miércoles, 21 de junio de 2017

Sobre el magisterio no vinculante


En una entrada ya publicada en el blog Wanderer se debatió sobre el magisterio no infalible y la posibilidad de que algunos de sus contenidos se propongan sin voluntad de obligar a los fieles. Lo cual es un fenómeno que podría desconcertar porque dicho magisterio se suele denominar auténtico precisamente porque con ese término se subraya su carácter autoritativo, es decir su pretensión de obligar a un asentimiento de parte de los fieles.
Para evitar equívocos en esta compleja materia, conviene recordar algunas ideas elementales: 1) ante un acto del magisterio jerárquico, se presume que el mismo no es infalible, a menos que se demuestre lo contrario (ver aquí y aquí); 2) no se presume, en cambio, el carácter no vinculante (u opinable) por falta de intención de obligar; sino que esto debe ser probado en cada caso, en base a unos criterios objetivos, siendo el de mayor peso la respuesta del órgano magisterial competente; 3) no es correcto tomar la parte por el todo, de manera que partiendo de la existencia de algunos textos no obligatorios se concluya que todo magisterio no infalible carece de intención de obligar y se pronuncia a título de simple opinión; 4) el católico que con buena conciencia ve error en una enseñanza no infalible no tiene el deber de asentir pero debe hacerse responsable de su decisión (v. aquí y aquí).
En esta entrada reproducimos unas páginas de un artículo del p. Miguel Nicolau que es una muestra representativa de esta elaboración teológica pre-conciliar sobre los contenidos no vinculantes del magisterio. El trabajo, publicado en los inicios del Vaticano II, condensa la reflexión anterior al Concilio y se ubica en la línea teológica de los esquemas preparatorios elaborados por la Comisión que presidía el Cardenal Ottaviani. 
13. Sin duda que todo lo que el Papa ha dicho, por ejemplo, en esos 20 volúmenes de discursos y radiomensajes del pontificado de Pío XII, ha sido objeto de un magisterio, puesto que, en primer lugar, de hecho las ha dicho; y, segundo, las ha dicho en plan de enseñar. Pero, ¿es posible que todo lo que allí se ha dicho deba ser recibido obligatoriamente por los fieles? Si se afirma, por ejemplo, con forma literaria elegante, que tal ciudad se asienta gentilmente entre tal y tal río, ¿deberá ser recibida esta aseveración lo mismo que la doctrina principal y sobrenatural que desarrolla el Papa en tal discurso?  
14. No negaremos que siempre merecen respeto las palabras del Papa o de la Santa Sede, una vez que las hace suyas, aun reconociendo que se deban en ocasiones, no inmediatamente al Papa, sino a los auxiliares que pueda tener para la redacción de sus alocuciones y documentos, o para la redacción oficial u oficiosa de lo que ha conversado familiarmente con los fieles. Pero se podrá decir que no es objeto del magisterio pontificio, en cuanto tal, lo que es cuestión meramente profana o de puro estilo literario circunstancial, si no tiene que ver con la fe y las costumbres.
Mas aun en las cuestiones que se refieren a doctrinas y enseñanzas espirituales, es evidente que no porque se contengan en las encíclicas o en discursos, ya por el mero hecho, quiere el Papa que se acepten sin más.  
Las ha dicho, sí, y por tanto las ha enseñado. Pero no todas las quiere imponer. Pertenecen, por consiguiente, si se quiere hablar así, en alguna manera, a su magisterio ordinario, pero no a su magisterio auténtico, en el sentido de que quiera obligar a recibirlas. Es importante, en gran manera, conocer los criterios que pueda haber para determinarlo.  
15. Criterios internos y externos para conocer lo que pertenece al magisterio auténtico. No es siempre fácil distinguir con toda claridad entre lo que meramente se dice o se enseña en los documentos pontificios y la doctrina que positiva y eficientemente se quiere imponer.  
El criterio para discernirlo es evidentemente la voluntad del Pontífice de querer imponer una doctrina. El criterio se reduce, por consiguiente, al criterio para discernir esa voluntad papal.  
16. Los dividiríamos en criterios internos a los mismos documentos pontificios y criterios externos a estos documentos.  
Nos parecería claro que, si se trata de un argumento o enseñanza, dichos de pasada y sin particular hincapié, se sigue, por el mismo examen interno del documento, que tal doctrina no se quiere imponer. Por ejemplo, si en la encíclica Haurietis aquas el Papa usa en las palabras de Jn 7, 37-38 una puntuación distinta de la que estamos acostumbrados a ver en la Vulgata; si dice así: «Si algu- no tiene sed, que venga a Mí y beba el que cree en Mí. Como dice la Escritura, ríos de agua viva saldrán de sus entrañas (de las entrañas de Jesús»), entonces esa manera de puntuar los dos versículos cobra algún mayor prestigio, por usarla el Papa; pero es claro que en esta cuestión deja en plena libertad a los exegetas y editores de la Biblia.  
17. Otra cosa sería, por el mismo examen interno del documento, si se nos preguntara de la idea clave y principal de la misma encíclica Haurietis aquas. Tanto por el principio de esta encíclica como por el final de ella, y por el modo de proceder en ella, consta expresa y claramente que el Papa quiere hacer la apología de la devoción al Corazón de Jesús, como de un medio apto para procurar la perfección, y quiere hacer esta apología, no sólo contra el naturalismo y el sentimentalismo, que menciona de pasada, pero en particular contra algunos católicos «que profesan tener celo de la religión y de alcanzar la santidad» (7), y dicen que este culto no conviene para los tiempos actuales (8), o lo confunden con otras formas de piedad que la Iglesia aprueba, pero que no manda (9), o bien objetan que es piedad sensible, más propia de mujeres (10), o que, por fomentar virtudes «pasivas», como la penitencia, la reparación, no conviene a nuestros tiempos, que piden acción (11). Y aludirá, hacia el final de la encíclica, a «aquellos sobre todo que como espectadores curiosos y con ánimo de duda miran desde lejos» (12), invitándoles a dejar sus prejuicios acerca de este culto. Por todo lo cual, el examen interno del documento muestra en esa repetición insistente del Pontífice el propósito de defender y difundir ese culto al Corazón de Jesús, enseñando que es apto para la perfección de la vida cristiana en todos los tiempos. Además quiere eliminar las dudas y prejuicios que se han levantado entre algunos católicos, y en estos casos, cuando quiere dirimir controversias, parece claro que el Papa trata de que todos acepten la doctrina que él propone. Tenemos, por consiguiente, en esta misma encíclica, otro indicio y criterio para conocer lo que el Papa quiere imponer.
18. Ejemplos claros de doctrina que el Pontífice quiere imponer, porque quiere dirimir discusiones y prevenir o corregir desviaciones, es la encíclica Mediator Dei, que al mismo tiempo que ensalza y fomenta la auténtica vida litúrgica, quería corregir los excesos de un liturgismo inadaptado y arcaico o cerradamente exclusivista.  
