jueves, 14 de septiembre de 2017

¿La Biblia prohibida?


A raíz de algunos comentarios leídos en una entrada del blog Wanderer, nos ha parecido oportuno dedicar esta entrada a la historia de la disciplina eclesiástica sobre la lectura de la Biblia en lengua vulgar. Si bien es cierto que la tradición recomienda la lectura asidua de la Escritura como medio de santificación, no es menos cierto que en determinadas circunstancias históricas se dictaron normas de disciplina eclesiástica con restricciones para la traducción y lectura de la Biblia en lengua vernácula. Estas disposiciones —que no se deben confundir con el magisterio— tenían por finalidad defender la ortodoxia y proteger a los fieles sencillos en un contexto determinado.
En la entrada anterior dimos cuenta de la disciplina vigente a partir del Código de Derecho Canónico de 1917. Hoy intentaremos dar un panorama de las épocas anteriores al Código, en base a una obra de referencia del siglo XIX (aquí) de la cual reproducimos fragmentos que identificamos con uno de sus autores, «Perujo».
1. La Iglesia no prohíbe la lectura de la Biblia en lengua vulgar, sino que la recomienda.
«Creyendo la Iglesia que las Escrituras contienen el depósito de la divina revelación, aunque no completo sin las tradiciones evangélicas y apostólicas, y siendo su misión principal la de adoctrinar á los pueblos en esa revelación santa, no solamente no impide que los fieles la aprendan en la misma fuente, y lean la Biblia en su lengua, como esto sea sin peligro, sino que, como hemos visto, usó en la liturgia las versiones en la lengua vulgar de los respectivos pueblos que se convertían á la fé, si ya no se hicieron esas versiones por su inspiración ó mandato. Así empleó entre los griegos y helenistas la versión dé los LXX, entre los latinos la antigua Vulgata ó Itálica, entre los siros la peschitó, y aún hay alguna literatura que comenzó por la versión de la Biblia, hecha por los hombres apostólicos que evangelizaron el país, como sucedió en Armenia y Hungría.» (Perujo).
2.  Pero en determinadas circunstancias se ha visto en la necesidad de prohibirla.
«Solo cuando se atentó por los sectarios á la integridad del sagrado texto, la Iglesia prohibió la lectura de sus obras: y solo cuando se abusó por los mismos de la ignorancia del pueblo, incapaz de descubrir muchas veces el sentido bíblico, y de desentrañar la falsa inteligencia que aquellos le daban, comenzó á prohibir la lectura de las versiones en lengua vulgar para ocurrir á tan graves inconvenientes, como sucedió por primera vez en tiempo de los albigenses. Llegó después el protestantismo, declarando á la Biblia, libremente entendida por cada uno, como única regla de la fe, la necesidad de que todos la leyeran, negando la autoridad de la Tradición y la de la Iglesia, con otra porción de puntos doctrinales, descontando de la Biblia los libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento, y tratando desfavorablemente á algunos de los del Nuevo, dando en fin traducciones mutiladas y en que se falseaba el sentido de los originales.» (Perujo).
3. La prohibición no ha sido absoluta.
«Claro es que la Iglesia no podía pasar por semejantes enormidades, que eran además para las gentes indoctas un peligro tanto mayor, cuanto más ardoroso era el fanatismo de los sectarios; y se vio precisada á prohibir la lectura de la Biblia en lengua vulgar, no absolutamente, como calumnian todavía los protestantes rezagados, y los que viven del dinero de las Sociedades bíblicas, repartiendo entre los católicos Biblias en lengua vulgar con las condiciones dichas, y con algunos trataditos y hojas sueltas contra la fé católica, sino que mas bien debe decirse que regularizó la lectura, para impedir los males que de ella pueden sobrevenir, cuando no hay el necesario discernimiento, como la experiencia lo acredita.» (Perujo).
4. La disciplina anterior al Código de Derecho Canónico de 1917. El caso de España.
El Concilio de Trento prohibió (8 de abril de 1546) las versiones en lengua vulgar que no tuvieran aprobación eclesiástica. Pero la Inquisición española fue mucho más lejos: en su primer índice impreso (Toledo, 1551) prohibió taxativamente la lectura de la Biblia en romance castellano o en otra lengua vulgar:
«Frente a las distintas soluciones posibles para defender la ortodoxia —nueva traducción para uso de la población fiel al catolicismo (como en Alemania), tolerancia sólo para las traducciones hechas por hombres piadosos y católicos (como en Italia, Francia y los Países Bajos), supresión rigurosa de la versión anglicana (como en la Inglaterra de María Tudor)—, España, dice Carranza, optó por la prohibición general de todas las traducciones vulgares de la Escritura». (Bataillon)
Las normas vigentes a finales del siglo XIX:
«Según la disciplina actual, á nadie se prohíbe leer la Biblia en los textos originales ni en el latino, pues los que pueden leerla de este modo claro es que tienen ya cierta instrucción, y aunque tal puede ser esta, que no los preserve del peligro de tropezar, no es este tan presumible, ni menos tan general como el que resulta del uso de las biblias en idioma vulgar, para cuya lectura solo se requiere haber aprendido á leer. Respecto de las versiones en vulgar, la Iglesia prohíbe en general todas las que proceden de autor heterodoxo ó que no consta que sea católico, todas las que van sin notas ni comentarios que eviten los peligros de una falsa inteligencia en los pasajes que puedan causarla, notas y comentarios que han de estar conformes con la doctrina de los Santos Padres y expositores católicos, y en fin, quiere que toda traducción vulgar sea vista y aprobada por la autoridad del diocesano ú otra más alta, con el fin de asegurarse de la fidelidad de la versión y del cumplimiento de la condición dicha acerca de las notas y comentarios. La prohibición de las traducciones de los sectarios ó desconocidos se justifica por sí misma, como la de aquellas que suelen repartir las Sociedades bíblicas, porque ordinariamente están mutiladas, lo cual es contrariar á la doctrina católica respecto de la canonicidad de los libros, que ellas desechan; ordinariamente también traducen ciertos pasajes en sentido heterodoxo, y en fin, carecen de las notas necesarias, ó no son estas conformes á la doctrina de los Padres y de la Iglesia.
Mas cuando las versiones de la Biblia en vulgar llenan las condiciones dichas, á nadie se prohíbe su lectura, antes se aconseja á cuantos quieren y pueden edificarse con ella, é instruirse más cumplidamente en las cosas de la religión. Por eso no hay pueblo entre los católicos que no tenga una ó más versiones en vulgar, las cuales, como carecen de importancia en materia de crítica bíblica, y en la exegética, solo la tienen como auxiliar si están bien hechas, no necesitamos enumerar ni calificar aquí, mencionando únicamente, como es natural, las escritas en castellano. 
Las principales entre estas son las del Padre Scio y del Sr. Amat, ambas tomadas de la Vulgata.» (Perujo). 
En conclusión: aunque la Iglesia siempre ha recomendado la lectura de la Biblia, en determinada coyuntura histórica se vio en la necesidad de poner algunas restricciones, por el temor a que sus fieles se dejasen seducir por la herejía. Se expuso así a que le reprocharan distanciarse de la palabra de Dios. Pese a lo cual consideró que estas restricciones eran necesarias para preservar la fe de los sencillos de los peligros del momento; y tuvo que tolerar consecuencias negativas ya señaladas. 


