVI la misma virtud santificadora con la que regeneró otrora la sociedad pagana y después a las masas bárbaras desencadenadas sobre Europa. Pero desde el siglo XIII la sociedad porfiaba en sustraerse de la influencia benéfica de la Liturgia, para aislarse en una piedad individualista, desembarazándose de todos los ritos sensibles así como de otros tantos obstáculos para entrar directa e inmediatamente en contacto con Dios.
Esta tendencia es singularmente favorecida por el protestantismo, enemigo radical de la Liturgia.
«Los artículos, en apariencia numerosos, del programa de los autores de la Reforma se reducen a un concepto central: unir inmediatamente al hombre con Dios, por la supresión de todos los intermediarios que pretenden interponerse entre estos dos términos. Fue necesario, en realidad, esperar hasta el final del siglo XVIII para ver a los sucesores de Lutero sacar de esta idea sus últimas consecuencias. Sin embargo, el principio había sido puesto desde el origen. Donde el católico encuentra medios de ir a Dios, el protestante ve obstáculos que traban el ascenso de su alma. El dogma, la tradición, los marcos de una sociedad visible, el magisterio, el sacerdocio, los sacramentos, los ritos, en suma, todas las “instituciones” que caracterizan a la Iglesia “romana” son condenadas a desaparecer como un peso muerto, que la religión arrastra detrás de sí, como una ganga que debe extraerse del oro de la verdadera fe, como un capullo muerto e inerte, reliquia congelada del largo invierno medioeval, donde el espíritu, llegado a su pleno estío, se apresura a desplegar las alas a fin de emprender vuelo hacia el ideal» (1).
Esta guerra promovida contra las «instituciones romanas», más claramente, contra la Liturgia católica, con su Jerarquía, Sacrificio, Sacramentos, Sacramentales, Oficio, se deduce lógicamente del principio fundamental del protestantismo. Si la justificación es efecto exclusivo de un acto «de fe sin obras»; si para agradar a Dios basta con aparecer revestido del manto de méritos de su Hijo, Jesús; si para leer los pensamientos divinos basta abrir la Escritura e interpretarla a su talante; si, en una palabra, la salvación es un negocio estrictamente privado, que se trata a solas con Dios, ¿para qué el estorbo de la Jerarquía y la complicación de ritos inútiles y hasta nocivos?
León X y el Concilio de Trento pueden condenar uno a uno los errores luteranos; las iglesias particulares pueden sacrificar sus propias liturgias para unirse más estrechamente a la Iglesia-Madre y defender las «instituciones romanas» de los ataques de la herejía, celebrándolas con un espíritu social llevado hasta el punto de la uniformidad de palabras y gestos; el protestantismo, más precisamente, el individualismo protestante, no por eso dejaría de infiltrarse en el campo de la piedad cristiana. La devoción particular se intensifica cada vez más, ora inspirándose en la liturgia, ora, lo que es más frecuente y desastroso, yendo en contra de la espiritualidad litúrgica. Es de esta época, en efecto, que datan los Manuales de piedad y Libros de meditación, que se cubrirían de mayor gloria y producirían más frutos de santidad si se asociaran los esfuerzos individuales de los fieles para la celebración en común de esa obra realmente social –negación de las falsas aserciones protestantes-, que es la Liturgia. 
La historia de la conversión de los benedictinos de Caldey (comunidad nacida en el protestantismo, desarrollada en el protestantismo y traída hace pocos años (1912), de la mano de la Liturgia, al seno de la Iglesia romana), demuestra que, si la sociedad del siglo XVI, fiel al catolicismo, hubiese sacudido la devoción individualista y entrado en las catedrales, para celebrar en ellas con la Jerarquía la solemne Liturgia de otros tiempos, por cierto, habría aplastado, desde luego, la cabeza de la serpiente…
Pues es precisamente porque la sociedad se siente incapaz de tal reacción, que la serpiente infiltra en los fieles el veneno del individualismo, hoy protestante, mañana jansenista, luego racionalista.
Tomado y traducido de:
Coelho OSB, Antonio. Curso de liturgia romana. Tomo I, pp. 231-232 (disponible, aquí).

