miércoles, 31 de mayo de 2017

La Iglesia es anticlerical

En entradas anteriores divulgamos textos de los pp. Castellani y Pagliarini sobre el clericalismo y anticlericalismo que son complementarios de otros de Sacheri (aquí y aquí) publicados en 2012. 
Clericalismo es una palabra equívoca cuyo significado conviene delimitar. Hay una nota común que se encuentra en los autores citados y en muchos otros: el clericalismo se relaciona con la potestad eclesiástica.
En una primera aproximación, clericalismo puede definirse como una comprensión extralimitada de la potestad sagrada o un ejercicio abusivo de la misma. Aunque tiene repercusiones políticas, y muchas veces se lo define por ellas, es primariamente una posición en el seno de la Iglesia. De una concepción extralimitada del poder de la Jerarquía se sigue una consecuente minusvaloración del laicado. 
En la Iglesia hay una Jerarquía que tiene una potestad limitada por un designio fundacional de Cristo. Por esto puede decirse con Castellani que la Iglesia es «anticlerical» en tanto que ella misma es contraria a la extralimitación y abuso del poder eclesiástico. Y también puede darse un paso más y sostener que Jesucristo es el primer «anticlerical», porque el Señor fundó una sociedad a la cual confirió sólo una limitada participación de su eminente potestad.
Para comprender mejor la raíz del clericalismo -en su doble vertiente, doctrinal y práctica- es conveniente tener una idea clara de la potestad sagrada en su triple función y de los límites que Cristo le ha fijado. Esperamos que esta pequeña entrada, junto a otras ya publicadas, sirva para tal fin.

«Así que yo tengo Fe en la Iglesia, esa vieja carcamal que tiene ya veinte siglos. 
Pero por una paradoja de la fe, le tengo una tremenda rabia. 
"La Iglesia es anticlerical" —dijo Chesterton» (Leonardo Castellani).

Jesucristo estableció como ley primordial de toda la Iglesia la triple misión, que dio a los Apóstoles y a sus sucesores, a saber: la de enseñar, gobernar y santificar a los hombres. En efecto, Jesús en cuanto hombre recibió del Padre la misión de Maestro, de Rey y de Sacerdote, y participó a la Iglesia esta triple misión. Esta ley primordial de la Iglesia, que estableció el Señor en primer término y «per se», es la norma según la cual quedará regulada la constitución universal de la Iglesia.
Suele considerarse la potestad de la Iglesia de un doble modo: 1) En sí misma, esto es según sus razones intrínsecas y formales; 2) En el sujeto que la ejerce, esto es, según el modo como es conferida al sujeto.
- Considerada en sí misma se distingue una triple potestad de la Iglesia a causa de su triple acto, objeto y fin. Esquemáticamente:
Potestad
Acto
Objetos formales
Fines intrínsecos
De Magisterio
Enseñar
La verdad revelada o lo conexionado con las verdades reveladas.
Alcanzar el asen-timiento del enten-dimiento
De Gobierno
Mandar
Las acciones que conducen al fin de la Iglesia.
Exigir la obediencia de la voluntad.
De Sacerdocio
Proporcionar
Los medios instituidos por Dios para la santificación.
Conferir la gracia al alma y ofrecer el sacrificio.


- Pero si atendemos a las razones extrínsecas, que reviste por el modo como es conferida al sujeto, vemos que la potestad es entregada al sujeto de doble manera: en parte por la ordenación sagrada, y en parte por la misión dotada de autoridad. De aquí el que la misma intrínseca y formalmente triple potestad, por lo que se refiere al doble modo como se confiere al sujeto, se divide también con razón en dos: a) Potestad de orden es aquella que es conferida al sujeto por la sagrada ordenación, por la que se le imprime ex opere operato el carácter, y por ello recibe el nombre de sacramental. b) Potestad de jurisdicción es aquella que se confiere al sujeto con misión dotada de autoridad, por la que se concede derecho a ejercerla y de aquí el que se acostumbró a denominarla en sentido más amplio jurisdicción (comprendiendo la potestad de magisterio como una especie).
Las diferencias entre ambas potestades pueden esquematizarse así:
Potestad de orden
Potestad de jurisdicción (lato sensu)
Se adquiere por la ordenación o consagración.
Se adquiere por la missio.
Es perpetua (indeleble) en el sujeto.
No es de por sí perpetua.
No es delegable.
Es delegable.
Su fin es santificar a los fieles.
Su fin es regir a los fieles.
Su objeto inmediato son los sacramentos y sacramentales.
Su objeto inmediato es la ley y su cumplimiento.
Sus actos no pueden invalidarse.
Sus actos pueden invalidarse.