sábado, 9 de septiembre de 2017

¿Derecho a leer la Biblia?

El notable biblista Straubinger glosaba algunos cánones del Código de Derecho Canónico de 1917 relativos a la Sagrada Escritura concluyendo que todos los fieles católicos tienen el derecho a leer la Biblia. Por cierto que la lectura de la Escritura es algo mucho más rico que un derecho. Pero en los tiempos en que el autor escribió las páginas que reproducimos a continuación, le pareció necesario decirlo con énfasis para salir al cruce de errores vigentes.
9. NORMAS DEL CODIGO CANONICO PARA LA LECTURA Y PUBLICACION DE LA SAGRADA ESCRITURA 
Considerando las fervorosas exhortaciones de los Sumos Pontífices a leer y meditar la Sagrada Escritura, se plantean lógicamente algunas cuestiones de índole práctica, sobre todo la pregunta: ¿Cuáles son las ediciones que se ajustan a los requisitos que la Iglesia considera indispensables para hacer fecunda la lectura de la Biblia?
La legislación de la Iglesia trata en cinco cánones del Código sobre la lectura del Libro sagrado. 
Canon 1385, 1: No se publiquen, ni siquiera por los seglares, sin previa censura ecle­siástica, los libros de la Sagrada Escritura ni comentarios a los mismos. 
Canon 1391: Las versiones de las Sagradas Escrituras en lengua vulgar no pueden im­primirse si no son aprobadas por la Santa Sede o si no son publicadas bajo la vigi­lancia de los Obispos y con anotaciones sacadas principalmente de los Santos Pa­dres de la Iglesia y de doctos y católicos escritores. 
Canon 1399, 1: Están prohibidas ipso jure las ediciones del texto original y de las antiguas versiones católicas de la Sagrada Escritura, incluso las de la Iglesia Orien­tal, publicadas por cualesquiera no-católi­cos, así como las versiones de la Sagrada Escritura en cualquier lengua, hechas o publicadas por los mismos. 
Canon 1400: El uso de los libros a que se refiere el canon 1399,1 y de los libros publicados contra lo prescrito en el canon 1391 está permitido solamente a los que de alguna manera se dedican a los estudios teológicos o bíblicos, con tal que tales li­bros estén fiel e integralmente editados y no se combatan en ellos, en los prolegó­menos o en las notas los dogmas de la fe católica. 
Canon 2313, 2: Los autores y editores que sin la debida licencia hacen editar los li­bros de la Sagrada Escritura o notas o comentarios a la misma, incurren ipso facto en la excomunicación no reservada. 
No cuesta mucho esfuerzo comprender los saludables motivos en que se inspiran los cánones citados. Su objeto no sólo es salvaguar­dar el texto sagrado sino también preservar a los fieles de los abusos que tan frecuente­mente hacen de él aquellos mismos que pre­tenden tomarlo por la única base de la fe. 
En los primeros cánones se requiere la previa aprobación para todas las ediciones y comentarios efectuados por católicos. Nin­guno puede imprimirlos sin la licencia por parte de la Santa Sede. Los mismos efectos produce la aprobación episcopal con tal que la edición sea acompañada de anotaciones sacadas principalmente de los Padres, Docto­res y escritores católicos.
El tercer canon se ocupa de las ediciones hechas por no católicos, prohibiendo su lec­tura a los fieles y extendiendo la prohibición al texto original así como a las versiones en lengua vulgar. 
El cuarto canon establece una excepción en favor de los que “de alguna manera” se dedican a los estudios teológicos o bíblicos siéndoles concedido el uso de todas aquellas ediciones que reproduzcan fielmente el texto, y no impugnen los dogmas de la fe católica. 
El quinto canon fija las sanciones para los autores y editores que sin la debida licencia publiquen los libros sagrados. 
Pasando a la aplicación de los cánones cita­dos podemos formular las normas siguientes:
1º. Los que quieren leer sólo o meditar la divina palabra, para alimentar su alma, han de atenerse a las ediciones aprobadas por la autoridad eclesiástica. 
2º. Los que de alguna manera se consagran a estudios teológicos y bíblicos, sean sa­cerdotes, sean laicos, gozan del privilegio de usar las ediciones protestantes y por ende no aprobadas, con las precauciones indicadas, es decir, si son fieles reproduc­ciones del texto sagrado y se abstienen de atacar la fe católica. Los Seminarios v. gr., pueden servirse del texto griego del Nuevo Testamento de Nestle, ofrecidas por las sociedades protestantes. Se entiende por sí mismo que han de dar preferencia a ediciones católicas si las hay. Respecto de las pretendidas falsificaciones de la Biblia por los protestantes, tópico muy usado en la polémica, hay que obser­var que los protestantes no usan traduc­ciones de la Vulgata sino exclusivamente versiones hechas de los textos originales (el hebreo y el griego respectivamente) y sólo de los libros protocanónicos, por lo cual resultan numerosas diferencias que veces por los que no conocen los textos originales ni las dificultades de la traduc­ción, son consideradas como falsificacio­nes del texto sagrado.
3º. Están prohibidas —para los que no hagan estudios bíblicos— todas las ediciones de las sociedades bíblicas protestantes, aun­que ellas ofrezcan traducciones de autores católicos. La Sociedad Bíblica Británica y Extranjera p. ej., ofrece la versión católica de Felipe Scio y la Sociedad Bí­blica Americana hace lo mismo.
Como se ve, la Iglesia no quiere prohibir la lectura de la Sagrada Escritura, y menos los estudios bíblicos, concediendo para ellos hasta el uso de Biblias protestantes. Lo que nuestra santa Madre intenta es únicamente salvaguardar la primitiva y legítima auto­ridad de la Biblia sin dar lugar a interpreta­ciones sujetivas y heréticas. Es pues falso decir que la Iglesia tenga alejados a los fieles de los manantiales sobrenaturales que brotan de los santos libros. Al contrario: Todos los católicos tienen hoy día el derecho de leer la Sagrada Escritura, con tal que se atengan a las disposiciones que ha establecido para ellos la prudencia maternal de la Iglesia.
Pero no olvidemos que los derechos impli­can deberes. Para nosotros que buscamos en la Biblia un alimento espiritual, la lectura de las Escrituras es más que un derecho. Es un medio y remedio. Un medio para acer­camos a Dios, un remedio contra las enfer­medades del alma; porque la Palabra de Dios es viva y eficaz y más acerada que una espada de dos filos, tan penetrante, que llega hasta separar el alma y el espíritu, las coyun­turas y la médula, porque discierne las inten­ciones y los pensamientos del corazón” (Hebr. 4, 12).  