viernes, 20 de octubre de 2017

Cataluña es más grande

Cataluña es más grande
Por Francisco José Soler Gil
Habían hecho muchos cálculos los ingenieros del «procès». Contaban con factores evidentes, como la apatía política del español medio, la acreditada imposibilidad de los partidos nacionales para actuar en equipo, la consiguiente debilidad crónica del gobierno central, los mil complejos de inferioridad, de culpa, y de deuda impagable que determinan la acción (o más bien la inacción) de las instituciones del Estado frente a las autonomías, etc., etc.
Nadie intervendría. Nadie haría nada en serio por frenar la secesión. A nadie le iría nada en el tema, ni nadie estaría dispuesto a una resistencia, que parecería ridícula en un contexto así. Al final, no quedaría sino rendirse ante los hechos consumados: el referéndum, las leyes de desconexión, la proclamación de la República Catalana... Todo paso a paso, muy bien medido, y refrendado por la mayoría actual en la generalitat. Imparable.
El proceso estaba calculado en detalle, con seriedad y solvencia. Y sin embargo...
Y sin embargo el escenario más probable, en estos momentos, es que el «procès» desemboque en una suspensión temporal de la autonomía catalana, y en un proceso de otro tipo ―penal, por un delito de rebelión― contra los principales líderes implicados en los acontencimientos catalanes de los últimos meses.
¿Qué ha fallado, pues, en los cálculos de los ingenieros de la independencia? Varias cuentas. Pero me gustaría llamar aquí la atención especialmente sobre una de ellas: Cataluña es incomparablemente más grande de lo que los independentistas creen.
Y es que, en un alarde pasmoso de estrechez de miras, los ideólogos del independentismo consideran que una fuerza política de dos millones de votos expresa la voluntad general de Cataluña. ¡Dos millones!
Pero no. Cataluña es incomparablemente más grande que eso. Cataluña abarca también, para empezar, a los bastantes más de dos millones de votantes que no han querido participar en la farsa del referendum del 1-O. Pero no sólo a ellos. Cataluña es también la tierra de los muchos catalanes que se han marchado de allí. No pocos de ellos hartos de la atmósfera asfixiante que el nacionalismo ha creado desde hace décadas en esta región ―tantas veces con la aquiescencia, doloroso es decirlo, de las instituciones estatales que hubieran debido impedirlo hace mucho tiempo―. Otros simplemente por negocios, o por trabajo, o por motivos familiares. No viven ahora en Cataluña, pero es tan suya como pueda serlo de Puigdemont, o de Junqueras.
Más aún, Cataluña es la tierra madre de todos los que llevamos con orgullo un apellido catalán. Aunque nuestras familias dejaran ese suelo hace ya varias generaciones. Y lo que los nacionalistas pretenden, en el fondo, es declararnos extranjeros en el país de nuestros antepasados.
Más aún, tienen título sobre esta tierra cuantos vinieron a trabajar a ella, siquiera temporalmente, desde las demás regiones de España, y contribuyeron con su esfuerzo a hacerla grande. Y todos los habitantes de las regiones que fomentaron su prosperidad, mediante la aplicación de múltiples legislaciones del Estado español, ventajosas hacia las industrias catalanas ―legislaciones que a veces perjudicaban a las empresas de otras partes del país―.
Pero es que, además, existe una Cataluña espiritual, que abarca, por ejemplo, a los lectores y admiradores de gigantes como Josep Pla, que han aprendido, de su mano, a amar y hacer suya la dulce tierra ampurdanesa. Que abarca a los oyentes de Albéniz, de Granados, de Pedrell ―¡qué enorme porción de la música más española ha sido compuesta por catalanes!―. A los admiradores de Dalí. A los numerosísimos donantes españoles que están contribuyendo, orgullosos y fascinados, a la edificación de la Sagrada Familia... ¡Qué grande es Cataluña, realmente!
