viernes, 21 de abril de 2017

El Front Nacional y su transformación


Hace algunos días recibía un meme con la imagen de Marine Le Pen en el cual  se leía: “la izquierda ha traicionado a los trabajadores y la derecha a la nación”; pocos días después se ponía en marcha la campaña de cara a las presidenciales del 23 de abril. Lo primero que podría llamar la atención era su radical cambio de imagen; en los carteles propagandísticos había desaparecido la tradicional llama tricolor que lo identificaba  por una rosa de color azul. La propia candidata ha tratado de explicarlo: “He elegido la rosa porque durante mucho tiempo ha representado la esperanza de miles de trabajadores y trabajadoras francesas en un futuro mejor. Una rosa azul simboliza al mismo tiempo la esperanza de la izquierda -la rosa ha identificado durante mucho tiempo a la social-democracia en países como Francia y España- y los deseos de la derecha -referencia al azul usado por diversas agrupaciones conservadoras como color identificativo- porque mi propósito es unir a todos los franceses y francesas en un proyecto común de futuro”.
Desde que en el 2011 Marine llegase a la presidencia del FN ha tratado de romper muchas de las prevenciones existentes contra su padre, cuya imagen le situaba en el espectro más intransigente de la derecha francesa. Pese a los intentos de éste de representar el papel del “Reagan francés” -por su defensa del neoliberalismo económico y de algunos de los principios de la revolución conservadora- no podía escapar de ser -en realidad- el líder indiscutido de una plataforma electoralista de la extrema-derecha, marcado por un antisemitismo poco disimulado, un apoyo al nacionalismo árabe y  la defensa a ultranza de los valores tradicionales del catolicismo.
Está claro que hay elementos de su programa que pueden que no hayan cambiado tanto; como “la defensa de identidad, valores y tradiciones de la civilización francesa”, que le ha llevado solicitar su particular Frexit,  para que Francia recupere su “libertad y el control”  en materias de orden económico o legislativo. O aquellos otros que afectan a la presencia de extranjeros en su suelo nacional, como el de  establecer impuestos especiales a la contratación de trabajadores extranjeros con el objeto de asegurar la prioridad de loa nacionales en la búsqueda de empleo.
Pero sería el campo económico donde el nuevo FN pretende representar a una nueva Izquierda Nacional, convirtiéndose en el primer partido de la clase obrera. La política de captación de este importante segmento social proviene principalmente del abandono del neoliberalismo a favor de un mensaje keynesiano, defensor del Estado de Bienestar, y con abundantes medidas sociales para una ciudadanía depauperada, especialmente en aquellas zonas que han sufrido fuertes reconversiones industriales. Ya en el 2012  Marine Le Pen marcaba distancias a la hora de hablar de la recuperación de empleo con la derecha clásica al plantear que solo existían dos formas posibles de alcanzar ese objetivo: o se rebajaba los salarios, destruyendo el Estado de Bienestar,  o se  rechazaba el plan  (aceptado por la derecha liberal y la socialdemocracia) de austeridad social impuesto por organismos foráneos.