Tomado de:

Straubinger, J. La Iglesia y la Biblia. Ed. Guadalupe, Bs. As., 1944 (aquí), pp. 181 y ss.

martes, 5 de septiembre de 2017

Hermenéutica: pequeña introducción

En las entradas anteriores se recomienda la lectura asidua de la Escritura como medio de santificación al alcance de todos los cristianos. Pero la lectio no es el único modo de aproximarse a la Escritura. También está la hermenéutica bíblica, que es parte de la Teología, una ciencia para la cual no todos están bien dispuestos. Se la define como «la disciplina que enseña las reglas que deben seguirse para entender y explicar rectamente los Libros sagrados». Aun siendo étimológicamente sinónimas las palabras hermenéutica y exégesis, se reclaman entre sí como los medios y el fin. Exégesis es la misma interpretación mediante la aplicación de las reglas establecidas en la hermenéutica. A las reglas comunes valederas para cualquier escrito (ver aquí), la hermenéutica añade algunas otras particulares correspondientes al carácter divino y humano de los Libros sagrados.
Reproducimos unas páginas del Diccionario bíblico de Francisco Spadafora que esperamos sean de utilidad para los interesados en iniciarse en hermenéutica de la Sagrada Escritura.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Lectio divina (y 2)



¿Cómo leer con fruto la Sagrada Escritura? Straubinger proponía unas reglas tradicionales.

REGLAS PARA LEER CON FRUTO SAGRADA ESCRITURA (según el P. SEVERIANO DEL PÁRAMO)
1. Tomemos en nuestras manos la Biblia con amor, conforme escribe San Jerónimo en una de sus cartas: Ama las Santas Escri­turas y te amará la Sabiduría (Ef. 130 PL. 22, 1124). Además, ya que según San Pablo, toda la Escritura, inspirada por Dios, es útil para enseñar, convencer, corregir e instruir en la santidad (2 Tim. 3, 16-17), debemos leerla no para satisfacer nuestra curiosidad, sino para encontrar en ella el provecho de nuestra alma.
2. Antes de comenzar su lectura debemos dirigimos a Dios por medio de una corta y fervorosa oración a Jesucristo el cual es el único digno de abrirnos el divino libro y romper los sellos que le tienen como cerrado (Apoc. 5, 5 y 9).
3. Es necesario leer la Escritura con grande humildad y con entera sumisión a la Iglesia, la cual es la que recibió de Jesucristo este sagrado depósito, y la única que puede dar­nos la verdadera inteligencia de una manera infalible, como enseña el Concilio de Trento, siguiendo la tradición.
4. Jesucristo es el grande objeto que siem­pre hemos de tener presente en la lectura de la Santa Biblia, si queremos alcanzar su recto sentido, como dice San Agustín (In Ps. 96).
5. No siempre se guarda en la Escritura el orden de los tiempos; los Evangelistas y otros autores sagrados anticipan o posponen a veces la narración de un suceso, o hacen de él una recapitulación.
6. Cuando Jesucristo, o los autores de los libros sagrados, citan algún otro lugar de la Escritura, especialmente de los Profetas, sucede algunas veces que se halla la cita con­forme a la sustancia o sentido de las palabras, mas no con lo material de éstas; y a veces se cita un solo profeta, aunque las palabras sean tomadas de varios.
7. Debe tenerse presente que Dios no nos ha dado las Santas Escrituras para hacernos físicos o matemáticos, etc.; sino para hacernos buenos cristianos. Por eso, algunas expre­siones sobre el mundo físico que nos rodea, como sobre el movimiento del sol, no hay que entenderlas en riguroso sentido científico expresan con ellas las apariencias externas de las cosas, como la significamos también nosotros al decir que el sol sale y se pone. Esta norma no ha de aplicarse a las narra­ciones históricas, en las cuales ha de creerse que el autor sagrado quiere contarnos la ver­dad, de no probarse por el contexto o por la tradición, que su propósito no fue contar historia verdadera, sino bajo su forma pro­poner una parábola o una alegoría, o darnos alguna enseñanza. Atendamos siempre en esta materia a lo que la Iglesia nos diga.  
8. Finalmente, hay en el Antiguo Testa­mento ciertos pasajes, cuya lectura sorprende a muchas almas cristianas: tales son, sobre todo, aquellos en que se nos cuentan pecados gravísimos o enormes castigos que Dios en­viaba a su mismo pueblo. Para entender es­tos pasajes hay que advertir, en primer lugar que la Escritura nunca alaba las acciones pecaminosas; y si las cuenta lo hace para que conozcamos la miseria y debilidad hu­manas; la misericordia de Dios, dispuesta a perdonar los más atroces crímenes, o su jus­ticia castigándolos; y a veces también, como en el caso de David, para proponemos un ejemplo de penitencia. Los terribles castigos, que Dios descargaba a veces sobre su pue­blo, estaban bien merecidos por su infidelidad y dureza verdaderamente inconcebibles.
9. Téngase sobre todo en cuenta, que nos­otros, gracias a Jesucristo, que nos redimió, vivimos en un estado de mucha mayor per­fección que aquel en que vivieron los más santos Patriarcas y Profetas, y que sobre las costumbres y moral del pueblo judío hubie­ron de influir a veces los pueblos idólatras de que se veía rodeado; y así, páginas que ahora impresionan más o menos al pudor cristiano no producían el mismo efecto a aquellos para quienes fueron inmediatamente escritas. La rudeza y aspereza de costumbres de los pueblos primitivos explica, en parte, estas escenas que contrastan con la suavidad y dulzura de la Ley evangélica. Su lectura puede, por lo tanto, servirnos para apreciar y agradecer los bienes inmensos que Jesu­cristo trajo al mundo con su doctrina.