Por esto en tales documentos en que el Papa propone una doctrina para evitar desviaciones y corregir abusos, fácilmente aparece su intención de que todos sigan las enseñanzas que propone. Tales fueron, por ejemplo, la encíclica Providentissimus con ocasión de algunos errores en cuestiones bíblicas, en particular sobre la no inspiración de los obiter dicta, que había sustentado el Cardenal Newman y otros fomentaban; la Humani generis sobre diferentes errores que cundían entre los católicos. Se ve clara en tales documentos la intención pontificia de dar la verdadera doctrina y de que todos acepten las enseñanzas propuestas.  
19. De ahí el prestigio y auge que cobran desde entonces entre los católicos las enseñanzas de tales encíclicas y aun dirimen las dudas y opiniones que entre ellos existían. Por ejemplo, sobre los constitutivos de la inspiración bíblica en el hagiógrafo, a saber, la ilustración sobrenatural del entendimiento, la moción de la voluntad y la asistencia en la ejecución, que es la doctrina enseñada en la Providentissimus. También sobre la esencia del sacrificio de la misa, que la Mediator Dei coloca en la consagración de las dos especies. Sobre el amor increado objeto del culto al Corazón de Jesús, que ya señalaba la Miserentissimus Redemptor de Pío XI y vuelve a enseñarse en la Haurietis aquas. Sobre el valor superior de las misas celebradas por cien sacerdotes, por encima de la mera asistencia colectiva de estos cien sacerdotes a la misa celebrada por uno sólo; que Pío XII puso de manifiesto en la alocución Magnifícate Dominum de 2 de noviembre de 1954. Sobre los títulos de retribución justa a los obreros, según la Rerum novarum, Quadragesimo anno y Mater et Magistra. En todos estos casos en que los Papas se ponen a dar doctrina sobre puntos controvertidos, que tocan la fe y las costumbres, o puntos económicos que se relacionen con la fe y la moral, el análisis del documento muestra que tienen voluntad de imponerla.  
20. Por supuesto que esta voluntad de que se acepte su doctrina es clara de la idea central y fundamental de sus encíclicas y alocuciones; por ejemplo, la realeza de Cristo en la Quas primas y sus diferentes títulos para reinar; el deber y los modos de reparación, según la Caritate Christi compulsi de Pío XI, etc.  
21. Por esto, resumiendo los criterios internos que podemos formular, para conocer la voluntad papal de imponer una doctrina, diríamos que:  
1.º La idea central capital y fundamental de la encíclica o alocución, evidentemente que se quiere imponer.  
2.º La doctrina que se propone para dirimir controversias o evitar desviaciones o señalar normas prácticas de conducta a los católicos, también se quiere imponer. Por esto escribió Pío XII en la Humani generis: «Quodsi Summi Pontífices in actis suis de re hactenus controversa data opera sententiam ferunt, ómnibus patet rem illam, secundum mentem ac voluntatem eorumdem Pontificum, quaestionem liberae inter theologos disceptationis iam haberi non posse» (D 2313) [*].
3.º Y aquí notemos la expresión de Pío XII: «data opera». No es lo mismo, ni es la misma voluntad del Papa de que se acepte lo que ha dicho de pasada, per transennam, y lo que ha dicho data opera, es decir, de intento y muy a sabiendas, porque lo quiere inculcar.  
4.º Las mismas palabras de la encíclica, haciendo hincapié en una enseñanza y urgiendo su aceptación y verdad, indican claramente que el Papa quiere su aceptación. A veces serán frases dichas de pasada, pero significativas: Nec enim toleranda est eorum ratio qui... (13).  
5.º La repetición de ciertas ideas una y otra vez y el volver sobre ellas, puede fácilmente indicar lo mismo.  
22. Pero además de estos criterios internos, hay a veces otros criterios externos al documento, que no dejan lugar a duda sobre la intención del Papa. Por ejemplo, respecto de la Providentissimus y de la doctrina en ella señalada, consta por carta al Ministro General de los Franciscanos (14) y a los obispos franceses (15), que León XIII quería obligar a que se admitiesen las doctrinas de la Providentissimus, en la cual encíclica –decía- él había expresado lo que exige un juicio sano y prudente sobre los Libros sagrados.  
23. Viceversa, a veces por circunstancias externas se conoce que una doctrina no se quiere imponer, aunque esté contenida y enseñada en una bula o constitución apostólica. En la constitución apostólica Munificentissimus Deus sólo se define la Asunción de María a los cielos en cuerpo y alma; no se define la muerte de María. Y, sin embargo, en el curso de ese documento papal se habla repetidas veces de la muerte de María, aduciendo palabras de los Santos Padres. Se diría que tal muerte no se define, pero que se enseña en la bula, y que la muerte de la Virgen es la doctrina consona con la de la bula. Sin embargo, dudaríamos que el Papa la haya querido imponer, si atendemos a ciertas circunstancias, extrínsecas al documento, que parecen instruirnos acerca de la intención del Papa de dejar libre esta materia.  
24. Sobre la obligación de aceptar en conciencia las respuestas de la Comisión Bíblica, tenemos también como criterio externo a estas respuestas el mandato de San Pío X, expresado en su motu proprio Praestantia Scripturae (D 2.113) (16).  
Conocemos asimismo como criterio externo acerca del valor de algunas respuestas de la Comisión Bíblica, menos relacionadas con la fe y las costumbres, las declaraciones oficiosas del secretario y subsecretario de esta Comisión, con ocasión de la nueva edición del Enchiridion Biblicum (17). 25. En confirmación de estos criterios internos y externos que hemos expuesto, hemos de aducir la información oficiosa que apareció en el Osservatore Romano (20 de junio de 1962) acerca de un esquema de Constitución sobre la Iglesia, preparado para el Concilio Vaticano II:
«Al magisterio del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra, se le debe el religioso obsequio del entendimiento y de la voluntad de los fieles en aquella medida que es requerida por la intención y la voluntad del Papa, que se deduce de la misma índole de los documentos, o de la frecuente exposición de una misma doctrina, o de la manera de expresarla».  
«La mente y la voluntad de los Pontífices se manifiesta principalmente a través de los actos doctrinales que se refieren a toda la Iglesia, como son, por ejemplo, algunas Constituciones apostólicas o Encíclicas o alocuciones especialmente importantes. Estos principales documentos del Magisterio ordinario de la Iglesia contienen habitualmente doctrinas ya conocidas, pero que son expuestas con mayor claridad y precisión» (18).
Tomado de:
Nicolau, M. Magisterio «ordinario» en el papa y en los obispos. En rev. «Salmanticensis» 9 (1962), pp. 461 y ss.