El FN apuesta por una economía fuertemente proteccionista que permita  “hacer frente a la competencia desleal de países con mano de obra de bajo coste” o “la instauración de una contribución social sobre las importaciones de un 3%”, medida esta última que serviría para aumentar en 200  euros los salarios por debajo de los 1.500. En la defensa del pequeño y mediano ahorrador no dudó, en su campaña del 2012,  en solicitar la nacionalización parcial  de los bancos de crédito hasta que sus activos fuesen saneados y los ahorros de los franceses asegurados
En lo que  algunos llaman la defensa de lo valórico el FN, pese a esas celebraciones el 1 de mayo, bajo la atenta mirada de Santa Juana de Arco,  abraza la  laicidad del Estado, que le ha llevado a solicitar la prohibición de símbolos religiosos en los espacios públicos; pero que también a modificar su radical oposición al aborto y al matrimonio homosexual. En relación con el primero la diputada Marion Marechal (sobrina de Marine Le Pen) se  ha mostrado como una destacada activista en defensa de la vida del no nacido desde el mismo momento de la concepción, oponiéndose a las reformas de la ministra socialista. Por el contrario, su  estimada tía ha mantenido una posición ambivalente, lanzando mensajes aparentemente contradictorios, pero que en el fondo defendían una posición favorable a mantener determinados casos de permisibilidad. Para contentar a su tradicional electorado defiende la tesis de que el “derecho al acceso al aborto no debe ser restringido, pero no debe ser banalizado”; para sus nuevas masas electorales, asegura que  “no deseamos modificar la capacidad de acceso a la interrupción voluntaria del embarazo”, lo que implicaría mantener una ley de casos... Eso sí tratando de promocionar medidas disuasorias.
En el tema del matrimonio homosexual la disputa interna es semejante; mientras  que Gilbert Collard asegura con rotundidad que derogarían el matrimonio para todos; Florian Philippot relativiza el tema asegurando que abrir dicho debate es tan importante como el tratamiento del cultivo de los bonsáis.  La presidenta del partido ha prometido la derogación de la Ley Taubira (en referencia a la  ministra de Justicia Christiane Taubira) en caso de ser elegida. Pese a ello, y en este tema el FN mantiene una posición intermedia;  Marine Le Pen  también ha asegurado que propondría un Pacte Civil de Solidarité  que afectara a las parejas del mismo sexo, otorgándoles algunos de los derechos asociados con el matrimonio, especialmente en materia económica y de sucesión; descartando -eso sí- la adopción.
Como bien dejaba escrito el politólogo Arnaud Imatz “la nueva línea política del FN es claramente republicana, jacobina, laica, social, popular y soberanista”, dejando atrás  aquella otra más “indentitaria, etno-cultural, regionalista y europeísta”. A la actual formación lepenista se le podrá acusar tal vez de muchas cosas, pero de lo que no cabe duda es que su electorado no responde exactamente al que tradicionalmente vota por la extrema-derecha; su dirigencia no corresponde con la imagen que se tiene de los viejos líderes del sector; y su discurso -completamente remodelado- le aleja de aquel otro marcado por el anticomunismo de la Guerra Fría y la defensa de un capitalismo popular thatcheriano. Hoy en FN pretende ocupar el espacio abandonado por el gaullismo más social que en su día representara un André Malraux.
JOSÉ DÍAZ NIEVA
Visto en:
http://elmuro.cl/el-front-nacional-y-su-transformacion-de-cara-a-las-elecciones-francesas-de-2017/elmuro/2017-04-18/160946.html