Tomado de:


Straubinger, J. La Iglesia y la Biblia. Ed. Guadalupe, Bs. As., 1944 (aquí), pp. 266 y ss.

jueves, 31 de agosto de 2017

Lectio Divina (1)


Septiembre es el mes de la Biblia. Dedicaremos varias entradas de este mes a la Sagrada Escritura. 
En la década de 1940, Straubinger se preguntaba si «¿puede haber todavía católicos que crean que la Biblia es un libro protestante que no le es permitido leer a un hijo de la Iglesia católica? ¡Qué daño tan inmenso para la espiritualidad resultó de ese infundado temor!». Y recordaba que «Pío XII exhorta con todo ardor apostólico, como sus predecesores Pío XI y Benedicto XV, a la lectura diaria de la Sagrada Escritura en las familias cristianas»; al tiempo que animaba al apostolado de «difundir entre los fieles las ediciones de la Biblia y en especial de los Evangelios». Para justificar sus afirmaciones Straubinger citaba cien testimonios autorizados (aquí). 
Reproducimos unas páginas de Garrigou-Lagrange sobre la conveniencia de una lectura asidua de la Sagrada Escritura.
Después de haber hablado de las fuentes de la vida interior y del fin que con ella perseguimos, la perfección cristiana, vamos a considerar la ayuda exterior que se encuentra en la lectura de los libros de espiritualidad y en la dirección. Entre los principales medios de santificación que están al alcance de todos, se ha de contar la lectura espiritual, sobre todo la de la Sagrada Escritura, la de las obras maestras de la vida interior y la de las vidas de los santos. De esta materia vamos a tratar en este capítulo, indicando cuáles son las disposiciones para sacar provecho de esa lectura. 
LA SAGRADA ESCRITURA Y LA VIDA DEL ALMA
Así como el error, la herejía y la inmoralidad se deben con frecuencia a la influencia de los malos libros, "la lectura de las Sagradas Letras es la vida del alma", como dice San Ambrosio (1); el mismo Señor lo declara cuando dice: Las palabras que yo os he dicho, espíritu y vida son" (Joan., vi, 64). 
Esta lectura fué disponiendo a San Agustín a volver a Dios, cuando escuchó aquellas palabras: Tolle et lege; un pasaje de las Epístolas de San Pablo (Rom., XIII, 13) le comunicó la luz decisiva que le arrancó del pecado y le llevó a la conversión. 
San Jerónimo, en una carta a Eustoquio, cuenta de qué manera fué llevado por una gracia extraordinaria a la lectura asidua de la Sagrada Escritura. Era en la época en que comenzaba a hacer vida monástica cerca de Antioquía; la elegancia de los autores profanos le atraía mucho todavía, y leía con preferencia las obras de Cicerón, Virgilio y Plauto. Entonces recibió esta gracia: durante el sueño, vióse trasportado al tribunal de Dios, que le preguntó con gran severidad quién era. "Soy cristiano", respondió Jerónimo. "Mientes", le replicó el soberano Juez; "tú eres ciceroniano; porque donde está tu tesoro, allí está tu corazón." Y dió orden de que le azotasen. "Comprendí muy bien, al despertar", continúa el santo, "que aquello había sido más que un sueño, pues aun llevaba marcados en mis espaldas los golpes de látigo que había recibido. Desde aquella fecha comencé a leer las Santas Escrituras con más entusiasmo que el que había puesto en la lectura de los autores profanos." Por eso en una carta al mismo Eustoquio dice: "Que el sueño no te sorprenda sino leyendo, y no te duermas sino sobre la Sagrada Escritura."
¿En qué libro, en efecto, podemos encontrar la vida mejor que en la Escritura santa, que tiene a Dios por autor? El Evangelio, sobre todo, las palabras del Salvador, los hechos de su vida oculta, de su vida apostólica, de su vida dolorosa deben ser para nosotros vivientes enseñanzas que nunca hemos de perder de vista. Jesús sabe hacer las cosas más elevadas y divinas, accesibles a todas las mentes, por la sencillez con que habla. Sus palabras no quedan en el terreno de lo abstracto y teórico, sino que conducen inmediatamente a la verdadera humildad y al amor de Dios y del prójimo. Se ve en cada palabra que no busca sino la gloria de Aquel que le envió y el bien de las almas. Deberíamos hojear sin descanso el Sermón de la Montaña (Mat., v-vii), y el discurso después de la cena (Joan., xit-xvni). 
Si leemos con las debidas disposiciones, con humildad, fe y amor, esas palabras divinas que son espíritu y vida, encontraremos que para nosotros contienen la especialísima gracia de atraernos cada vez más a la imitación de las virtudes del Salvador, de su dulzura, su paciencia, y su amor heroico y sublime en la cruz. Ése es, junto con la Eucaristía, el verdadero alimento de los santos: la palabra de Dios, enseñada por su único Hijo, el Verbo hecho carne. Debajo de la corteza de la letra se encuentra el pensamiento vivo de Dios, que los dones de inteligencia y de sabiduría nos harán penetrar y gustar más y más. 
Después del Evangelio, nada más sabroso que su primer comentario, escrito por inspiración del Espíritu Santo: Los hechos de los Apóstoles y las Epístolas. Se trata de las propias enseñanzas del Salvador vividas por sus primeros discípulos, que recibieron la misión de formarnos a nosotros; enseñanzas explicadas y adaptadas a las necesidades de los fieles. Se cuenta, en los Hechos, la vida heroica de la Iglesia naciente, su difusión en medio de las mayores dificultades; lección de confianza, de valor, de fidelidad y de abandono en el Señor.
¿Dónde encontrar páginas más profundas y animadas que en las Epístolas, acerca de la persona y la obra de Jesucristo (Colos., i), acerca de los esplendores de la vida de la Iglesia y la inmensidad de la ternura del Salvador por ella (Efes., I-III), sobre la justificación por la fe en Cristo (Rom., i-xi), sobre el sacerdocio eterno de Jesús (Hebr., I-IX)? 
Y si paramos mientes en la parte moral de dichas Epístolas, ¿dónde encontrar exhortaciones más apremiantes a la caridad, a los deberes de estado, a la perseverancia, a la paciencia heroica, a la santidad, a las reglas de conducta más justas para con todos los hombres: superiores, iguales, e inferiores; para con los débiles, los culpables y los falsos doctores? ¿Dónde encontrar más vivamente expuestos los deberes de los cristianos para con la Iglesia? (I Petr., iv-v). 
Existen igualmente lugares del Antiguo Testamento que todo cristiano debe conocer, particularmente los Salmos, que son la oración de la Iglesia en el Oficio divino; palabras de adoración reparadora para el pecador contrito y humillado, de ardiente súplica y de acción de gracias. Las almas interiores deben asimismo leer las más bellas páginas de los Profetas, que la liturgia de Adviento y de Cuaresma pone ante nuestros ojos; y en los libros sapienciales las exhortaciones de la increada Sabiduría a la práctica de los deberes fundamentales para con Dios y el prójimo. 
Leyendo y releyendo sin cesar, con respeto y amor, la Escritura santa, sobre todo el Evangelio, cada día encontraremos nueva luz y fuerzas renovadas. Ha puesto Dios en sus palabras virtud inagotable; y cuando, al fin de la vida, después de haber leído mucho, siéntese hastío de casi todos los libros, uno se vuelve al Evangelio como a un anuncio y preludio de la luz que ilumina a las almas en la vida eterna.  
Tomado de:
Garrigou-Lagrange, R. Las tres edades de la vida interior (aquí). La bastardilla nos pertenece.