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[*] N. de R.: Traducción del texto: "Y si los sumos pontífices, en sus constituciones, de propósito pronuncian una sentencia en materia hasta aquí disputada, es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos pontífices, esa cuestión ya no se puede tener como de libre discusión entre los teólogos." (fuente).

lunes, 19 de junio de 2017

Si reconocer el error debilita la autoridad



Muchas veces nos hemos ocupado de cuestiones relativas al magisterio de la Iglesia y a los problemas suscitados por las novedades del Vaticano II. El autor del texto que traducimos en esta entrada ha publicado una disertación doctoral sobre la autoridad del magisterio no infalible. Conoce el contraste de opiniones entre Ocáriz y Gleize (FSSPX). Y formula argumentos para confrontar críticamente la postura neoconservadora del primero, la cual niega pueda darse error en el magisterio no infalible. Todo aparente error se solucionaría mediante la hermenéutica; y esta sería el único remedio para los problemas doctrinales del Vaticano II. Pero más interesantes nos parecen los argumentos esbozados por el autor contra la opinión que sostiene no debe admitirse el error por las consecuencias que ello tendría para los fieles sencillos. Ahora bien, si por una parte es cierto que reconocer un error podría debilitar la autoridad del magisterio sobre algunos fieles, ¿qué consecuencias tendría sobre otros no admitir los errores, violentando los textos más allá de su letra y sentido?

Una contradicción entre dos enseñanzas no definitivas, en principio, no sería alarmante. Si dos enseñanzas se contradicen entre sí, entonces una de ellas contiene un error. Pero los teólogos consultados en esta tesis coinciden en que es posible que una enseñanza no definitiva contenga un error doctrinal (aunque estén en desacuerdo sobre la probabilidad de tal acontecimiento), y por lo tanto, tal error no necesita afectar la comprensión católica del magisterio.
Sin embargo, en la práctica, el impacto de tal contradicción puede ser significativo para muchos católicos. Después de todo, los cambios incluso en asuntos que no tienen nada que ver con la doctrina -como el lenguaje de la liturgia- han conmocionado y escandalizado a algunos católicos (mientras reconfortan a otros). Esta es una de las razones por las cuales las Congregaciones Romanas han declarado a veces que ciertas proposiciones «no se pueden enseñar con seguridad» y los teólogos han aplicado la nota teológica de «ofensiva a los oídos piadosos» a ciertas proposiciones, incluso cuando la verdad de la proposición no era la discusión principal.
Predecir el impacto sociológico y psicológico de tal contradicción es difícil. No sólo el «escándalo» es difícil de medir, sino que un hecho que escandaliza a una persona puede tranquilizar a otra. Dulles y Harrison temen que si se admite que la Iglesia ha enseñado erróneamente acerca de la libertad religiosa, tal admisión daría munición a quienes sostienen que la enseñanza de la Iglesia con respecto a la anticoncepción artificial está en el error. (146)
[...]
Por otra parte, quienes se preocupan de que la admisión de un error lleve al escándalo debieran considerar que la insistencia en la no contradicción puede conducir a problemas serios cuando se la lleva más allá de los límites de plausibilidad. Algunos de los teólogos que sostienen que no hay contradicción entre la enseñanza papal del siglo XIX sobre la libertad religiosa y la enseñanza de Dignitatis humanae ofrecen una interpretación de una (o ambas) de estas enseñanzas que habría sorprendido a los autores originales.
Al hacerlo, parecen estar argumentando que la enseñanza magisterial autoritativa siempre debe ser verdadera si se interpreta correctamente, pero que esta interpretación verdadera no puede ser descubierta sino décadas o siglos después de que se proponga la enseñanza. Esto parecería socavar nuestra capacidad para estar seguros del significado de cualquier enseñanza, un resultado que menoscabaría el valor del magisterio mucho más que admitir errores ocasionales en la enseñanza no definitiva. Además, cuando un teólogo, frente a una aparente contradicción entre dos documentos, ofrece interpretaciones altamente inverosímiles de estos para defender su verdad, hace que los fieles tengan menos probabilidades de confiar por completo en la labor teológica. Comparando dos enseñanzas magisteriales sobre la libertad religiosa de diferentes siglos, Brian Tierney escribe: «Presentar la segunda declaración [Dignitatis humanae] como un “desarrollo” de una sola verdad católica inquebrantable que estaba implícita en la primera es, sin duda, tensar demasiado la credulidad humana. Un hombre que cree esto, creerá cualquier cosa» (148).

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(146) Dulles, Dignitatis Humanae and Development, 51; Harrison, Religious Liberty and Contraception, 8-9. Estos pasajes enumeran varios teólogos que sostienen de modo explícito que el cambio en materia de libertad religiosa habilita la mutación de otras enseñanzas. 
[...]
(148) Brian Tierney, Origins of Papal Infallibility 1150-1350: A Study on the Concepts of Infallibility, Sovereignty and Tradition in the Middle Ages, 2nd printing with postscript (New York: E.J. Brill, 1988), 277. La descripción que hace Tierney de las posiciones de sus oponentes no es del todo fiel, y traduce mal una palabra clave del decreto del Lateranense IV, pero estos detalles son irrelevantes en cuanto a medir el «escándalo», el cual es en cierto aspecto una reacción emotiva. 

Tomado y traducido de:
King, L. The Authoritative Weight of Non-Definitive Magisterial Teaching. A dissertation submitted to the Faculty of the School of Theology and Religious Studies of The Catholic University of America in partial fulfillment of the requirements for the degree Doctor of Philosophy. Washington (2016), pp. 413-415.



viernes, 16 de junio de 2017

¡Divertite!