martes, 18 de abril de 2017

Las causas sociales de la apostasía de España, según Borkenau

Cuando Franz Borkenau pone pie en España por primera vez acababa de comenzar la guerra civil. Era septiembre de 1936. Vienés de origen judío, educado en el catolicismo, había abandonado la fe y abrazado el comunismo. Para cuando llegó a España ya se había desilusionado con el Partido comunista, aunque seguía considerándose socialista. Traía con él su bagaje como investigador social y una vista aguileña para desentrañar procesos históricos.
A veces, un recién llegado advierte, con su mirada fresca, conexiones dentro del entramado histórico local que se escapan a los nativos. En 1937 publicó “El reñidero español”, libro en el que recoge su breve experiencia en la guerra de España. El libro está lleno de observaciones agudas. Una de ellas resulta particularmente sugestiva:
“Las masas españolas han abandonado a su Iglesia, no porque hayan perdido el fervor religioso tradicional de su raza, sino porque esa misma Iglesia española lo ha perdido”.
No se refiere el agnóstico Borkenau a devociones ni cultos. Explica que mientras las instituciones de la Iglesia, en su conjunto, fueron el primer terrateniente de España, las gentes del pueblo veían que los eclesiásticos compartían su misma suerte y sus mismos intereses. Ya desde la Constitución de 1837 el Estado se hizo cargo del mantenimiento del culto y del clero.  Cuando las desamortizaciones fueron avanzando, el Estado, además, fue ofreciendo compensaciones económicas, en forma de bonos principalmente. Otra cuestión es la de la cuantía, pero aun suponiendo una contrapartida muy inferior al valor de los bienes perdidos (y que muchas veces se cobraba tarde y mal) la cuestión es que a partir de la segunda mitad del siglo los curas ya tenían ingresos fijos a cargo de los presupuestos generales del Estado y las instituciones de la Iglesia dejaron de destinar sus nuevos ingresos a bienes raíces para invertirlos en bolsa. Hasta entonces, el pueblo había sostenido a sus clérigos y, en muchos casos, ese mismo pueblo se ganaba el pan laboreando en arriendo razonable las tierras del convento. 
Había una íntima solidaridad entre los intereses de los parroquianos y los de curas y frailes. Una mala cosecha significaba un año duro para unos y para otros. Una buena, tranquilidad y cierta holganza tanto para el pueblo como para el clero y la frailería pueblerinos. Pero cuando diócesis, cabildos, monasterios de clausura y conventos desposados con la dama pobreza confían sus remanentes dinerarios al juego del mercado de valores, inevitablemente sus intereses materiales dejan de ser solidarios con los de los precarios trabajadores y temporeros para encontrarse compartiendo preocupaciones con los potentados y caciques del gran mundo. Ahora ya no es espontáneo acompañar al paisano escrutando el cielo ante los nubarrones ni apremiarse a hacer rogativas para convocar la necesaria lluvia: ahora, si la bolsa sube, clero y conventuales ganan…
Empezó a ser corriente que órdenes mendicantes tuvieran participaciones, incluso mayoritarias, de grandes empresas. Prácticas que todavía hoy siguen en vigor. Ahora, las congregaciones, grandes y pequeñas, constituyen SICAV que administran sociedades financieras regidas por la lógica de la búsqueda de la mayor rentabilidad (vía por la cual, invierten en negocios odiosos antes que en eso que llaman inversiones éticas). Todo lo cual acentuó todavía más una forma de predicar la religión que ponía en el centro una concepción privada de la moralidad y que coqueteaba con un fatalismo social.
Borkenau, con su mirada neutral, entendió que el desafecto profundo de gran parte del pueblo hacia la Iglesia no provenía de la pérdida de fervor del pueblo, sino de la rebeldía ante aquel injusto divorcio de intereses temporales, decidido unilateralmente por la otra parte de aquel viejo desposorio. El pueblo percibía que las buenas palabras desde el púlpito no suplían la traición que suponía que su suerte material se jugase en una trinchera contrapuesta a la del predicador. 
El forastero no fue el único en este diagnóstico. En vísperas de la guerra en la que iba a morir mártir, el Padre Gafo atribuía también orígenes económicos al desafecto de las masas hispanas hacia la Iglesia. Ese distanciamiento es fruto de un conjunto de causas, pero la que señala Borkenau es una muy relevante. Raramente se la tiene en cuenta, pero ofrece luz para entender el devenir contemporáneo de la Iglesia en España.
Visto en:


sábado, 15 de abril de 2017

Es Víctor Delhez


Un trino de Edward Pentin (aquí) acerca de la tarjeta de saludos pascuales del Papa ha suscitado reacciones llamativas: la imagen sería “teológicamente errónea”, “Marvel”, “un pájaro, un aeroplano”, proveniente de un libro del Arzobispo Paglia, “horrible”, el joven “Bruce Willis”, “superman”, un Jesús de Paul Bunyan… Tal vez estos comentarios se deban a ignorancia sobre el artista. O se trate de personas acostumbradas al denominado "arte sulpiciano". Por supuesto que nadie debe gustar del grabado para "sentir con el Papa". Todo sugiere que se trata de una obra de Víctor Delhez, un artista belga-argentino, a quien el p. Castellani consideraba “un gran grabador”. Muy probablemente se haya tomado la imagen del libro Los Cuatro Evangelios de Nuestro Señor Jesucristo, publicado en 1956 en Buenos Aires por Guillermo Kraft.
Para los interesados en la obra de Delhez, recomendamos el siguiente trabajo de Castellani:


Más información en los enlaces de la excelente bitácora Castellaniana (aquí): 

viernes, 7 de abril de 2017

Iturrioz: autoridad del Vaticano II


Un amigo de nuestra bitácora nos ha enviado copia del artículo del p. Daniel Iturrioz, de la Facultad Teológica de Oña, titulado La autoridad doctrinal de las constituciones y decretos del Concilio Vaticano II, publicado en la rev. Estudios eclesiásticos (vol. 40, Nº. 154, 1965, págs. 283-300). Lo dejamos completo en nuestro estante de scribd (aquí). Publicamos sólo algunos párrafos que consideramos más destacables en letra de menor tamaño, con títulos nuestros para hacer más ágil su lectura.
El artículo del p. Iturrioz se relaciona con la entrada sobre la posición doctrinal de la FSSPX (aquí). Cabe aclarar que, ante la posibilidad de errores en un magisterio mere auténtico, el autor sólo contempla la denominada suspensión del juicio y la manifestación privada de perplejidad ante la Jerarquía. Sobre la resistencia pública se expresarían otros autores luego de la terminación del último concilio. Esta diversidad de pareceres en torno a las actitudes públicas que es dable asumir ha sido el fundamento de distintas posiciones dentro denominado «tradicionalismo» católico frente a las novedades del Vaticano II.
1. El Vaticano II excluyó la infalibilidad.
E1 16 de noviembre del pasado año 1964 notificaba Mons. Felici, secretario general del concilio, a los padres conciliares la declaración que, a petición de algunos de ellos, había formulado la comisión doctrinal, sobre la nota teológica, o sea, el grado de autoridad que había de informar la doctrina contenida en el esquema De Ecclesia propuesto ahora a la votación. 
Recordaba y repetía esta declaración la hecha ya antes ante una duda semejante, cuyo texto era el siguiente: 
«Conforme al uso conciliar, y conforme al fin pastoral del presente concilio, este santo sínodo establece que solamente cuando así lo declarare expresamente se han de tomar sus enseñanzas en materias de fe y costumbres como doctrina definitiva
Por lo demás, todos los fieles deben aceptar esta enseñanza como proveniente del supremo magisterio de la Iglesia según la mente del mismo sínodo que se reconocer por el tenor del documento, o por la naturaleza del asunto, según las normas sabidas por todos para la interpretación teológica.»
 Según esta notificación repetida en los momentos de máxima significación conciliar (votación de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, y de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia) y expresamente recordada y mantenida por el Sumo Pontífice en su aprobación de la Constitución Dogmática De Ecclesia, sabemos que el Concilio no ha querido formular definiciones infalibles. 
Puede evidentemente el presente Concilio establecer tales definiciones si lo quisiera. Brillan en él, como en ningún otro Concilio, de la historia, las condiciones externas requeridas para estos actos del magisterio infalible. Pero no lo ha querido y, por lo tanto, no ha emitido fallo definitivo infalible sobre las materias tratadas.
La asistencia de infalibilidad, que no es ni revelación, ni inspiración, sino providencia singular, afecta al magisterio cuando éste formula el juicio supremo sobre una materia doctrinal, o sea, cuando quiere vincular la fe de los fieles a una enseñanza como contenida en el depósito de la revelación. Pero el que use de su autoridad en este grado supremo, o en uno inferior, depende naturalmente de su voluntad. Y por la declaración transcrita sabemos que el presente concilio no ha querido usar de su autoridad en grado definitorio.
2. No siendo infalibles, ¿qué autoridad doctrinal tienen los documentos del Vaticano II?
Ahora bien: no siendo el magisterio del presente concilio por voluntad expresa suya, infalible, ¿qué autoridad tienen sus decisiones, y por lo tanto qué obligación imponen a la Iglesia para aceptarlas? Los fieles, todos los hijos de la Iglesia, deben desde luego reconocer y aceptar la autoridad de la Iglesia para ejercitar el magisterio docente, recibida de Cristo N. S., y por lo tanto acatar lealmente sus decisiones doctrinales.
Cuando estas decisiones son infalibles no hay dificultad ninguna en entender la naturaleza y alcance de este acatamiento y sumisión. Al ejercicio del magisterio infalible responde el fiel con un acto de fe: creo firmemente cuanto la Santa Madre Iglesia me ha enseñado como doctrina de fe; sé que no puede equivocarse; sé que me enseña la verdad.