viernes, 14 de julio de 2017

El demonio ¿conspira?



Algunos comentarios publicados en esta entrada nos llevan a pensar que es necesario recordar nociones que deberían ser conocidas y aplicadas por los católicos. Se refieren a la naturaleza del demonio y sus posibilidades de dañar a la humanidad redimida.
La idea de una conspiración infalible supone -implícitamente al menos- el maniqueísmo, el determinismo, la oposición a la realidad de la Providencia divina y la negación de la gracia actual. Esta infalibilidad no puede aceptarse porque implica verdaderas herejías. Ahora, si por conspiración se entiende un plan diabólico esencialmente falible para que la humanidad se condene, que deja abierto el resultado por la indeterminación fruto de la libertad de los seres humanos y la gracia, entre otros elementos, entonces no hay dificultad en admitir esta conspiración. La existencia de este «plan maestro» que Satanás procura actualizar -mediante su acción ordinaria y extraordinaria- es una verdad católica. Pero en este último caso, también hay que advertir sobre un error gnóstico que, bajo pretexto de «Teología de la historia», pretende descubrir en la Revelación contenidos que Dios no ha querido manifestar, pues no ha revelado un plan detallado que podamos conocer en sus pormenores históricos. Las aplicaciones concretas de las grandes verdades reveladas sobre el sentido de la historia que cada uno pueda hacer, siempre tendrán el estatuto epistémico-teológico de simples opiniones y serán discutibles por su naturaleza.
"Los puntos fundamentales de la doctrina católica acerca del diablo son: a) Dios creo los Angeles , que son buenos por naturaleza, pero muchos de ellos pecaron y se hicieron malos deliberadamente; b) no es el diablo quien ha creado la materia y los cuerpos; c) Satanás y sus secuaces han sido castigados por Dios con el infierno, desde donde ponen asechanzas, tientan y persiguen a los hombres en tanto en cuanto Dios se lo permite; d) los demonios, como todos los Ángeles, son espíritus puros, dotados de entendimiento y de voluntad; e) los Ángeles fueron hermoseados por la gracia desde el primer instante de su creación: muchos de ellos cayeron en un pecado de soberbia y se perdieron irremediablemente, porque en virtud de su naturaleza espiritual su libre elección entre el bien y el mal queda inmutable una vez hecha y por lo tanto sin lugar a arrepentimiento; f) el demonio perdió con su pecado los dones sobrenaturales, pero conserva su naturaleza espiritual ricamente dotada de inteligencia y de tenaz voluntad para el mal; g) los demonios odian a los hombres destinados a reemplazarlos en la gloria." (Parente).
"…en sentido estricto, en la doctrina católica la tentación es propia del diablo, el cual, como dice S. Ambrosio, «semper invidet ad meliora tendentibus». Es verdad de fe divina que el demonio tienta a los hombres al mal; y el mismo Jesús en el Padrenuestro nos hace pedir entre otras cosas que Dios no nos deje caer en la tentación […] La tentación de más desastrosas consecuencias fue la de Satanás en forma de serpiente, que tan graves males trajo a nuestros Progenitores y a toda la humanidad (Gen. 3). […] 
Santo Tomas prueba que el diablo puede influir en el entendimiento humano, no provocando directamente los pensamientos, sino excitando la fantasía y, por lo tanto, los fantasmas, sobre los cuales trabaja el entendimiento. El diablo puede influir sobre la voluntad por dos caminos indirectos, a saber: por modo de persuasión, presentando a través de la fantasía y del entendimiento un objeto apetecible, o también excitando las pasiones, que mueven y desorientan la voluntad. Todo esto es externo, ya que internamente es siempre y solamente Dios quien mueve. Bajo cualquier influjo diabólico la voluntad no pierde su libertad, por lo que el hombre tentado es siempre responsable de su pecado. Con la gracia divina puede y debe resistir, como enseña la Iglesia, contra las falsas doctrinas de Molinos (DB, 1237, 1257, 1261 ss.). […] Después del pecado original la naturaleza humana resiste con más dificultad a las tentaciones, sobre todo a las más graves; pero Dios concede al hombre de buena voluntad la gracia proporcionada a su necesidad y no permite que sea tentado por encima de sus fuerzas, como afirma S. Pablo (I Cor. 10, 13)." (Parente). 