Ha sido ampliamente difundida la idea de que la época con la que se asocia a Santo Tomás, la mal llamada “Edad Media”, fue un tiempo lúgubre, oscuro: tenebroso. Mil años de oscuridad iluminados sólo por las hogueras de la Inquisición, dicen. Período desgraciado si los hubo… Pues bien, es hora de terminar de una vez con esta tremenda injusticia. No se trata tampoco de idealizar al Medioevo como si hubiera sido una suerte de paraíso en la Tierra. Pero tampoco fue el averno, como muchos pretenden. ¿Por qué, entonces, tanto empeño en demonizar a este período histórico? Los motivos son ideológicos. Y su refutación se encuentra con precisión y detalle en la obra monumental de un sinnúmero de historiadores de la talla de Rubén Calderón Bouchet, Règine Pernoud o  Daniel Rops.
Entre las múltiples acusaciones que se le lanzan a esta época está la de haber sido un tiempo triste. Por ejemplo, en un artículo de divulgación académica, la filósofa mexicana Paulina Rivero Weber sostiene que tanto para los griegos como para el cristianismo, la risa era considerada algo deleznable. La autora hace tal afirmación basándose en lecturas tendenciosas y descontextualizadas de Platón, Aristóteles y las Sagradas Escrituras, dejando de lado muchos otros textos que fácilmente echan por tierra su tesis. Asimismo, en la afamada obra de Umberto Eco “El nombre de la rosa”, se presenta esto mismo —a saber: para el cristianismo la risa es pecado— con la fuerza que pudo darle la pluma brillante del gran escritor italiano.
Pero la verdad de la milanesa, amigos, es otra. Pues en el Medioevo los pecados capitales no eran siete como en nuestros días, sino ocho. ¿Qué cuál era el octavo? El octavo pecado capital era la tristeza. Y el saber distenderse y recrearse de manera ordenada era considerado una virtud. ¿Y quién dijo eso? Lo dijo Santo Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles y a su Ética a Nicómaco. En efecto, puede encontrarse todo un tratado de la “sana diversión” en el pensamiento del Aquinate. El nombre de esta virtud es eutrapelia. Y como cada virtud natural, tiene dos vicios contrapuestos. Por un lado, la agroikía: falta de distensión y recreación. Lo que hoy llamaríamos un amargado; por otro lado, la bomología: el bromista desubicado, que hace chistes fuera de contexto. El inmaduro que toma todo en para el chiste.
El gran escritor argentino Hugo Wast, en su genial tratado sobre la escritura, hace una mención de la eutrapelia. Y propone a la literatura como una de sus formas. Esto se extiende a todas las artes. Tanto la producción como la contemplación, el gozo artístico, son actividades eutrapélicas. Así ocurre con los deportes: jugar un partido de fútbol es beneficioso no sólo para el cuerpo, sino también para el alma. Pues esta, al igual que el cuerpo, necesita recrearse y distenderse. Esto lo sabían bien los medievales. Lo sabían y lo vivían. De ello dan cuenta investigadores del CONICET como Silvia Magnavacca o Carlos Aristarita, quienes han publicado artículos en el diario Página/12, en el que defienden a este período luminoso. Y se preguntan  “cómo podemos llamar oscura a una Edad que amó tanto la vida, que considera un pecado bajar los brazos ante ella”. Esto, sumado a la mayor proliferación de santos en la historia, no dista mucho del paraíso en la Tierra: ese que perdimos por el pecado, ese al que aspiramos llegar —por la gracia de Dios— a través de la virtud.
Pablo Grossi
SITA Argentina

Visto en:


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jueves, 15 de junio de 2017

Una dosis de sentido común


«Acabo de leer acerca de alguien que piensa abandonar la Iglesia por las acciones del Papa Francisco, en particular por su reciente y polémico nombramiento en la Pontificia Academia para la vida... ¿Mi reacción? Necesitamos dejar de entender el catolicismo de manera vaticano-céntrica. Claro, el Papa es el Sumo Pontífice, pero nuestra fe no debe depender obsesivamente de cada palabra, decisión o tweet emitido por el Vaticano. No se supone que sigamos "los asuntos del Vaticano" como si fuera un deporte. Creemos en la Escritura y la Tradición, que son inmutables, y el Papa está allí (entre otras cosas) para aclararlas para nosotros cuando hay necesidad. Sólo recuerde que durante casi toda la historia de la Iglesia los católicos no tenían manera de saber, y mucho menos de preocuparse, sobre las decisiones cotidianas tomadas en el Vaticano (o en Letrán, Aviñón o lo que fuera). A menudo los católicos no tenían manera de saber “quién” era el Papa en ese momento. Y esto no les impidió ser buenos católicos, obedientes. Así que tengamos cierta perspectiva y detengamos nuestra “papolatría”, nuestra fijación obsesiva con el Papa.» (Francisco J. Romero Carrasquillo).

lunes, 12 de junio de 2017

¿Qué aspecto tendrá la Iglesia del año 2000?