¿Y qué esperaban entonces los independentistas? ¿Qué todos nosotros, ligados por múltiples vínculos de sangre, de descendencia, de trabajo, y de espíritu con la tierra catalana, asistiéramos con indiferencia al proceso de despojarnos de ella? ¿De declararnos extranjeros en ella, por la voluntad de unos pocos, que han decidido que ellos, y sólo ellos, son Cataluña?
Algunos se sorprenden aún de las múltiples banderas de España que están floreciendo estos días en los balcones de todo el país. Y se sorprenden de que los partidos nacionales, a pesar de los negros odios que los separan, se estén poniendo de acuerdo para hacer frente juntos al desafío secesionista. Y de que un pueblo que parecía dormido, e incapaz de luchar por nada, se esté despertando con la energía y la decisión con que lo está haciendo ahora.
No se sorprenderían tanto si supieran cuánto nos importa Cataluña a millones de españoles. Y qué sentimientos provoca el injusto despojo que se está intentando perpetrar. Catalanes somos todos los que nos sentimos familiar, ancestral, laboral y espiritualmente vinculados con Cataluña. A nosotros no nos han incluido los separatistas en su censo de votantes. Pero ese es su problema. Y en cualquier caso no deberían extrañarse de que, llegadas las circunstancias, estemos dispuestos a defender nuestro patrimonio.

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lunes, 16 de octubre de 2017

Los sofismas del papa Paco

Francisco José Soler Gil es un filósofo al que encontraremos con frecuencia recorriendo la comarca fronteriza entre las ciencias naturales y la filosofía. El escarpado y neblinoso paraje donde confluyen la ciencia, la filosofía y la teología resulta especialmente de su agrado, como muestra la obra que publicara junto con Martín López Corredoira en Ediciones Áltera (¿Dios o la materia?). La redacción de El Manifiesto se adentra ahora en ese terreno agreste, para recabar su opinión acerca del pontificado del papa Francisco I.
P.― Usted fue de los primeros en alzar la voz de alarma, a los pocos meses del inicio del pontificado de Francisco I, y lo hizo precisamente desde las páginas de El Manifiesto («Quo vadis Franciscus?»). Lo acusaba entonces de relativismo, y de dilapidar el legado de sabiduría de sus predecesores. ¿Mantendría hoy esas palabras?
R.― No sólo las mantendría, sino que tendría que subrayarlas. Pues en 2013 aún era posible concederle el beneficio de la duda: podía ocurrir que aquellas primeras declaraciones intelectualmente disolventes del pontífice fueran efecto de deslices involuntarios de un personaje frívolo y poco experto en temas de pensamiento. Que el personaje es frívolo, ha quedado entretanto sobradamente demostrado. Como también sus carencias filosófico-teológicas (entre otras). Pero no creo que ya a estas alturas haya nadie que siga pensando que lo suyo son deslices involuntarios. Ni tampoco malentendidos por parte de los medios. Es evidente que no lo son: nos encontramos ante un sofista de tomo y lomo.
P. ― ¿Por qué un sofista?
R. ― Me explicaré. El amor apasionado a la verdad es un presupuesto básico de la filosofía. Un amor apasionado hasta el punto de que, desde Sócrates en adelante, en Occidente muchos han estado dispuestos a morir por ideas que consideraban verdaderas. Y ese sacrificio ha sido un impulsor decisivo de nuestra cultura: uno de los principales motores del despliegue de nuestra civilización occidental.
Pues bien, lo más opuesto al amor apasionado a la verdad es la actitud sofística. El sofista emplea las palabras y los argumentos para dirigir al auditorio en la dirección que desea, pero sin jugar limpio: no lo hace con conceptos claros que respeten el significado común de los términos; ni con argumentos consistentes que respeten las reglas de la lógica. Esforzarse por los conceptos claros y los argumentos bien construidos es propio del amor filosófico a la verdad. Pero el sofista no se interesa por estas cosas, porque no cree en la verdad. Lo suyo es usar cualquier arma retórica que el lenguaje pueda proporcionarle –legítima o no– para mover al interlocutor hacia determinados pensamientos o acciones en los que está interesado.