sábado, 8 de julio de 2017

Devotio moderna y liturgia




En una entrada ya publicada comentamos acerca de un rasgo de la devotio moderna: el menosprecio por la Liturgia como fuente de piedad personal. El cardenal Antonelli señalaba la «tendencia individualista creada y divulgada por la devotio moderna» como causa de un proceso de «clericalización» de la Liturgia: «los fieles son simples espectadores obligados a asistir sin entender y sin tomar parte de lo que se está desarrollando»
La presente reproduce páginas de un libro que explican mejor esta característica de la devotio. La bastardilla está presente en el original, mientras que los subrayados nos pertenecen.
El empleo de la expresión devotio moderna data de finales del siglo XIV y se sitúa en el área geográfica flamenca. Se trata de una corriente espiritual que nació en los Países Bajos por obra principalmente del diácono holandés Gerardo Groote (†1384). Esta corriente tomó cuerpo en las congregaciones agustinas de Canónigos regulares y en las asociaciones de vida común, siendo enriquecida, a partir de finales del siglo XV y comienzos del XVI, con diversos escritos ascéticos y místicos, especialmente con La imitación de Cristo, obra del canónigo agustino alemán Tomás de Kempis (†1471), considerada como la obra más significativa de esta espiritualidad.
Caracterización de la devotio moderna
La devotio moderna viene a confirmar la expatriación del pueblo con respecto a la liturgia; y no solo del pueblo, sino también de importantes círculos espirituales. El acento se pone en la interioridad que debe preceder a cualquier otra forma de encuentro con Dios. Tomás de Kempis insiste en la «soledad del corazón y del cuerpo» en cuanto medio para la oración auténtica y fructuosa. El nacimiento, la infancia, la vida y la pasión del Señor se convierten en objeto de contemplación; una contemplación y una plegaria que se hace con el corazón y que precede siempre a cualquier otra oración hecha con palabras, incluida la oración litúrgica. Se precisa cerrar las puertas de los sentidos para escuchar lo que dice Dios. Para este modelo de espiritualidad, conviene prescindir de los sentidos externos para poder escuchar sin distracciones a Dios, llegando a una devoción sumamente intimista. Se da, pues, un distanciamiento con respecto al encuentro con Dios en la acción litúrgica de la Iglesia, que, por implicar a toda la persona, convoca a los sentidos del cuerpo y a las facultades del alma.
Se intentará espiritualizar las celebraciones litúrgicas con métodos de oración que robustezcan el convencimiento sobre la vanidad del mundo, la trascendencia del juicio de Dios y del amor de Cristo. Para la devotio moderna, la vuelta a la vida interior auténtica requiere, si no la superación, sí, al menos, la relativización del rito. Surge de aquí el individualismo religioso: la salvación ya no se concibe como una realidad donada, como una acción sagrada que, al ser celebrada, actúa salvíficamente el misterio de Cristo, sino más bien como resultado de un empeño psicológico asistido por la gracia divina.
Si tuviéramos que escoger un texto que mostrara el clima de la devotio moderna, propondríamos estos fragmentos del De imitatione Christi:
El que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida. Estas palabras son de Cristo, y por ellas somos invitados a que imitemos su vida ysus costumbres, si queremos ser librados de la ceguera del corazón, y verdaderamente iluminados. Sea, pues, todo nuestro empeño pensar en la vida de Jesús.
Cuando Jesús está presente, todo es bueno, no hay cosa difícil; mas, cuando está ausente, todo resulta gravoso. Cuando Jesús no nos habla por dentro, vano es el consuelo; pero, si Jesús habla una sola palabra, se siente un gran consuelo. ¿Acaso María no se alzó del lugar donde había llorado, cuando Marta le dijo: «el Maestro está aquí y te llama»? ¡Oh bienaventurada la hora en la que Jesús llama de las lágrimas al gozo espiritual! ¡Cuán seco y duro eres sin Jesús; y cuán necio y vano si codicias algo fuera de Él! Dime: ¿no es este peor daño que si perdieses el mundo entero? ¿Qué puede dar el mundo sin Jesús?
Oiré lo que diga el Señor en mí. Bienaventurada el alma que oye al Señor que habla en ella, y de su boca recibe palabras de consolación. Bienaventurados los oídos que perciben lo sutil de las inspiraciones divinas, y no cuidan de las murmuraciones mundanas (…). ¡Oh alma mía!, fíjate bien en esto, y cierra las puertas de tus sentidos para que puedas oír lo que el Señor, tu Dios, habla en ti.
Señor Dios mío, derrama la bendición de tu dulzura sobre tu siervo, para que merezca llegar digna y devotamente a tu augusto Sacramento (…). En la simplicidad de mi corazón, con fe recta y firme, me acerco a ti, Señor, lleno de respeto y esperanza, y creo verdaderamente que estás aquí presente en este santo Sacramento, Dios y Hombre. Y puesto que quieres, Salvador mío, que yo te reciba, y que me allegue a ti en caridad, imploro y suplico a tu clemencia que me sea dada una gracia especialísima por la que me derrita enteramente en ti, y rebose de amor a fin de no distraerme en ningún otro consuelo. 
Tomado de:
Arocena, F. Teología litúrgica. Una introducción. Ed. Palabra, Madrid (2017), pp. 251 y ss.