En 1969, el entonces sacerdote y profesor de teología Joseph Ratzinger, emitía una serie de charlas en un programa radiofónico de su país. En 1970, se publicó un libro de cinco capítulos con estas charlas, traducido al español bajo el título «Fe y futuro». Una de las cuales se titula como esta entrada, y puede leerse completa aquí. Vamos a dar una síntesis de esa charla, con alguna modesta crítica a uno de sus puntos.
1. El teólogo no es un adivino y tampoco un futurólogo. Ha de ser cauto con los pronósticos. No obstante, puede vislumbrar el porvenir de la Iglesia, siempre que tenga en cuenta las limitaciones  que determinan el abismo del ser humano y el abismo más profundo de Dios.
2. En épocas de crisis, el hombre necesita reflexionar sobre la historia: una mirada retrospectiva al pasado, y, a partir de ahí, la reflexión sobre las posibilidades del  porvenir. La mirada retrospectiva no permite predecir el futuro, pero sí aminora la ilusión de lo completamente único, de creer que se vive un presente absolutamente original.
3. Nuestra actual situación eclesial es comparable, en primer lugar, al período del llamado modernismo, a principios de siglo; y también al final del rococó, apertura definitiva de la edad moderna con la ilustración y la revolución francesa.
4. El futuro de la Iglesia, según Ratzinger, no vendrá de aquellos que
- sólo dan recetas,
- sólo se acomodan al instante actual,
- critican sólo a los otros y se aceptan a sí mismos como norma infalible,
- sólo escogen el camino más cómodo, evitan la pasión de la fe, y tienen por falso y superado todo lo que exige al hombre, lo que le duele, lo que le obliga a renunciar a sí mismo.
Vendrá de la fuerza de aquellos que tienen raíces profundas y viven de la plenitud pura de su fe. Digámoslo positivamente: el futuro de la iglesia, también ahora, como siempre, ha de ser acuñado nuevamente por los santos.
5. El discurso vacío del progresismo inmanentista. Hay quienes profetizan, y hasta alientan, una Iglesia sin Dios y sin fe. No necesitamos una iglesia que celebre en «oraciones» políticas el culto de la acción. Nos es completamente superflua y perecerá con toda espontaneidad. Permanecerá la Iglesia de Cristo. La iglesia que cree en el Dios que se ha hecho hombre y nos promete vida más allá de la muerte. Del mismo modo, el sacerdote que sólo es un funcionario social, puede ser sustituido por psicoterapeutas y otros especialistas. Pero el sacerdote que no es especialista, que no se está mirando al espejo al dar asesoramiento ministerial, sino que, a partir de Dios, se pone a disposición de los hombres, que está a su servicio en su tristeza, en su alegría, en su esperanza y en su angustia, éste seguirá siendo muy necesario.
6. Triunfalismo y derrotismo. Tal vez este punto [página 6 y ss.] sea uno de los más polémicos del escrito de Ratzinger. Nos recuerda algunas reflexiones de Danielou, que publicamos en una entrada bajo el título ¿Cristianismo de masas o de minorías? La Iglesia del porvenir ¿será de masas o de élites? El pronóstico de Ratzinger se inclina por la segunda posibilidad. Además, vislumbra una Iglesia cada vez menos relevante en la sociedad. Esto es cada día más un hecho notorio. Pero «de la forma dada a la sociedad, conforme o no a las leyes divinas, depende y se insinúa también el bien o el mal en las almas» (Pío XII). Por tanto, estamos ante un mal social objetivo, que siempre habrá que lamentar y por cuyo remedio habrá que trabajar, sin desesperar si no se logra un resultado visible. En este punto el escrito de Ratzinger no parece deplorar suficientemente esta triste realidad. Cierto que puede haber Iglesia sin Cristiandad; que sólo la pertenencia a la primera es necesaria para la salvación; y que mientras la Iglesia es indefectible, la Cristiandad no lo es. Pero no menos cierto es que la destrucción de un orden social cristiano es una circunstancia lamentable, en la medida en que disminuye importantes facilidades sociales para que los hombres se salven.

domingo, 4 de junio de 2017

Marcelo, dejate enfriar


Monseñor Marcelo Sánchez Sorondo parece estar furioso con la medida tomada por el presidente Donald Trump de retirarse del acuerdo de París sobre el cambio climático. Ha declarado que «La decisión de Trump de retirarse del acuerdo de París significa un desastre para todo el globo porque Estados Unidos naturalmente tiene mucha importancia y es un país que muchos siguen. Es un desastre en sí mismo y es una cosa que va contra la encíclica “Laudato Si’”, que el Papa le mostró al presidente cuando estuvo aquí la semana pasada». No contento con anatematizar al nuevo «heresiarca antiecologista», ha dado un paso más: «Pero han prevalecido seguramente los que le han dado dinero, que son algunas compañías de petróleo».
Sorprende que Sánchez Sorondo, alguien que debiera estar muy empapado del valor epistémico de la climatología, no acepte la posibilidad de que el «calentamiento global» no sea debido a la acción humana, sino que se origine en otros factores.
Nuestra humilde sugerencia para Monseñor: dejate enfriar.
Una segunda opinión
Por Enrique García-Máiquez
El planeta se ha rasgado las vestiduras a la de una cuando Trump ha decidido salirse del Acuerdo de París sobre el cambio climático. Leo los titulares de la prensa más internacional y me entra la risa más floja. The Guardian afirma que con esto Donald Trump ha cimentado su puesto de peor presidente de la historia de Estados Unidos. Teniendo en cuenta que acaba de empezar, quizá haya que imputar tal cimentación a los sólidos prejuicios previos del periódico. El País no ha quedado atrás: "La era Trump, oscura y vertiginosa, se acelera". Y para que no nos quepan dudas del tono La guerra de las galaxias: "Estados Unidos ha dejado de ser un aliado del planeta".
Mi risa floja viene avalada por Lévinas, que glosaba un precepto bien sabio del Talmud: "Si todos están de acuerdo en señalar a un hombre como culpable, soltadlo: es inocente". La unanimidad suele terminar linchando al discrepante y empieza bloqueando cualquier asomo de crítica o escepticismo. Pero el que se opone, definía Ambrose Bierce, nos ayuda con sus obstrucciones y objeciones. Siempre hay que pedir una segunda opinión.
Trump viene a darla, rompiendo una unanimidad que acalla y coacciona a los científicos que, con argumentos nada desdeñables, dudan de que el calentamiento sea antropogenético. Lo hace renunciando a un acuerdo inconcreto y procrastinador que no gustaba a los ecologistas y que había firmado por Obama con dudoso rigor jurídico interno.
Por otra parte, no ha engañado a nadie más que a quienes piensan que programas y promesas electorales son papel mojado. Que, visto el nivel de escándalo planetario, son prácticamente todos, incluyendo a los más demócratas. Esto habría que estudiarlo: qué poca fe en el contrato electoral. Trump, en cambio, ha reconocido: "Fui elegido para representar a los ciudadanos de Pittsburgh, no de París".
Por supuesto, la reducción de emisiones de CO2, afecten o no al cambio climático, es muy deseable y las formas de Trump no son las más delicadas. Pero no se puede romper ninguna unanimidad global (y Trump lleva varias) con maneras exquisitas. Romper es romper. A veces, son nuestros defectos los que cimientan nuestras virtudes. Trump, al precio pequeño de salirse de un acuerdo no vinculante y más simbólico que real, ha abierto el campo a la discusión científica y política, nos ha ganado la libertad que reina en las controversias y ha cumplido, de paso, con sus votantes.
Fuente:

miércoles, 31 de mayo de 2017

La Iglesia es anticlerical

En entradas anteriores divulgamos textos de los pp. Castellani y Pagliarini sobre el clericalismo y anticlericalismo que son complementarios de otros de Sacheri (aquí y aquí) publicados en 2012. 
Clericalismo es una palabra equívoca cuyo significado conviene delimitar. Hay una nota común que se encuentra en los autores citados y en muchos otros: el clericalismo se relaciona con la potestad eclesiástica.
En una primera aproximación, clericalismo puede definirse como una comprensión extralimitada de la potestad sagrada o un ejercicio abusivo de la misma. Aunque tiene repercusiones políticas, y muchas veces se lo define por ellas, es primariamente una posición en el seno de la Iglesia. De una concepción extralimitada del poder de la Jerarquía se sigue una consecuente minusvaloración del laicado. 
En la Iglesia hay una Jerarquía que tiene una potestad limitada por un designio fundacional de Cristo. Por esto puede decirse con Castellani que la Iglesia es «anticlerical» en tanto que ella misma es contraria a la extralimitación y abuso del poder eclesiástico. Y también puede darse un paso más y sostener que Jesucristo es el primer «anticlerical», porque el Señor fundó una sociedad a la cual confirió sólo una limitada participación de su eminente potestad.
Para comprender mejor la raíz del clericalismo -en su doble vertiente, doctrinal y práctica- es conveniente tener una idea clara de la potestad sagrada en su triple función y de los límites que Cristo le ha fijado. Esperamos que esta pequeña entrada, junto a otras ya publicadas, sirva para tal fin.

«Así que yo tengo Fe en la Iglesia, esa vieja carcamal que tiene ya veinte siglos. 
Pero por una paradoja de la fe, le tengo una tremenda rabia. 
"La Iglesia es anticlerical" —dijo Chesterton» (Leonardo Castellani).

Jesucristo estableció como ley primordial de toda la Iglesia la triple misión, que dio a los Apóstoles y a sus sucesores, a saber: la de enseñar, gobernar y santificar a los hombres. En efecto, Jesús en cuanto hombre recibió del Padre la misión de Maestro, de Rey y de Sacerdote, y participó a la Iglesia esta triple misión. Esta ley primordial de la Iglesia, que estableció el Señor en primer término y «per se», es la norma según la cual quedará regulada la constitución universal de la Iglesia.
Suele considerarse la potestad de la Iglesia de un doble modo: 1) En sí misma, esto es según sus razones intrínsecas y formales; 2) En el sujeto que la ejerce, esto es, según el modo como es conferida al sujeto.
- Considerada en sí misma se distingue una triple potestad de la Iglesia a causa de su triple acto, objeto y fin. Esquemáticamente:
Potestad
Acto
Objetos formales
Fines intrínsecos
De Magisterio
Enseñar
La verdad revelada o lo conexionado con las verdades reveladas.
Alcanzar el asen-timiento del enten-dimiento
De Gobierno
Mandar
Las acciones que conducen al fin de la Iglesia.
Exigir la obediencia de la voluntad.
De Sacerdocio
Proporcionar
Los medios instituidos por Dios para la santificación.
Conferir la gracia al alma y ofrecer el sacrificio.


- Pero si atendemos a las razones extrínsecas, que reviste por el modo como es conferida al sujeto, vemos que la potestad es entregada al sujeto de doble manera: en parte por la ordenación sagrada, y en parte por la misión dotada de autoridad. De aquí el que la misma intrínseca y formalmente triple potestad, por lo que se refiere al doble modo como se confiere al sujeto, se divide también con razón en dos: a) Potestad de orden es aquella que es conferida al sujeto por la sagrada ordenación, por la que se le imprime ex opere operato el carácter, y por ello recibe el nombre de sacramental. b) Potestad de jurisdicción es aquella que se confiere al sujeto con misión dotada de autoridad, por la que se concede derecho a ejercerla y de aquí el que se acostumbró a denominarla en sentido más amplio jurisdicción (comprendiendo la potestad de magisterio como una especie).
Las diferencias entre ambas potestades pueden esquematizarse así:
Potestad de orden
Potestad de jurisdicción (lato sensu)
Se adquiere por la ordenación o consagración.
Se adquiere por la missio.
Es perpetua (indeleble) en el sujeto.
No es de por sí perpetua.
No es delegable.
Es delegable.
Su fin es santificar a los fieles.
Su fin es regir a los fieles.
Su objeto inmediato son los sacramentos y sacramentales.
Su objeto inmediato es la ley y su cumplimiento.
Sus actos no pueden invalidarse.
Sus actos pueden invalidarse.

Ambas potestades se relacionan entre sí y ordinariamente se encuentran juntas en un mismo sujeto. Pero pueden darse la una sin la otra, como se ve en estos ejemplos: un obispo consagrado recibiría válidamente la potestad de orden pero carecería de la potestad de jurisdicción hasta tanto la adquiriera por la misión canónica. Un laico que fuera elegido Papa tendría plena potestad de jurisdicción (gobierno y enseñanza, con el carisma de infalibilidad) desde el momento en que aceptara su elección, aunque no tendría potestad de orden hasta tanto no recibiera la consagración episcopal.
Si no se comprenden estas diferencias se puede terminar en el clericalismo. Un modo de deslizarse hacia el clericalismo proviene de errores sobre los efectos del sacramento del orden. Sin dudas este sacramento configura con Cristo Sacerdote, capacita para actuar in Persona Christi y es el fundamento radical de la participación en los tria munera. Pero por digno y venerable que sea el sacramento, hay efectos que no causa en quien lo recibe:
a) No confiere la potestad jurisdicción. Así, p.ej., los obispos sin misión canónica no tienen potestad de jurisdiccional sobre los fieles. En efecto, “…el poder de jurisdicción, que comprende la doble facultad de enseñar y de gobernar, se les transmite por la «Missio canonica», que es un acto jurídico emanado directamente del Papa, el cual es la Cabeza de los Obispos, como Pedro era el Príncipe de los Apóstoles. La potestad de jurisdicción de los Obispos es ordinaria inmediata en la propia diócesis, no obstante el primado del Romano Pontífice” (Parente).
Pueden darse casos excepcionales de jurisdicción supletoria para la validez de ciertos actos -no de modo habitual, sino per modum actus- pero esta no se origina en el sacramento, sino que la confiere el Derecho Canónico.
b) No da la potestad de magisterio auténtico. Así, p.ej., los obispos consagrados por Milingo, o los del Palmar de Troya, no tienen potestad de enseñar de modo vinculante (distinta de la autoridad científica-teológica) aunque sean obispos válidos. Y esto hay que afirmarlo contra la doctrina protestante que incluye al magisterio en la potestad de orden de acuerdo con la Confesión Augustana y Melanchton (v. aquí).
A los laicos se les puede dar mandato de enseñar ciencias teológicas en nombre de la Iglesia, pero no ejercitan potestad de Magisterio auténtico que vincule por el deber de subordinación jerárquica.
c) No asegura la posesión de ciencia sagrada, pues la sagrada teología es un hábito que se adquiere mediante el estudio y no se infunde por efecto de la ordenación. Mucho menos puede decirse que el sacramento infunde ciencias profanas como historia, sociología, física, medicina… 
d) No garantiza santidad del sujeto ordenado. El sacramento produce aumento de la gracia santificante y una gracia especial, que es título para gracias actuales ordenadas al objeto inmediato de la potestad recibida; pero esta gracia especial para cumplir las funciones del orden sagrado, que puede ir unida a gracias de estado (clerical), no significa correspondencia automática sin libre cooperación por parte del sujeto. ¿Cuántos ejemplos podrían darse desde Judas Iscariote hasta el día de hoy?
También es posible encontrar la raíz del clericalismo no tanto en errores acerca de los efectos del sacramento del orden cuanto en una concepción desbordada de la potestad de jurisdicción. No desarrollamos ahora este aspecto por razones de espacio. Sobre los límites de la potestad jurisdiccional puede consultarse esta entrada referida al Romano Pontífice y muchas otras sobre el magisterio. No debe perderse de vista que la potestas de obispos y sacerdotes es mucho más limitada que la pontificia.