Ambas potestades se relacionan entre sí y ordinariamente se encuentran juntas en un mismo sujeto. Pero pueden darse la una sin la otra, como se ve en estos ejemplos: un obispo consagrado recibiría válidamente la potestad de orden pero carecería de la potestad de jurisdicción hasta tanto la adquiriera por la misión canónica. Un laico que fuera elegido Papa tendría plena potestad de jurisdicción (gobierno y enseñanza, con el carisma de infalibilidad) desde el momento en que aceptara su elección, aunque no tendría potestad de orden hasta tanto no recibiera la consagración episcopal.
Si no se comprenden estas diferencias se puede terminar en el clericalismo. Un modo de deslizarse hacia el clericalismo proviene de errores sobre los efectos del sacramento del orden. Sin dudas este sacramento configura con Cristo Sacerdote, capacita para actuar in Persona Christi y es el fundamento radical de la participación en los tria munera. Pero por digno y venerable que sea el sacramento, hay efectos que no causa en quien lo recibe:
a) No confiere la potestad jurisdicción. Así, p.ej., los obispos sin misión canónica no tienen potestad de jurisdiccional sobre los fieles. En efecto, “…el poder de jurisdicción, que comprende la doble facultad de enseñar y de gobernar, se les transmite por la «Missio canonica», que es un acto jurídico emanado directamente del Papa, el cual es la Cabeza de los Obispos, como Pedro era el Príncipe de los Apóstoles. La potestad de jurisdicción de los Obispos es ordinaria inmediata en la propia diócesis, no obstante el primado del Romano Pontífice” (Parente).
Pueden darse casos excepcionales de jurisdicción supletoria para la validez de ciertos actos -no de modo habitual, sino per modum actus- pero esta no se origina en el sacramento, sino que la confiere el Derecho Canónico.
b) No da la potestad de magisterio auténtico. Así, p.ej., los obispos consagrados por Milingo, o los del Palmar de Troya, no tienen potestad de enseñar de modo vinculante (distinta de la autoridad científica-teológica) aunque sean obispos válidos. Y esto hay que afirmarlo contra la doctrina protestante que incluye al magisterio en la potestad de orden de acuerdo con la Confesión Augustana y Melanchton (v. aquí).
A los laicos se les puede dar mandato de enseñar ciencias teológicas en nombre de la Iglesia, pero no ejercitan potestad de Magisterio auténtico que vincule por el deber de subordinación jerárquica.
c) No asegura la posesión de ciencia sagrada, pues la sagrada teología es un hábito que se adquiere mediante el estudio y no se infunde por efecto de la ordenación. Mucho menos puede decirse que el sacramento infunde ciencias profanas como historia, sociología, física, medicina… 
d) No garantiza santidad del sujeto ordenado. El sacramento produce aumento de la gracia santificante y una gracia especial, que es título para gracias actuales ordenadas al objeto inmediato de la potestad recibida; pero esta gracia especial para cumplir las funciones del orden sagrado, que puede ir unida a gracias de estado (clerical), no significa correspondencia automática sin libre cooperación por parte del sujeto. ¿Cuántos ejemplos podrían darse desde Judas Iscariote hasta el día de hoy?
También es posible encontrar la raíz del clericalismo no tanto en errores acerca de los efectos del sacramento del orden cuanto en una concepción desbordada de la potestad de jurisdicción. No desarrollamos ahora este aspecto por razones de espacio. Sobre los límites de la potestad jurisdiccional puede consultarse esta entrada referida al Romano Pontífice y muchas otras sobre el magisterio. No debe perderse de vista que la potestas de obispos y sacerdotes es mucho más limitada que la pontificia.

Bibliografía:
- Osuna, OP, A. Notas sobre la «potestas magisterii». En rev. Salmanticensis (1961), vol. 8 pp. 395-422 (aquí).
- Parente, P. et al. Diccionario de teología dogmática (aquí), voces: Jerarquía; Potestad de orden y de jurisdicción; Obispos; Pontífice Romano; Concilio Ecuménico.
- Salaverri, SJ, J. De Ecclesia Christi (traducido, aquí). 