jueves, 6 de julio de 2017

La larga sombra del reduccionismo neo-escolástico


Lo que el autor de esta entrada denomina reduccionismo neo-ecolástico (no tomista, por cierto) un sabio liturgista designa como validismo. En cual, en términos simplificados, vendría a decir que, si se asegura la validez del sacramento cualquier reforma litúrgica es posible, legítima y oportuna.
En las discusiones acerca de la liturgia, una premisa importante del campo progresista es, irónicamente, lo que podría llamarse reduccionismo neo-escolástico, que define la "esencia" de la Misa como una consagración válida. En casi cualquier conversación sobre si, y hasta qué punto, el rito de la misa puede cambiar o no, el defensor de la tradición es inmediatamente cuestionado con: "Pero no se puede probar que el Novus Ordo (o cualquier liturgia experimental, fabricada) es malo. Tiene las palabras de consagración".
El problema con este enfoque, por supuesto, es que falsifica la realidad de un rito litúrgico como una encarnación definida de la tradición apostólica, existente a lo largo de la historia. Cada rito tiene sus propias características profundas, que lo hacen irreducible. Nadie soñaría con definir el rito bizantino como "esencialmente" una consagración válida, con la cual se asocian accidentalmente muchas oraciones floridas e himnos. Tampoco nadie, con un mínimo de sentido, tratará de definir el rito romano de la misa con exclusión del Canon romano, que es su característica definitoria, o haría el intento de importar una epíclesis en el Canon Romano, cuando, propiamente hablando, no tiene ninguna y no la necesita. Estos ritos son lo que son, y demos gracias a Dios por eso.
Reducir la Misa a una consagración válida es como reducir el acto nupcial a una concepción exitosa de un niño. Espero sinceramente que nadie sea tan tonto como para definir el acto nupcial como la concepción de un niño. El acto nupcial está ordenado a la concepción de un niño, sin duda, pero tiene su propia realidad, su propio significado, que implica más que la concepción. Es una expresión del amor conyugal, que está diseñada para culminar en una nueva vida. Por la institución de Dios, se supone que la vida procede del amor. Ambos elementos están involucrados en la definición del acto. Esta es la razón por la cual la Iglesia se opone a la fecundación in vitro, lo que no podría hacer si el único significado o valor de la unión del hombre y la mujer fuera un cigoto viable.
De igual manera, la Misa es un microcosmos privilegiado de la oración unitiva con una finalidad eucarística. La presencia de la víctima sacrificial que ha de ser nuestro alimento divino es concebida, por así decir, por la liturgia en su totalidad. Incluso si la consagración tiene lugar en un momento determinado, ha sido preparada y será seguida por una manifestación de amor que nos conviene para recibir al Señor y regocijarnos en Su presencia. Cuando esto no sucede, estamos tratando con el espectro de la transubstanciación in vitro.
Desgraciadamente, puesto que casi todos los que asistieron al Vaticano II o que trabajaron para el Consilium, fueron educados en este reduccionismo neo-escolástico superficial, y se sintieron libres de desgarrar y reconfigurar el Rito Romano mientras se conservaran (más o menos) intactas las palabras de consagración. En este sentido, eran técnicos de laboratorio, comprometidos con que el resultado del proceso fuera una misa válida, pero no moralmente ligados a un contenido o proceso en particular.
De hecho, la arrogancia de los reformadores no podía detenerse en el umbral del santo de los santos, sino que llegó a alterar la fórmula misma de la consagración del vino mediante la eliminación de la frase mysterium fidei desde dentro de ella - una frase ya tan Bien conocida y tan venerable en la Edad Media que Santo Tomás de Aquino en el siglo XIII podía atribuirla plausiblemente a los Apóstoles.
Sin dudas, por tanto, tenemos que empezar de nuevo haciendo mejores preguntas. No debemos preguntar: ¿Qué es lo que hace que transustanciación se realice [1]?, sino: ¿Qué es lo que hace que una liturgia sea cristiana? Y algo todavía más importante, ¿qué hace que este rito litúrgico sea él mismo (romano, ambrosiano, bizantino, siro-malabar, etc.) y no otro? Cuando estas son las preguntas que buscamos, encontramos ricas respuestas que nos muestran la adecuación, la belleza, complejidad y suficiencia de cada rito en sí mismo, y por lo tanto, también nos muestra dramáticamente la naturaleza anti-litúrgica, anti-ritual, anti-histórica y finalmente anticatólica de las reformas.
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[1] Como tomista, ciertamente acepto que hay un momento de la consagración, como he defendido aquí y en otros lugares. Pero si nos fijamos en Summa theologiae III, q. 83, se verá que Santo Tomás está lejos de ser un reduccionista litúrgico. Ve la complejidad del Rito Romano, el significado y valor de cada una de sus partes, y el respeto con que debe ser tratado por los que adoran en él. La precisión escolástica no tiene que convertirse en reduccionismo neo-escolástico.

Tomado y traducido de:
http://www.newliturgicalmovement.org/2017/07/the-long-shadow-of-neoscholastic.html

lunes, 3 de julio de 2017

La conspiración


La Teoría de la Conspiración es atractiva, pero peligrosa para la salud mental.
Es atractiva porque satisface nuestra sed de sentido, de racionalidad. Nos sitúa en un universo en el que todo sucede por una razón comprensible, por un motivo racional y abarcable. Y es peligrosa porque es falsa.
¿Hay conspiraciones? ¡Por supuesto! No hay nada más fácil ni probable. Pero si existen conspiraciones, no puede existir LA conspiración como la conciben los conspiracionistas: mundial, infalible, omnicomprensiva y duradera.
Contradice toda nuestra experiencia de la realidad humana, donde hay coincidencias, accidentes, absurdos, errores, chapuzas y despistes. Imperfección, en suma, inseparable de nuestra naturaleza.
Los ‘malos’ -porque se da casi por supuesto que los conspiradores no actúan por nuestro bien-, a pesar de serlo, son cuasi divinos: no yerran, no pasan nada por alto, no dejan, en fin, que un solo gorrión caiga de la rama sin su aquiescencia. Son, en suma, una versión invertida de Dios.
Sobre todo, estos personajes, a los que hay que suponer sumamente ambiciosos y taimados, despliegan una insólita solidaridad. Ninguno se carga la conspiración por querer más poder que el otro. Tampoco hay ninguno que se arrepienta, en una visión muy calvinista de todo el asunto. Nadie se va de la lengua, ni en su lecho de muerte. Además, tratándose de una conspiración a largo plazo, hay que creer que los poderosos de una generación siguen fielmente las instrucciones de las precedentes, que no envejecen, al parecer, ni suenan obsoletas, raras o inútiles a los nuevos.
Pero probablemente el efecto más pernicioso de creer en esta conspiración universal es que implica creer que el mal es más poderoso que el bien. Y nos desanima a cambiar nada y a desconfiar de todo. Total, ‘ellos’ siempre van a ganar. Son más inteligentes, disciplinados, virtuosos, porque toda esta incesante y providente actividad exige extraordinarias dosis de virtud.
Visto en:

sábado, 1 de julio de 2017

La tauromaquia condenada




Hay formas de pensar que, de tanto repetirse, pueden esquematizarse como la imagen que ilustra esta entrada. Basta enumerar algunos elementos con efecto «talismán» para imaginar lo que se produce en algunas mentes: San Pío V (el Papa de Trento, de la Contrarreforma, el que codificó el misal romano, etc.); una Bula (documento solemne y muy característico); la palabra «perpetuidad». Resultado: un «super-dogma».
A la luz de esta forma de pensar, habría que concluir que la Bula «DE SALUTIS GREGIS DOMINICI» (1567) de Pío V, que prohibió bajo pena de excomunión las corridas de toros, es una enseñanza magisterial irreformable, definitive tenendam, pues la misma contiene una condena moral de la tauromaquia. Y también que la Bula sería un documento pontificio de gran importancia eclesial que la Teología ignora o silencia por razones incomprensibles.
Sin embargo, algo nos lleva a sospechar que estas conclusiones chocan con el sentido común. Y  esto se confirma en cuanto nos asomamos a las reflexiones teológicas sobre el tema. Si se analiza la Bula a la luz de principios teológicos y canónicos aplicables a casos semejantes, los problemas encuentran pacífica solución.
1. El aspecto disciplinario. Conviene reiterar una cautela de importante valor general: no se debe confundir el magisterio con la disciplina eclesiástica que lo acompaña y refuerza. Por ejemplo: el magisterio moral enseña que el aborto es un grave pecado; concretando más, puede pronunciar un juicio moral sobre determinado procedimiento que, de hecho, considera abortivo; y, luego, la disciplina puede amenazar con una pena canónica a quienes cometen el pecado de aborto con ese procedimiento o cualquier otro.
En esta bula de San Pío V hay un aspecto disciplinario: «prohibimos terminantemente por esta nuestra Constitución, que estará vigente perpetuamente, bajo pena de excomunión y de anatema en que se incurrirá por el hecho mismo (ipso facto), que todos y cada uno de los príncipes cristianos […] permitan la celebración de esos espectáculos en que se corren toros». La misma disposición se aplica a los clérigos que «tomen parte en esos espectáculos».
La palabra «perpetuo» y sus derivadas aparecen cuatro veces en la bula, tanto para afirmar su vigencia y como para derogar otras disposiciones contrarias. ¿Qué significa en este contexto? La doctrina canónica tradicional responde: vigente hasta tanto el mismo u otro papa disponga otra cosa. Es la «perpetuidad» secundum quid de las leyes, que en modo alguno las vuelve inalterables por el legislador. Que no impidió fuera atenuada en 1585 por Gregorio XIII, por la bula Exponi nobis; ni que tras un breve de Sixto V, fuera en gran parte anulada por Clemente VIII en 1596 por la bula Suscepti muneris; ni que Wernz sostuviera que está derogada. Es la misma «perpetuidad» de la bula de Paulo IV Cum ex aspotolatus officio (v. aquí).
2. El aspecto magisterial. La Bula de San Pío V es un documento de naturaleza mixta, en el cual prevalece lo disciplinar, pero que también contiene elementos de magisterio. La enseñanza autoritativa de la Iglesia tiene un doble objeto: fe y moral. Y la Bula estableció sanciones a determinadas conductas, porque sobre ellas pronunció un juicio moral negativo, lo cual se desprende de expresiones como las siguientes: «acarrea a menudo incluso muertes humanas, mutilación de miembros y peligro para el alma»; «no tienen nada que ver con la piedad y caridad cristiana»; «espectáculos cruentos y vergonzosos, propios no de hombres sino del demonio». Son palabras fuertes que suponen la aplicación concreta de principios morales generales mediante un silogismo (v. aquí). La premisa mayor es un principio general. La menor, se deriva de elementos no propiamente doctrinales de naturaleza circunstancial. La conclusión puede variar en función de los cambios de hecho que inciden en la premisa menor. En una entrada precedente vimos un ejemplo análogo al considerar el cambio de juicio moral referido a los denominados «ritos chinos». Las reflexiones son aplicables a las corridas de toros, lo cual explica la atenuación de la disciplina y la posible variación del juicio moral. «No podríamos hablar de cambio de la "doctrina" moral […] Pero sí cabe hablar de cambio del juicio moral, incluso contradictoriamente, haciéndose lícito lo que antes era ilícito. Esto puede suceder con proposiciones doctrinales cuyo valor y verdad dependa de determinadas circunstancias o hipótesis; de suerte que lo que resulta verdadero en fuerza del cumplimiento de una condición, sea falso cuando no se realiza esa condición. En estos casos no hay cambio alguno de la doctrina, de los principios doctrinales; lo que cambia es su aplicación en los casos concretos» (Zalba).
El cambio en el juicio moral se ha dado respecto de la valoración de las corridas de toros. En tiempos de San Pío V, decía el p. Pereda (aquí), «dada la manera como a veces se corrían los toros toda condena debiera parecemos poca», porque el modo en el cual se realizaban era muy peligroso para los toreros y el público, con altas tasas de mortalidad, además de interferir con las fiestas litúrgicas. Pero si se hicieran de otro modo, el juicio moral podría modificarse en sentido contradictorio, lo cual ha ocurrido con el trascurso de los siglos.