P. ― ¿El papa Francisco no cree en la verdad?
R. ― No.
P. ― Ésta es una afirmación rotunda. ¿Podría justificarla de algún modo?
R. ― Para justificarla bien hay que descender a considerar los múltiples casos concretos en los que el papa ha actuado como un sofista. Hay algunos sitios de Internet (como el benemérito blog Wanderer, en nuestro ámbito hispanohablante) donde están quedando documentados esos casos, uno por uno, con un detalle analítico y una paciencia que muestran no sólo la miseria intelectual de este pontificado, sino también la pasión filosófica de los que participan en el esfuerzo desenmascarador. También hay filósofos de primera fila, como Robert Spaemann y Josef Seifert, que han puesto el dedo en varias de las llagas más sangrantes.
Pero, si usted quiere, le puedo mencionar a modo de ejemplo uno de los trucos favoritos del papa Francisco: realizar declaraciones buscadamente ambiguas y redactar en documentos oficiales frases no menos ambiguas que puedan ser empleadas como punto de apoyo por aquellos que quieren cambiar la doctrina de la Iglesia en temas esenciales, al tiempo que puedan ser empleadas para consolar a los que quieren creer que nada está cambiando. Que nada importante está siendo demolido en el edificio. Ambigüedad, equivocidad, turbiedad. Una niebla generada a propósito para sustituir el pensamiento tradicional de la Iglesia, no a la manera franca y honrada en que lo harían los filósofos –reconociendo abiertamente que han dejado de creer en ciertas tesis, y que a partir de ahora van a defender otras posiciones–, sino con la voluntad de engaño que caracteriza al sofista.
No, el papa Francisco no cree en la verdad. Por eso juega tan alegremente el juego del engaño, la infradeterminación del discurso, y la incoherencia calculada y disimulada.
P. ― ¿Pero no fue el propio Cristo el que dijo «Yo soy la Verdad»?
R. ― Saque usted mismo las conclusiones oportunas...
P. ― ¿En qué cree entonces el papa Francisco?
R. ― Bien. Lo que no se puede negar es que se trata de un hombre de su tiempo. Concretamente, en lo teórico se mueve en ese marco ideológico escurridizo –sin forma, ni contorno, ni sustancia asible–, del cristianismo posmoderno al estilo de Vattimo. Y en lo ético-práctico su discurso es el del buenismo zapateril más pedestre. (¿Recuerda, por mencionar una sola anécdota, sus «diez consejos para la felicidad»? También en aquella ocasión estuve comentando algo al respecto en El Manifiesto... Aunque tal vez sea mejor no descender a detalles; toda esta historia es tan penosa...) En definitiva, Bergoglio es un hombre de su tiempo, ¡qué duda cabe! Un hombre cien por cien mundano, situado a la cabeza de la institución que menos mundana debería ser...
P. ― ¿Y no es mejor así? ¿No es tiempo ya de que la Iglesia vaya abandonando su guerra de siglos contra el mundo?
R. ― Es que la historia de la humanidad no conoce una tensión más creativa que la que ha tenido lugar durante siglos en Occidente entre las instituciones y los pensadores seculares, por un lado, y las instituciones y los pensadores de la Iglesia, por el otro. Considere, por ejemplo, la universidad medieval, polarizada entre la facultad de teología y la de artes. De la tensión entre ambas habría de terminar naciendo tanto la ciencia moderna como las teorías modernas del Estado, del derecho, del poder político, de los intercambios económicos… Sí, en el fondo, la tensión creativa entre la facultad de filosofía y la de teología constituye el alma de la universidad occidental. Y la raíz de lo mejor del pensamiento occidental en su totalidad…
La guerra de la Iglesia contra el mundo es, en realidad, el gran secreto de nuestra civilización: el factor que ha impedido que el pensamiento occidental quedara en alguna fase cristalizado y ritualizado, como ha ocurrido, en cambio, en otras grandes civilizaciones. Por eso, la rendición del clero a la ideología del mundo posmoderno («pos-fáctico», «pos-dogmático», «trans-ético»..., una ideología muy «pos-» y muy «trans-» en todo...), a la que estamos asistiendo en estos momentos, y de la que el papa Francisco es promotor y símbolo, ha de ser entendida como un indicador de hasta qué extremo ha llegado la debilidad y la decadencia intelectual de Occidente.