sábado, 27 de mayo de 2017

A propósito del clericalismo

No conocemos al P. Davide Pagliarini (FSSPX). Por lo poco que hemos podido averiguar ha sido superior del Distrito de Italia y director del seminario de La Reja (Argentina). Pero en un breve artículo titulado «A proposito di clericalismo» dice verdades que merecen difusión.
«...los hombres de Iglesia de hoy se ocupan de todo, se pronuncian sobre todo, metiendo sus narices en cuestiones que no les conciernen directamente y para las cuales no tienen competencias específicas, ni, sobre todo, las gracias de estado.
Este neoclericalismo es tal vez el aspecto más significativo de la crisis del sacerdocio y el índice más evidente del malestar de un clero que no sabe más qué es la Iglesia y por qué existe.
La primera consecuencia es el necesario descrédito de la Iglesia, arrastrada a un terreno que no es el suyo: en efecto, siempre habrá hombres del mundo que conozcan los problemas terrenos mejor que quien, por su propia vocación, debiera ocuparse de otros asuntos.
En segundo lugar, la "nueva misión" sobre el mundo no necesariamente puede armonizarse con la tradicional de salvar las almas, y esto por un motivo muy simple: es imposible trabajar para este noble fin si el espíritu se ocupa también de otros, en cuanto este fin es plenamente asequible sólo si la consagración es total.
La Iglesia no tiene necesidad de sacerdotes ni de obispos que hablen de la contaminación, o de la promoción humana, y que se impliquen en la totalidad de los problemas de la crónica periodística más disparatada. A la Iglesia no le sirven estos sacerdotes...»
Tomado y traducido de:

viernes, 26 de mayo de 2017

¿Es usted anticlerical?

¿Es usted anticlerical?
Por Leonardo Castellani
Esta pregunta espinosa se puede satisfacer con una distinción muy sencilla: anticlerical que va contra el clero, NO; anticlerical que va contra el clericalismo, SÍ. Wicleff, de Oxford, fue anticlerical en el primer sentido; Chaucer, de Oxford, su contemporáneo y condiscípulo (1340-1400) sólo en el segundo. Y lo mismo podemos decir del Papa Gregorio XI, que respondió a los que acusaban al poeta inglés de «ir contra los religiosos»: «Quodsi improbis et idiotis adversatur, et ego adversor.» [Pero si se opone a los perversos y a los idiotas, también yo me opongo.]
Clericalismo es «el descenso de una mística en política», como lo definió muy bien Charles Peguy. No es simplemente un cura que se vuelve político, como el P. Filippo o el Cardenal Cisneros, eso no tiene importancia; es dentro de la misma religión donde se verifica este «décalage» -vale decir, cuando los fines específicos del sentimiento religioso se desvían a metas terrenales. Nuestros padres llamaron «santulones» a los que sufren de este desorden, cuando son gentecilla; cuando son Jerarcas, la cosa tiene otro nombre más feo, procedente del Evangelio.
Clericalismo ha habido siempre, y el de hoy no es invisible. Por ejemplo, cuando un Jerarca de la Iglesia se cree más infalible de lo que es, y aun más que el Padre Eterno, eso es alto-clericalismo; cuando un súbdito afecta creerlo, bajo-clericalismo. Hoy día es más castigado el que se atreve a decir que un Jerarca se equivocó, aunque eso sea patente, que el que dijera que la Santísima Trinidad tiene cuatro personas: Padre, Hijo, Espíritu Santo y el Obispo. A este último son capaces de condecorarlo los Canónigos Lateranenses, como a Constancio Vigil. Tal como anda hoy el mundo, por lo menos en este país, un mínimo de anticlericalismo es necesario para la salvación eterna.
Fuente:



martes, 23 de mayo de 2017

Bruselas y los últimos días de Occidente

Nuestra civilización va a morir de estupidez. La masacre de Bruselas es un buen momento para recordar que el enemigo de Occidente no está en las arenas de Oriente Medio, sino entre nosotros.
Una nueva matanza ha asolado Europa, esta vez en la capital de ese contubernio mundialista y buenista que es la UE, Bruselas, otra de las sucesivas masacres que no tienen absolutamente nada que ver con el islam, y cuya primera reacción entre nuestras masas bienpensantes no es la lógica de indignación y defensa, sino de temor a un brote de ‘islamofobia’. Que nadie, en ningún caso, use esto para frustrar la hermosa fantasía del #WelcomeRefugees. Aunque el Eurostat dejara claro que menos de un tercio de los que llegan lo hacen huyendo del IS, aunque el Estados Islámico presuma de que ha aprovechado el caos fronterizo para infiltrar operativos y la propia Interpol los calcule en unos 5.000.
Pero no teman, no es la novedosa ‘islamofobia’ -que podría definirse ya como rechazo a someterse al Islam- la enfermedad de la que va a morir nuestra civilización. Nuestra civilización va a morir de estupidez.
Un pueblo cuya primera reacción al ser atacado es disculpar al grupo del que salen sus atacantes está pidiendo a gritos la extinción, y después de leer en redes sociales y publicaciones decenas de soflamas en la línea de “no todos los musulmanes…” y/o “pues las Cruzadas…”, no me cabe apenas duda de que estamos en fase terminal.
Lo vivimos ya tras la atroz matanza del Bataclan en París. Fue muy aplaudida, al menos por la derecha, la fulminante determinación de François Hollande de lanzar inmediatamente un ataque contra posiciones del IS en Iraq. Y esa es la prueba de nuestra suprema cobardía y suma estupidez. Porque no es en las arenas de Mesopotamia donde está el peligro para nuestra civilización, sino en nuestra perpetua cesión, en nuestro masoquismo cultural. Y ahí no se tomó, no se toma, ninguna medida. Al revés, ante la avalancha de supuestos refugiados de Oriente Medio, el líder más poderoso de Europa, Angela Merkel, reaccionó con una invitación universal y abierta a la que se sumaron masas de progresistas postureantes al grito de ‘¡Bienvenidos, Refugiados!’, creando una crisis de seguridad -entre otras cosas- que habría que estar ciego para no ver.
Por lo demás, las aventuras de intervención bélica de Estados Unidos y sus aliados en el mundo islámico, desde Iraq y Afganistán hasta Libia y Siria, han proporcionado, sino la causa, al menos la ocasión perfecta para el drama que se desarrolla ahora en nuestras fronteras.
Todavía el estamento neocon americano y sus aliados españoles sostienen que acabar con Assad es el objetivo prioritario, por encima de la victoria sobre el IS. Produciendo, imaginamos, un resultado igual de halagüeño que el derrocamiento de Saddam en Iraq. Porque Occidente no puede soportar la visión de un tirano, esa es la consigna, democratizar el planeta.
Bueno, parte del planeta. A nadie se le pasa por la imaginación hacerle un feo a China por el nimio detalle de que sea una tiranía que ha aplastado cualquier disidencia.
O, más al caso que nos ocupa, Arabia Saudí, una teocracia arcaica y cruel a cuyo lado el denostado régimen iraní es un paraíso libertario. Pero los saudíes son intocables, aunque la vertiente islámica que está detrás de toda la yijad moderna, de todos los atentados masivos desde el 11 de septiembre, tenga allí su cuna y sea la única oficial y permitida en el Reino, no aunque esté financiando mezquitas y madrasas por todo Occidente que transmiten el mismo mensaje radical contra los infieles. Arabia es la fuente, junto con otras tiranías del Golfo como Qatar y Emiratos Árabes, cuyas camisetas llevan los jugadores de nuestros dos equipos de fútbol principales. Los negocios, supongo, son los negocios, y al igual que el emperador Vespasiano recordó a su hijo Tito que el dinero no huele, por lo visto tampoco retiene las manchas de sangre.
Me solidarizo, por supuesto, con todas las víctimas y sus familiares, pero espero que no se me juzgue insensible si digo que estos atentados brutales, como hacía décadas que no sufría Europa, son solo el aspecto más aparatoso de nuestra paulatina extinción. A la larga, son incluso innecesarios, incluso contraproducentes, para vencernos. Más aún: ni siquiera es el islam -yijadista o no, si les apetece hilar fino y establecer una distinción que ellos no hacen- el problema de Occidente.
El Islam es todavía muy frágil; Occidente es todavía muy poderoso. Bastaría una modesta dosis de sentido común, del instinto de conservación que es normal esperar en cualquier pueblo de la tierra, para que el peligro quedara inmediatamente conjurado. No, el verdadero enemigo, el enemigo implacable, peligroso, poderoso, no es el que escala los muros de la fortaleza, sino el traidor que les abre la puerta. Son nuestras élites, nuestros gobernantes, nuestros grupos de comunicación, nuestros mandarines culturales, nuestro sistema educativo, nuestros financieros. El estamento mundialista, en fin, que ha decidido que el mejor modo de gobernarnos es al viejo estilo, dividiéndonos, erradicando nuestras identidades nacionales tanto como nuestra antigua identidad europea, de modo que convertidos en átomos sin lealtades personales dependamos de nuestros amos para resolver nuestras rencillas.
A finales del siglo pasado, un progresista profesor de Sociología de Harvard, Robert Putnam, se propuso hacer un estudio en profundidad que probara los beneficios de la diversidad cultural y tomó como campo de pruebas el Los Angeles multicultural. Pero los resultados fueron tan contrarios a los esperados que su obra, ‘Bowling Alone’, recibió escasa publicidad.
Putnam comprobó que la diversidad cultural y étnica reduce drásticamente la cohesión social, la participación en actividades comunitarias y la confianza mutua y promueve la soledad y el desinterés por la cosa pública. Una comunidad así solo tiene el poder político como árbitro entre las distintas tribus en disputa, el sueño húmedo del poderoso. Y ese es el plan que, sin necesidad de conspiración alguna, se está imponiendo en Occidente y, muy especialmente, en Europa bajo los auspicios de Bruselas.
Occidente vive en una burbuja de prosperidad, paz y libertad sin precedentes que le hace pensar que sus valores son valores universales, que no somos una tribu más, sino la Humanidad, y que nuestra llegada a la escena mundial ha hecho desaparecer mágicamente los incentivos y mecanismos seculares que han movido a todos los pueblos a lo largo de la historia. Y más bien no.
El mundo es mucho más grande, cada vez más demográficamente en relación al menguante Occidente, y sabe de qué va la vaina. Sabe que ignorar al enemigo no le hace desaparecer, al contrario. Sabe que la debilidad no es una señal para proteger al otro, sino para atacarle.
En un sentido retorcido y siniestro, Occidente está enfermo de una moralina deformada y masoquista que pregunta siempre quién tiene razón y se responde siempre que cualquier otro, que somos lo peor y los más malos. Pero la historia no se mueve así. En la historia real, no en las historietas políticamente correctas, si un pueblo puede hacerse sin demasiado esfuerzo con el territorio, las riquezas y las mujeres de otro, lo hará.
Tarde o temprano Occidente tendrá que despertar a este hecho o resignarse a perecer, y no precisamente para disolverse en una utopía progresista. Porque no está lejano el día en que la pregunta ya no será cuál es tu opinión, sino cuál es tu pueblo.
Visto en:

lunes, 22 de mayo de 2017

Sebreli en su laberinto


Este artículo es respuesta a una afirmación de Juan José Sebreli durante una entrevista conducida por Pablo Gianera en enero de 2017 [1], con motivo de la reciente publicación del libro "Dios en el laberinto: Crítica de las religiones" [2]:
Gianera: Cuando uno lee tu libro parece que la vieja disputa entre la herencia ilustrada y la religión no está saldada todavía y que siguen siendo dos fuerzas que están en pugna.
Sebreli: Sí, yo creo que sí, porque es una cuestión que va más allá de los Papas. Es una cuestión filosófica, es decir, la razón, como cree la Ilustración, como único medio de conocimiento, y la fe, el dogma, los libros sagrados, la autoridad, son la base de la Iglesia. ¿Cómo se puede conciliar esas dos cosas? Es muy difícil conciliarlas.
Partiendo de la posición de agnosticismo débil de Sebreli [3], o sea de sostener no la existencia de Dios sino solamente la posibilidad de su existencia, demostraré que la creencia (nótese el verbo usado por Sebreli) de la Ilustración en la razón como único medio de conocimiento es irracional, por ser lógicamente inconsistente con esa posición.
Si existe el Ser Subsistente o absoluta plenitud del ser, absolutamente simple e infinito, al cual llamamos Dios, que creó y sostiene en el ser al universo visible, es evidente que Dios puede comunicarse con los hombres y revelarles verdades que la razón humana no podría llegar a conocer por sus propias luces pero que no la contradicen, esto es suprarracionales pero no irracionales, lo cual incluye la posibilidad de que de hecho lo haya realizado en el pasado. En ese caso el ser humano conocería con certeza absoluta esas verdades, no porque resultasen evidentes por sí mismas a la razón humana, sino por la autoridad de Dios que las ha revelado, Quien no puede engañarse ni engañarnos. Dado que creer en esas verdades reveladas por Dios es un verdadero medio de conocimiento, un intelecto humano que piensa de manera realmente racional no considera a la razón humana como el único medio de conocimiento, sino que está abierto a la adquisición de conocimientos revelados por Dios. Por lo que la posición racionalista (lo cual es distinto de racional) de la Ilustración, sostenida por Sebreli, es intrínsecamente irracional, y aunque pueda parecer una hipertrofia de la razón humana, es en realidad una reducción, una autolimitación de ésta. Notablemente, la irracionalidad del racionalismo, de la noción de la razón humana como único medio de conocimiento, es patente en la expresión usada por Sebreli "como cree la Ilustración".  Así como el "sola Scriptura" del protestantismo no es una noción basada en la Escritura y de hecho la contradice, así también el "sola ratio" del racionalismo no es una noción basada en la razón y de hecho la contradice.
Ahora bien, es tarea de la razón humana determinar si ha habido una Revelación de Dios a lo largo de la historia, lo cual equivale a identificar el medio original a través del cual Dios reveló en algún tiempo pasado y el medio próximo que en el tiempo presente contiene (si es un libro) o custodia (si es una institución) el "depósito" de lo que Dios reveló en el pasado y, en el caso de una institución, provee una interpretación divinamente asistida y autorizada del contenido de ese depósito. Esa identificación de los medios de la Revelación divina, tanto el original como el próximo, debe basarse en la presencia de motivos de credibilidad racionalmente aprehensibles asociados a esos medios.
Referencias
Transcripción resumida en:
http://www.lanacion.com.ar/1972753-juan-jose-sebreli-es-muy-dificil-conciliar-los-extremos-de-la-razon-y-del-dogma-religioso
[2] Juan José Sebreli, "Dios en el laberinto: Crítica de las religiones", Penguin Random House Grupo Editorial Argentina, 1 dic. 2016.