Bibliografía:
- Osuna, OP, A. Notas sobre la «potestas magisterii». En rev. Salmanticensis (1961), vol. 8 pp. 395-422 (aquí).
- Parente, P. et al. Diccionario de teología dogmática (aquí), voces: Jerarquía; Potestad de orden y de jurisdicción; Obispos; Pontífice Romano; Concilio Ecuménico.
- Salaverri, SJ, J. De Ecclesia Christi (traducido, aquí). 


sábado, 27 de mayo de 2017

A propósito del clericalismo

No conocemos al P. Davide Pagliarini (FSSPX). Por lo poco que hemos podido averiguar ha sido superior del Distrito de Italia y director del seminario de La Reja (Argentina). Pero en un breve artículo titulado «A proposito di clericalismo» dice verdades que merecen difusión.
«...los hombres de Iglesia de hoy se ocupan de todo, se pronuncian sobre todo, metiendo sus narices en cuestiones que no les conciernen directamente y para las cuales no tienen competencias específicas, ni, sobre todo, las gracias de estado.
Este neoclericalismo es tal vez el aspecto más significativo de la crisis del sacerdocio y el índice más evidente del malestar de un clero que no sabe más qué es la Iglesia y por qué existe.
La primera consecuencia es el necesario descrédito de la Iglesia, arrastrada a un terreno que no es el suyo: en efecto, siempre habrá hombres del mundo que conozcan los problemas terrenos mejor que quien, por su propia vocación, debiera ocuparse de otros asuntos.
En segundo lugar, la "nueva misión" sobre el mundo no necesariamente puede armonizarse con la tradicional de salvar las almas, y esto por un motivo muy simple: es imposible trabajar para este noble fin si el espíritu se ocupa también de otros, en cuanto este fin es plenamente asequible sólo si la consagración es total.
La Iglesia no tiene necesidad de sacerdotes ni de obispos que hablen de la contaminación, o de la promoción humana, y que se impliquen en la totalidad de los problemas de la crónica periodística más disparatada. A la Iglesia no le sirven estos sacerdotes...»
Tomado y traducido de:

viernes, 26 de mayo de 2017

¿Es usted anticlerical?

¿Es usted anticlerical?
Por Leonardo Castellani
Esta pregunta espinosa se puede satisfacer con una distinción muy sencilla: anticlerical que va contra el clero, NO; anticlerical que va contra el clericalismo, SÍ. Wicleff, de Oxford, fue anticlerical en el primer sentido; Chaucer, de Oxford, su contemporáneo y condiscípulo (1340-1400) sólo en el segundo. Y lo mismo podemos decir del Papa Gregorio XI, que respondió a los que acusaban al poeta inglés de «ir contra los religiosos»: «Quodsi improbis et idiotis adversatur, et ego adversor.» [Pero si se opone a los perversos y a los idiotas, también yo me opongo.]
Clericalismo es «el descenso de una mística en política», como lo definió muy bien Charles Peguy. No es simplemente un cura que se vuelve político, como el P. Filippo o el Cardenal Cisneros, eso no tiene importancia; es dentro de la misma religión donde se verifica este «décalage» -vale decir, cuando los fines específicos del sentimiento religioso se desvían a metas terrenales. Nuestros padres llamaron «santulones» a los que sufren de este desorden, cuando son gentecilla; cuando son Jerarcas, la cosa tiene otro nombre más feo, procedente del Evangelio.
Clericalismo ha habido siempre, y el de hoy no es invisible. Por ejemplo, cuando un Jerarca de la Iglesia se cree más infalible de lo que es, y aun más que el Padre Eterno, eso es alto-clericalismo; cuando un súbdito afecta creerlo, bajo-clericalismo. Hoy día es más castigado el que se atreve a decir que un Jerarca se equivocó, aunque eso sea patente, que el que dijera que la Santísima Trinidad tiene cuatro personas: Padre, Hijo, Espíritu Santo y el Obispo. A este último son capaces de condecorarlo los Canónigos Lateranenses, como a Constancio Vigil. Tal como anda hoy el mundo, por lo menos en este país, un mínimo de anticlericalismo es necesario para la salvación eterna.
Fuente:



martes, 23 de mayo de 2017

Bruselas y los últimos días de Occidente

Nuestra civilización va a morir de estupidez. La masacre de Bruselas es un buen momento para recordar que el enemigo de Occidente no está en las arenas de Oriente Medio, sino entre nosotros.
Una nueva matanza ha asolado Europa, esta vez en la capital de ese contubernio mundialista y buenista que es la UE, Bruselas, otra de las sucesivas masacres que no tienen absolutamente nada que ver con el islam, y cuya primera reacción entre nuestras masas bienpensantes no es la lógica de indignación y defensa, sino de temor a un brote de ‘islamofobia’. Que nadie, en ningún caso, use esto para frustrar la hermosa fantasía del #WelcomeRefugees. Aunque el Eurostat dejara claro que menos de un tercio de los que llegan lo hacen huyendo del IS, aunque el Estados Islámico presuma de que ha aprovechado el caos fronterizo para infiltrar operativos y la propia Interpol los calcule en unos 5.000.
Pero no teman, no es la novedosa ‘islamofobia’ -que podría definirse ya como rechazo a someterse al Islam- la enfermedad de la que va a morir nuestra civilización. Nuestra civilización va a morir de estupidez.
Un pueblo cuya primera reacción al ser atacado es disculpar al grupo del que salen sus atacantes está pidiendo a gritos la extinción, y después de leer en redes sociales y publicaciones decenas de soflamas en la línea de “no todos los musulmanes…” y/o “pues las Cruzadas…”, no me cabe apenas duda de que estamos en fase terminal.
Lo vivimos ya tras la atroz matanza del Bataclan en París. Fue muy aplaudida, al menos por la derecha, la fulminante determinación de François Hollande de lanzar inmediatamente un ataque contra posiciones del IS en Iraq. Y esa es la prueba de nuestra suprema cobardía y suma estupidez. Porque no es en las arenas de Mesopotamia donde está el peligro para nuestra civilización, sino en nuestra perpetua cesión, en nuestro masoquismo cultural. Y ahí no se tomó, no se toma, ninguna medida. Al revés, ante la avalancha de supuestos refugiados de Oriente Medio, el líder más poderoso de Europa, Angela Merkel, reaccionó con una invitación universal y abierta a la que se sumaron masas de progresistas postureantes al grito de ‘¡Bienvenidos, Refugiados!’, creando una crisis de seguridad -entre otras cosas- que habría que estar ciego para no ver.
Por lo demás, las aventuras de intervención bélica de Estados Unidos y sus aliados en el mundo islámico, desde Iraq y Afganistán hasta Libia y Siria, han proporcionado, sino la causa, al menos la ocasión perfecta para el drama que se desarrolla ahora en nuestras fronteras.
Todavía el estamento neocon americano y sus aliados españoles sostienen que acabar con Assad es el objetivo prioritario, por encima de la victoria sobre el IS. Produciendo, imaginamos, un resultado igual de halagüeño que el derrocamiento de Saddam en Iraq. Porque Occidente no puede soportar la visión de un tirano, esa es la consigna, democratizar el planeta.
Bueno, parte del planeta. A nadie se le pasa por la imaginación hacerle un feo a China por el nimio detalle de que sea una tiranía que ha aplastado cualquier disidencia.
O, más al caso que nos ocupa, Arabia Saudí, una teocracia arcaica y cruel a cuyo lado el denostado régimen iraní es un paraíso libertario. Pero los saudíes son intocables, aunque la vertiente islámica que está detrás de toda la yijad moderna, de todos los atentados masivos desde el 11 de septiembre, tenga allí su cuna y sea la única oficial y permitida en el Reino, no aunque esté financiando mezquitas y madrasas por todo Occidente que transmiten el mismo mensaje radical contra los infieles. Arabia es la fuente, junto con otras tiranías del Golfo como Qatar y Emiratos Árabes, cuyas camisetas llevan los jugadores de nuestros dos equipos de fútbol principales. Los negocios, supongo, son los negocios, y al igual que el emperador Vespasiano recordó a su hijo Tito que el dinero no huele, por lo visto tampoco retiene las manchas de sangre.
Me solidarizo, por supuesto, con todas las víctimas y sus familiares, pero espero que no se me juzgue insensible si digo que estos atentados brutales, como hacía décadas que no sufría Europa, son solo el aspecto más aparatoso de nuestra paulatina extinción. A la larga, son incluso innecesarios, incluso contraproducentes, para vencernos. Más aún: ni siquiera es el islam -yijadista o no, si les apetece hilar fino y establecer una distinción que ellos no hacen- el problema de Occidente.
El Islam es todavía muy frágil; Occidente es todavía muy poderoso. Bastaría una modesta dosis de sentido común, del instinto de conservación que es normal esperar en cualquier pueblo de la tierra, para que el peligro quedara inmediatamente conjurado. No, el verdadero enemigo, el enemigo implacable, peligroso, poderoso, no es el que escala los muros de la fortaleza, sino el traidor que les abre la puerta. Son nuestras élites, nuestros gobernantes, nuestros grupos de comunicación, nuestros mandarines culturales, nuestro sistema educativo, nuestros financieros. El estamento mundialista, en fin, que ha decidido que el mejor modo de gobernarnos es al viejo estilo, dividiéndonos, erradicando nuestras identidades nacionales tanto como nuestra antigua identidad europea, de modo que convertidos en átomos sin lealtades personales dependamos de nuestros amos para resolver nuestras rencillas.
A finales del siglo pasado, un progresista profesor de Sociología de Harvard, Robert Putnam, se propuso hacer un estudio en profundidad que probara los beneficios de la diversidad cultural y tomó como campo de pruebas el Los Angeles multicultural. Pero los resultados fueron tan contrarios a los esperados que su obra, ‘Bowling Alone’, recibió escasa publicidad.
Putnam comprobó que la diversidad cultural y étnica reduce drásticamente la cohesión social, la participación en actividades comunitarias y la confianza mutua y promueve la soledad y el desinterés por la cosa pública. Una comunidad así solo tiene el poder político como árbitro entre las distintas tribus en disputa, el sueño húmedo del poderoso. Y ese es el plan que, sin necesidad de conspiración alguna, se está imponiendo en Occidente y, muy especialmente, en Europa bajo los auspicios de Bruselas.
Occidente vive en una burbuja de prosperidad, paz y libertad sin precedentes que le hace pensar que sus valores son valores universales, que no somos una tribu más, sino la Humanidad, y que nuestra llegada a la escena mundial ha hecho desaparecer mágicamente los incentivos y mecanismos seculares que han movido a todos los pueblos a lo largo de la historia. Y más bien no.
El mundo es mucho más grande, cada vez más demográficamente en relación al menguante Occidente, y sabe de qué va la vaina. Sabe que ignorar al enemigo no le hace desaparecer, al contrario. Sabe que la debilidad no es una señal para proteger al otro, sino para atacarle.
En un sentido retorcido y siniestro, Occidente está enfermo de una moralina deformada y masoquista que pregunta siempre quién tiene razón y se responde siempre que cualquier otro, que somos lo peor y los más malos. Pero la historia no se mueve así. En la historia real, no en las historietas políticamente correctas, si un pueblo puede hacerse sin demasiado esfuerzo con el territorio, las riquezas y las mujeres de otro, lo hará.
Tarde o temprano Occidente tendrá que despertar a este hecho o resignarse a perecer, y no precisamente para disolverse en una utopía progresista. Porque no está lejano el día en que la pregunta ya no será cuál es tu opinión, sino cuál es tu pueblo.
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