Pero surge el problema en muchos espíritus cuando este magisterio se ejercita en grado no infalible. Por definición no hay garantía absoluta de verdad en ese acto del magisterio. Por lo tanto, puede en absoluto caber error en su enseñanza: ¿Cómo y hasta qué grado estoy obligado yo a su aceptación? 
Según enseñanza reconocida de la teología este asentimiento debe ser:
Interno: no basta el silencio respetuoso con el que el fiel se abstendría de toda manifestación contraria a las decisiones de la Iglesia.
Cierto: es decir, que se acepta la decisión de la Iglesia no solamente como una doctrina probable o si se quiere la preferible entre los probables, sino llana y sencillamente según el sentido propio de la afirmación.
Religioso: motivado por la autoridad religiosa, no precisamente científica de la Iglesia.
Pero este asentimiento no es absoluto e irreformable. Es condicionado y dependiente de ulteriores posibles disposiciones del mismo magisterio.
Se admite sin dificultad por la mayoría de los teólogos que los fieles verdaderamente competentes en las materias que tratan este magisterio de la Iglesia podrían, si tuvieran razones serias para ello, disentir internamente, aunque su respeto a la autoridad de la Iglesia les retraería de manifestarse en contra de tales decisiones, y su amor a la misma les movería a poner en conocimiento del mismo magisterio de la Iglesia cuanto pudiese contribuir a un mayor esclarecimiento o a un conocimiento más perfecto de la materia 
3. ¿Pueden equivocarse? ¿Hay obligación de aceptar el error? ¿Es legítimo el disentimiento?
La segunda pregunta que surge espontáneamente ante el hecho del magisterio autoritativo no infalible podría formularse en los siguientes términos: Esta doctrina ¿no implica la posibilidad de un asentimiento obligatoriamente impuesto a una enseñanza objetivamente errónea?
Que tal magisterio pueda proponer doctrina objetivamente errónea lo damos por supuesto desde el momento en que por definición hablamos de magisterio no infalible. Pero respecto a la posible obligación a la aceptación del error objetivo por imposición de la Iglesia hemos de precisar los puntos siguientes:
1. No se da tal obligación de aceptar el error cuando éste es suficientemente reconocido como tal, como lo hemos notado cuando decíamos que los hombres, verdaderamente competentes, pueden disentir internamente de estas decisiones del magisterio, cuando razones serias les mueven a ello. 
2. El asentimiento que exige en estos actos del magisterio no es absoluto y definitivo, sino relativo y condicionado. Mientras la Iglesia no decida otra cosa. Tiene, pues, un carácter de provisionalidad, mientras la cuestión no aparezca definitivamente esclarecida a los ojos de la misma Iglesia. 
3. Por otra parte es de advertir que esta provisionalidad del asentimiento no afecta a las verdades fundamentales de fe. Todo lo fundamental lo sabemos y creemos con fe cierta y con asentimiento definitivo. 
4. Además, estas mismas materias que ahora propone la Iglesia con juicio provisional, las puede resolver definitivamente ella con su juicio infalible, cuando, según la providencia del Espíritu Santo, llegue al esclarecimiento de la doctrina, y estime ser conveniente dictar el definitivo fallo de la definición infalible. 
4. El asentimiento debe ser «diferenciado».
Estas son las características generales de este asentimiento a las enseñanzas del magisterio autoritativo pero no infalible. Como es manifiesto, autoridad y obligación de asentimiento son correlativas; por lo tanto a mayor autoridad vinculada al ejercicio docente, corresponde también mayor obligación. Las aplicaciones ya no interesan a nuestro asunto una vez esclarecido el principio. En el uso del magisterio pontificio se ha venido en indicar este diverso grado de autoridad por las características externas del documento.
Pero la doctrina vale igualmente para el magisterio del colegio episcopal, el cual, o por voluntad del mismo, que, pudiendo ejercitar el magisterio en grado infalible, quiere ejercitarlo tan sólo en forma autoritaria, o por su composición puede implicar mayor o menor autoridad.
Así, por poner un ejemplo: es distinta la autoridad de un concilio diocesano, de la de uno regional, y la de éste, de la del plenario o nacional. Pero no nos interesé ahora a nosotros el detenernos a calibrar exactamente el grado de autoridad, y su correspondiente obligatoriedad, en cada caso de esta gama de posibilidades. Nos basta haber expuesto la doctrina en sus términos generales.