Visto en:


viernes, 19 de mayo de 2017

Cartas de un demonio a su sobrino (y IV)


Mi querido Orugario:
Me dicen que has dado pasos importantes en la formación de un psicología de inquisidor en los tradis que nuestro Supremo te ha confiado. Y que has cumplido con el objetivo que te indicara en mi anterior.
¡No te duermas en los laureles! Todavía te queda mucho por hacer. No basta con que tus tentados hagan lo que tú les sugieres si luego se arrepienten o son inconstantes en su obrar. Debes lograr que su temperamento inquisitorial se perfeccione con la obstinación. Con palabras de nuestro Enemigo: que lleguen a ser «ciegos que guían a ciegos» (Mt. 15, 14).
El primer paso para que tus tradis devengan obstinados es la desobediencia. Debes llevarlos al límite de la contradicción inadvertida: que se opongan a la Iglesia y a la verdad que dicen querer salvar; que contradigan la fe en nombre de la defensa misma de la fe. A eso que el lenguaje vulgar ha sabido expresar con ser «más papistas que el papa»; y que, para gentes con preocupaciones doctrinales, podría equipararse a ser «más maestros que el Magisterio de la Iglesia». Ninguna distinción entre Teología y Magisterio; nada de diversas formas de adhesión a éste; que todo sea un «bloque» denominado Doctrina que se confunda con sus opiniones. Y si alguna vez sienten en la conciencia el dilema de tener que «obedecer a Dios antes que a los hombres», que sólo a sí mismos se concedan esta posibilidad, nunca a sus enemigos. Porque sólo ellos saben con seguridad lo que conviene a Dios y a la Iglesia, razón por la cual no pueden dar su brazo a torcer, pues esto sería defeccionar de la «santa causa» y traicionar el «combate contrarrevolucionario». Y el segundo paso, es el prurito de autoridad siempre por encima de la verdad. Por lo cual, si acusan a alguien de «heterodoxia», y la acusación es falsa, nunca se han de retractar, pues hay que «salvaguardar el principio de autoridad» que sólo ellos encarnan en la presente crisis. Y si vieran que una acusación grave carece de fundamento sólido, habrán de formular otros cargos menores, para que no se note su ignorancia afectada y enorme temeridad.
Una vez que hayas logrado que la mentalidad inquisitorial sea realmente obstinada, tu tarea como tentador habrá alcanzado los objetivos que me he propuesto con estas cartas. Sólo nos quedará esperar a que nuestro Enemigo no asista esos tradis con gracias especiales y que su Madre no desbarate nuestros planes.
Tu cariñoso tío,
Escrutopo.



miércoles, 17 de mayo de 2017

La moralina del boicot



Boicotear es realizar una medida de presión encaminada a impedir o entorpecer el ejercicio de una actividad, generalmente de tipo comercial, profesional o social. El boicot muchas veces se lleva a cabo mediante la abstención del consumo de un determinado bien o servicio, en la convicción de que con este modo de actuar se perjudica al vendedor o prestador boicoteado, causándole pérdidas patrimoniales y un desprestigio que no ha previsto.
"Una de las victorias más significativas que se han logrado mediante un boicot fue precipitar la abolición del apartheid en Sudáfrica, con el apoyo de las «desinversiones» desde la década de 1980. Se iniciaron boicots en todo el mundo contra ShellKellogg (compañía) y Coca Cola entre otras, para protestar contra las políticas racistas del gobierno sudafricano. Las compañías objeto del boicot promovieron decisiones de los accionistas exigiendo no operar en el país, acelerando la abolición del régimen segregacionista en 1994.
Un boicot tiene hoy muchas más posibilidades de éxito gracias a Internet, a través de sitios web, grupos de noticias o listas de correo. El efecto «bola de nieve» en Internet es muy rápido comparado con otros" (fuente).
Es frecuente que los católicos, individualmente o asociados con otros (ejemplos aquí), recurran a la práctica del boicot con diversidad de resultados. En principio, nada se opone a dejar de consumir determinado bien o servicio por un motivo de caridad. Podría ser ocasión de practicar la mortificación cristiana.
Hasta aquí, nada que objetar. Pero en el contexto de este apostolado del boicot pueden darse algunos errores que conviene apuntar. Los más serios podrían agruparse bajo un rótulo: moralina. ¿Qué es la moralina? Para el DRAE es una moralidad inoportuna, superficial o falsa. Por una formación superficial en los principios de la moral católica, podemos hacer juicios sobre conductas ajenas que –objetivamente- no merecen reproche. Vemos pecados objetivos (aunque supongamos un obrar subjetivamente inculpable) en acciones de los demás que, en rigor, no son tales a la luz de la doctrina católica. Esta moralina desconoce que el pecado material es un verdadero mal, un ultraje a Dios, un desorden introducido por la criatura (cfr. Vacant, DTC). Y por más que presumamos “buena fe” en el otro, al imputarle un pecado material que no existe en el orden objetivo, lesionamos su honor y cometemos una calumnia. Otra forma de moralina es tener juicios errados sobre la moralidad de los propios actos, es decir una conciencia deformada, en sentido rigorista o laxo. En la nota al pie damos algunos ejemplos un tanto exagerados con finalidad didáctica (1).
Hay dos modos de evitar esta moralina. El más simple, y accesible a todos, es abstenerse de emitir juicios morales sobre la conducta ajena. El segundo, es formarse rectamente para adquirir ciencia moral. Dado que las conductas en materia de boicots son alteritarias, pues se refieren a lo que se hace u omite en seno de la vida en sociedad, resulta indispensable tener recta doctrina sobre los actos humanos, la cooperación y el denominado principio de doble efecto. 





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(1) Ejemplos de moralina del boicot:
- La plataforma háztelo mirar lanza una campaña para boicotear a los laboratorios Bayer por la venta de fármacos anticonceptivos y abortivos. Los promotores de la campaña dicen que es pecado (objetivo, de omisión) no adherir a esta.
- El director de un hospital realiza una compra millonaria de analgésicos fabricados por Bayer, pues considera que son los de mejor calidad. Al hacerlo, se afirma, favorece económicamente a una empresa que vende productos abortivos. Por tanto, es cómplice de los abortos y los pecados de contracepción que se cometerán con los productos Bayer.
- Un médico receta un medicamento de Bayer para curar un problema serio en el aparato reproductor su paciente, mujer, que tiene efecto secundario anticonceptivo. Así  coopera económicamente con el mal que realiza la empresa y además es cómplice del pecado contraceptivo de su paciente.


domingo, 14 de mayo de 2017

La imperfección del bien común temporal

Mejorable, pero existente
El bien común temporal es siempre contingente y, por lo mismo, imperfecto: siempre cabe imaginar formas más perfectas de su realización. Lo cual no es ningún óbice para efectuar un discernimiento prudencial sobre si es o no posible alcanzar el bien común en un determinado momento histórico, ni tampoco desdice en nada del bien común efectivamente realizado decir de él que es perfeccionable. La Castilla y el León de San Fernando o las Españas de Ysabel y Fernando son ejemplos de realización del bien común y, sin embargo, más allá de sus defectos en su aspecto de bien logrado, son esencialmente perfectibles. 
Es muy importante ver esto claro, pues de lo contrario, en épocas tan sombrías como la nuestra, cuando desde hace demasiado tiempo carecemos del rex que nos dirija y hasta de la más elemental amistad política, es fácil que en las almas de los buenos anide una letal ensoñación: la de pensar que el bien común es alguna de las realizaciones del mismo en nuestro glorioso pasado. Se permite así una castrante nostalgia política que no debe confundirse con el piadoso y estimulante cultivo del conocimiento y la veneración de las glorias pretéritas de nuestros reyes y de nuestro pueblo. Pero nosotros no aspiramos al bien común histórico (en cuanto histórico, no en cuanto bien, claro) que lograron Ysabel y Fernando, ni el emperador Carlos, ni Sancho el Mayor de Navarra [1]. No, porque mientras así soñamos, eludimos la verdadera urgencia del bien común, que es una urgencia, por natural, siempre acuciante en el presente, dolientemente acuciante en el hoy desamparado. En ese sentido, no debemos tener miedo de decir que hemos de reputar una traición a nuestra misión –única, irrepetible–, heredada, uno ictu junto con la civilización, de nuestros viejos, esa conducta melancólica y feminoide (que no femenil), que cultiva furtivos placeres solitarios de la imaginación dejando vacantes energías que nos son imprescindibles para responder, como podamos –la campana suena a rebato– a los desiguales desafíos que nos circundan. No será la mujer de Lot la que nos enseñe a amar nuestra historia, de la que por lo demás tanto tenemos que aprender (en hombría, en sacrificio, en racionalidad, en heroísmo).
J.A.U.



[1] La necesaria relatividad del bien común histórico no se opone a una identidad profunda, que subsiste en el tiempo. Es, sencillamente, su necesaria actualización, actuación. Esto, por oposición a una absolutización de la patria, el nacionalismo, los patrioterismos, que pueden tener su cierta lógica en el orden de la espontaneidad y de la pasión, pero carecen de sentido en el orden de la reflexión y de la fundamentación teórica, de la guía de la acción. El verdadero patriotismo (palabra originada en campo revolucionario), es la virtud de la piedad patria y en ese terreno no hay que ceder a la tentación del «cuanto más mejor», porque en esa línea se tiende a hipostasiar, a insuflar un espíritu de predominio y de rivalidad, de afirmación vacua por oposición, de exageración irritante. La virtud de la piedad patriótica es moral y por lo mismo se ve amenazada por exceso y por defecto.

Fuente:

viernes, 12 de mayo de 2017

El Jerónimo de Hispanoamérica


Nos comenta un amigo de nuestra bitácora que en el sitio web del p. Javier Olivera se pueden descargar versiones digitales de libros y artículos de Straubinger «gran biblista alemán, fiel a la Iglesia y comentador eximio de los textos bíblicos», además de su traducción de la Sagrada Escritura. Straubinger es un autor recomendable por la seguridad de sus interpretaciones en un contexto eclesial en el cual el racionalismo bíblico hace estragos. 
Ofrecemos la lista de obras del sitio del p. Olivera con los enlaces:
1) Biblia de Straubinger (Antiguo y Nuevo Testamento): pdfword,  mobi.
2) Biblia de Straubinger (Nuevo Testamento completo): pdfwordmobiepub; para descargar la aplicación para IOS (iPhone, iPod touch o iPad), ingrese aquí; para Android, aquí)
3) Biblia de Straubinger en google play para android
Para conocer acerca de su vida:
a. Vida de Mons. Straubinger por Mons. Carlos Ruta (mobipdf) y por el padre Néstor Sato (mobipdf)
b. Libros de Straubinger: 
2. El misterio del mal en Job (pdfmobi)
3. Espiritualidad bíblica (wordpdfmobi)
4.  Cien Testigos (pdfmobi);
5. Ester y el Misterio del Pueblo Judío (wordpdfmobi)
6. Los Fariseos (pdfmobi)
7. Revista Bíblica: 31 Artículos de Mons. Straubinger (zip)
c. Artículos relevantes de Revista Biblica (dirigida por Straubinger) nros 2 a 61; descargar aquí.



lunes, 8 de mayo de 2017

Cartas de un demonio a su sobrino (III)



Mi querido Orugario:
Me informan que todavía no has llegado a forjar la psicología del inquisidor en los tradis que te han sido encomendados. Tienes que ser más diligente en tu oficio. Ya sabes lo que te hará el Supremo si no tienes éxito…
Pero al menos has conseguido en ellos un celo espúreo, amargo y altanero, fruto de su búsqueda ególatra. Es un paso… Sin embargo, debes apuntar a más: fomentar en ellos la rabies theologica. Que la destemplanza en anatematizar al prójimo, que consideran «heterodoxo» y «traidor», sea vista como signo inequívoco de «virilidad» y «celo apostólico».
Si nuestro Enemigo quiere una verdad en caridad (Ef. 4,15), tú debes lograr que los tradis se guíen por esta máxima: verdad contra caridad. Con amargura y altivez, que la pasión se revista de celo; que la agresividad se libere de modo catártico; y que el temperamento inquisitorial encuentre en la «defensa de la santa fe» una excusa para justificar odios, calumnias y condenas sumarias. Que por el afán de vencer y humillar, ni siquiera en caso de duda se pongan en el lugar del «reo». Por el contrario que sintiéndose confirmados en gracia y ortodoxia presuman el error en los demás, sin que les importe saber si su sospecha tiene fundamento.
Ya sabes que «el temor de Dios» es para los hijos de nuestro Enemigo un «don». Pues bien, debes apuntar a que nuestros tradis quieran ocupar, inconscientemente, el lugar de nuestro Enemigo. Que siembren miedo en sus «reos»; que sientan el placer de ser temidos; y vivan ese temor como una forma de «poder» sobre sus adversarios, aunque sólo sea  un poder extorsivo.
En fin, que todos los medios se justifiquen con el pretexto de que se emplean para defender a Dios.
Tu cariñoso tío,

Escrutopo.