P. ― El clero, ¿se ha cansado entonces de sostener su parte en esa lucha creativa?
R. ― Eso parece. Tal vez no en su conjunto, pero al menos una parte muy significativa del mismo. Y así multiplican los gestos para hacerse perdonar la vida por parte del mundo, apuntándose a cualquier causa y reivindicación que crean que les dará crédito en los ambientes dominados por las modas ideológicas del momento. Obviamente, terminarán cosechando lo que se merecen: un infinito desprecio, por parte de todos. Pues en el fondo, con su deserción, con su entreguismo, están traicionando a todos: a los amigos y a los enemigos. Y es que, si la sal se vuelve sosa…
P. ― ¿Se siente personalmente traicionado por el papa y por el clero en general?
R. ― Sí, sin duda.
P. ― A lo largo de su carrera ha publicado usted varios libros sobre las relaciones entre ciencia, filosofía y teología, defendiendo una posición teísta. Estoy pensando en obras como ¿Dios o la materia?Mitología materialista de la cienciaDios y las cosmologías modernasLo divino y lo humano en el universo de Stephen Hawking… ¿Volvería a escribir esas obras?
R. ― Por supuesto. Y además, con un motivo doble:
En primer lugar, porque hay que distinguir muy bien entre la interferencia accidental que supone el circo que está montando el clero ignorante y pusilánime que nos ha tocado padecer, y la cuestión filosófica que late en el fondo de esos trabajos. La cuestión de fondo, la que alienta esas investigaciones en la frontera entre ciencia, filosofía y teología, es la pregunta acerca de cuál sea la realidad fundamental, la forma de realidad sobre la que debemos apoyarnos en nuestra comprensión global del ser: si es la materia inerte, o más bien la inteligencia. O si ni lo uno ni lo otro. Se trata de ver hasta dónde podemos llegar buscando una respuesta a esto…
P. ― ¿Y no le parece que se trata una pregunta pasada de moda en un contexto cultural posmoderno? Supongo que ni al papa Francisco ni a sus compañeros de armas les interesará especialmente este tipo de estudios…
R. ― En efecto, desde un punto de vista posmoderno, y posfáctico, la cuestión de cuál sea la realidad primera es una cuestión carente de interés. El sofista no se interesa por asuntos así. Pero precisamente ése es el segundo motivo para plantearla. Y el que me gustaría subrayar ahora. Porque insistir, justo en estos momentos, en los temas importantes de la filosofía, insistir en la indagación de semejantes temas, y hacerlo en diálogo con la tradición filosófica occidental y con confianza en el poder de la razón, constituye un acto de rebeldía. De resistencia contra la barbarie y la decadencia intelectual en la que nos hallamos inmersos.
La mayor parte de nosotros no tenemos influencia alguna en el curso de los acontecimientos del mundo. No podemos influir ni en Roma, ni en Berlín, ni en Nueva York. Pero podemos al menos esforzarnos por mantener en nuestro entorno inmediato ambientes de pensamiento fuerte, de búsqueda apasionada de la verdad, en medio de tanta destrucción, tanto abandono y tanta charlatanería posmoderna...
P. ― ¿Un poco a la manera de nuevos ambientes monacales?
R. ― Quizás. Algo así… Y quién sabe si estos ambientes no podrán llegar a convertirse algún día en semillas de renacimiento. Quién sabe si entre los restos del naufragio en el que se ha convertido nuestra cultura (¡y nuestra Iglesia!) no veremos desarrollarse de nuevo un pensamiento occidental vigoroso, digno del que produjeron nuestros antepasados. En todo caso, es una tarea que merece la pena. A pesar de todo… y, por supuesto, a pesar de Bergoglio y de sus zarpazos de bárbaro a la Veritatis splendor y la Fides et ratio.
No puedo probarlo, pero estoy convencido de que los bárbaros terminarán extinguiéndose mucho antes que el esplendor de la verdad…
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