martes, 4 de abril de 2017

La FSSPX y los matrimonios

El Papa ha decidido dar facultades para celebrar matrimonios a los sacerdotes de la FSSPX. Quienes pensamos que la Fraternidad es una institución católica de facto, que aún no cuenta con el reconocimiento y la estructura canónica que -en justicia- se le deben, no podemos sino alegrarnos con esta medida, a la vez que hacemos votos para que lo antes posible se concrete la regularización integral. ¿Para qué puede servir esta concesión de facultades para asistir matrimonios, que se añade a otra anterior relativa a las confesiones? Para tranquilizar las conciencias de fieles dubitativos sobre la validez de los dos sacramentos mencionados. Y ello es importante, porque el criterio tradicional es que en materia de validez sacramental hay que ser tucioristas. De modo que quienes pudieran verse inquietados cuentan ahora con un respaldo pontificio, que pueden oponer a las opiniones de obispos y sacerdotes que, por lo general, ignoran el estado de la cuestión o pretextan la carencia de facultades para alejar a la gente. Tomamos el resto de esta entrada del sitio Adelante la Fe.
El cardenal Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Presidente de la Pontifica Comisión Ecclesia Dei, junto con el secretario Mons. Guido Pozzo, han hecho pública hoy una carta dirigida a los obispos y cardenales en la que se hace pública la decisión del Papa Francisco de conceder a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por Mons. Lefebvre, las facultades necesarias para celebrar matrimonios con regularidad canónica, los cuales hasta ahora se estaban acogiendo al Derecho de necesidad.
Sin duda es un nuevo paso cara a la completa regularización, que parecería estar realizándose por etapas.

CARTA DE LA PONTIFICIA COMISIÓN «ECCLESIA DEI»
A LOS PRELADOS DE LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES INTERESADAS
ACERCA DE LA LICENCIA
PARA LA CELEBRACIÓN DE LOS MATRIMONIOS
DE LOS FIELES DE LA FRATERNIDAD DE SAN PÍO X
Eminencia:
Excelencia Rev.ma:
Como Vd. sabe, desde hace algún tiempo se están realizando encuentros e iniciativas para conseguir la plena comunión con la Iglesia de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. En concreto, recientemente el Santo Padre ha decidido conceder a todos los sacerdotes del mencionado Instituto las facultades para confesar válidamente (cf. Carta Apostólica Misericordia et misera, n. 12), asegurando la posibilidad de que la absolución sacramental de los pecados por ellos administrada sea recibida válida y lícitamente.
En la misma línea pastoral, que pretende tranquilizar la conciencia de los fieles –no obstante, que la situación canónica de la Fraternidad S. Pío X continúa siendo, por ahora, objetivamente  ilegítima– el Santo Padre, a propuesta de la Congregación para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Ecclesia Dei, ha decidido autorizar a los Reverendísimos Ordinarios a que concedan las licencias para asistir a los matrimonios de fieles que siguen la actividad pastoral de la Fraternidad, según las siguientes indicaciones.
Siempre que sea posible, el Obispo delegará a un sacerdote de la Diócesis para asistir a los matrimonios (o bien, a un sacerdote de otra circunscripción eclesiástica con las debidas licencias) recibiendo el consentimiento de los cónyuges durante la celebración del matrimonio que en la liturgia del Vetus Ordo se realiza al inicio de la Santa Misa. Ésta la celebra, después, un sacerdote de la Fraternidad.
Allí donde ello no sea posible o no haya sacerdotes de la Diócesis que puedan recibir el consentimiento de las partes, el Ordinario puede conceder directamente las facultades necesarias a un sacerdote de la Fraternidad que celebrará también la Santa Misa, advirtiéndole de la obligación de hacer llegar cuanto antes a la Curia diocesana la documentación del matrimonio celebrado.
A los Prelados de las Conferencias Episcopales interesadas
Este Dicasterio confía en Su colaboración con la convicción de que con estas indicaciones no sólo se podrán remover los escrúpulos de conciencia de algunos fieles unidos a la FSSPX y la falta de certeza sobre la validez del sacramento de matrimonio, sino que al mismo tiempo, se avanzará hacia la plena regularización institucional.
El Sumo Pontífice Francisco, el 24 de marzo de 2017, en la audiencia concedida al Cardinal Presidente, ha aprobado la presente Carta y ha ordenado su publicación.
Dada en Roma, en la Sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe,  27 de marzo de 2017.
Gerhard Card. Müller
Presidente
Guido Pozzo
+ Arzobispo tit. de Bagnoregio
Secretario

Fuente: